¿De dónde venimos? Esa pregunta un tanto ridícula era el titulo de un libro que llegó a mis manos cuando yo tenía diez años aproximadamente. Era frecuente su rotación por los circuitos escolares en la década neoliberal, cuando comenzaba a ponerse en practica una versión preliminar de lo que hoy se conoce como educación sexual. La presentación del libro en las aulas, que era acompañado de un video que lo único que hacía era poner en movimiento las imágenes de la edición impresa, permitía a los maestros inaugurar un universo misterioso y excitante, repleto de caras ruborizadas, balbuceos y carcajadas que se contenían ante el preservativo que se deslizaba sobre una banana o un tubo de madera.

Repasándolo mentalmente hoy, el libro, que reconozco útil en mínimos aspectos, era bastante terrible porque olvidaba mencionar datos que considero cruciales. Lo aquel libro no decía era que el sexo podía ser placentero y que podía moverse por otros terrenos además del de la concepción. Todo parecía reducirse a una tarea, una obligación que los adultos tenían que llevar a cabo, como sacar la basura a la vereda un poco antes de las nueve de la noche. Es más, la palabra repetida a lo largo y ancho de las páginas era “apareamiento”. Si no hay ahí una intención de confundir, al encuadrar el sexo dentro de la noción del entra y sale tan característica del instinto animal o del movimiento que hace el cepillo en nuestra boca al lavarnos los dientes, entonces no sé. Pero la intención se aclaraba cuando la comprobaba en una segunda reflexión: el libro se reservaba al igual que un restaurante fashion “el derecho de admisión” porque tampoco aclaraba que una familia también podía estar constituida por una pareja gay, por ejemplo, y que ellas y ellos tenían el mismo derecho al “apareamiento”, a tener orgasmos y ser, si lo desearan, madres y padres. ¿Suena exagerada la comparación con los manuales de constreñimiento moral fabricados por la medicina y las iglesias de los siglos dieciocho y diecinueve, pero adaptado a los tiempos que corrían de sexo económico e insensible?

El placer es un sentimiento que occidente se viene disputando desde que el mundo es mundo. La censura fue uno de los mecanismos inventados por la derecha para obturarlo. La institución religiosa, que por esos siglos tenía bajo su control el verdadero poder político, se encargo de acapararse el placer para luego hacer y deshacer con él a su antojo. Lo licuó, lo dejó filtrar y preparó un elixir venenoso que volvió a nuestros antecesores seres sexualmente desviados, tirándole sobre sus espaldas una insoportable carga de culpa que maniataba al deseo por explorar su propio cuerpo y el del otro para que, cuando lograran desatarlo, se encontraran desprovistos de cualquier otro modo de percepción que no fuese el del sufrimiento y la angustia: toda forma de autoconocimiento era perseguida y sancionada con la pena capital. Los médicos medievales y renacentistas hicieron su parte al declarar oficialmente que la mujer era frígida por naturaleza y que la masturbación era el atajo ideal si se andaba en la búsqueda de una muerte rápida y segura. La sobrevaloración del amor romántico proviene en parte de ese pacto sexual, forjado casi por la fuerza, por individuos predestinados a la actuación de arquetipos irrompibles.

La censura de la dictadura cercenó más que un par de tetas y culos, si lo sabremos. Logró meterse de cabeza y bien hondo en la vida argentina para ir minando subrepticiamente cualquier rastro que pudiera quedar de las libertades individuales y colectivas. Fue alimentándose del miedo y la sangre mientras se la pasaba vomitando cualquier posibilidad de cambio, de transformaciones; marcó una huella, o más bien instauró un vacío consensuado en muchas mentalidades que aún hoy repiten que hablar de política es engorroso; y dejó colgada como símbolo una ley de radiodifusión firmada por el mismo Videla. Fue, por sobre todas las cosas, el bosque sombrío repleto de espinas entrelazadas por el que se abrieron paso madres, abuelas y jóvenes armados de valor, coraje y esperanza.

¿Podemos discutir y debatir sobre censura en la actualidad? Por supuesto que sí. El intercambio de ideas y opiniones debe ser la punta de la lanza con la que tenemos que dar esta batalla cultural. Siempre creí que el no hablar sobre ciertos temas conlleva a naturalizarlos, a indicarles el camino corto a los discursos circulantes ansiosos por llegar primero, y así dominar el sentido común.

El mes pasado el abogado Guillermo Grisolía basó su denuncia insólita sobre una iconografía que sólo representa a un sector mínimo de la sociedad, el catolicismo. Exigió a las autoridades del museo Castagnino de Rosario que retiraran una obra de arte; la imagen acompaña este texto. De continuar su exhibición el asunto llegaría a la justicia. Se comunicó, a la semana siguiente, que el cuadro no sería descolgado porque hacerlo significaría atentar contra la libertad de expresión.

Las reacciones frente al reclamo de Grisolía no se hicieron esperar: el rechazo fue unánime; bastaba con seguir los comentarios en blogs, portales de noticias en Internet o hacer una encuesta en casa o en el barrio, daba lo mismo.

A lo mejor peque de ingenuo pero creo que la gente con esto quiso algo más que dejar constancia, en la esfera pública, de que ser “open minded” es lo políticamente correcto. Se consideró inconcebible que alguien venga a contarnos como tenemos que vivir, que fue en definitiva la letra casi ilegible del pensamiento de Grisolía. Me alegró la resolución porque si bien parece algo que tiene que ser, muchas veces no lo es: otros artistas como León Ferrari no han corrido con la misma suerte que Mauro Guzmán y han tenido que ceder, ante el avance de persignaciones flotantes que huelen a incienso y a doble norma de comportamiento, y levantar sus obras.

Son pequeños destellos que demuestran que el compromiso por causas que trascienden nuestros intereses individuales aún no se ha extinguido. Y creo que el placer, al menos para muchos de los que creemos que la verdadera libertad individual es aquella que se consigue trabajando colectivamente, tiene mucho que ver con esto.

Cuando éramos chicos, allá por los noventas, y la pubertad estaba a la vuelta de la esquina, Estados Unidos se nos aparecía en nuestros sueños como un espejismo que chorreaba fantasía y augurios que prometían buenos porvenires. Era la tierra de donde venía Mickey Mouse con su pandilla, los tanques de hollywood bombardeando con sus efectos especiales enceguecedores y gran parte de los hits musicales del momento. Muchas generaciones crecieron nutridas por los finales felices de los clásicos de Disney y su parque temático representaba para las chicas que cumplían los quince algo así como el nirvana. Por aquel entonces, si se le preguntaba a cualquier niño adonde le gustaría viajar la respuesta era una fija.

Pero cuando uno iba creciendo y empezaba a encontrar a las princesas y a todo lo que fuera edificante en general medio patético, la idea de ese deseo era descartada por otra que si bien parecía similar, escondía significados más profundos, síntomas de una época y una edad. Faltaba mucho para la crisis que explotó acá en 2001, y aún así el lugar a visitar de pronto se había convertido en el lugar a irse a vivir.

Crecí en una década que se caracterizó por venerar al Dios de lo importado. Todo venía de afuera, hasta las esperanzas e ilusiones. Bajo la media sombra del menemismo, Miami y Nueva York adquirieron otras siluetas que sedujeron a la clase media y alta por igual. Se viajaba mucho a todas partes, sí, pero fueron especialmente esos dos destinos los que conformaron la mitología turística argentina durante los peores años del neoliberalismo, que fue derribando una por una las conciencias de si que se poseía como se desarma una hilera de piezas de dominó. Si hay algo que no se le puede negar al país del norte es la perfección con la que consiguió modelar y exportar todo aquello que imanta a un conjunto, a un grupo, a una familia: el sentido de seguridad, de pertenencia y de hogar vueltos aptos para todo público.

Esas palabras fueron como un manojo de globos de colores que el país soltó y dejó flotando un largo tiempo como parte de su discurso político tras la masacre del 11 de Septiembre. Entretuvo a muchos, que los mantuvo mirando para cualquier lado, quizás, en busca de aquello que se empezaba a percibir perdido y olvidado. Hasta que los globos se desinflaron. Fue necesario que se desinflaran y que aparecieran en escena gente como Michael Moore para poner en palabras y en imágenes aquello que llegaba hasta una sensación entrecortada y no pasaba de ahí; incertidumbre primero, miedo después y paranoia en la actualidad. Me parece que fue entonces cuando la figura del héroe americano se cayó a pedazos porque lo hizo frente a los ojos de los propios norteamericanos, de su pueblo, que era otro al de los sesentas y setentas. Es una obviedad aclarar que los clichés políticos y la personalidad belicosa de la primer potencia mundial también existían entonces y mucho antes, pero los que cambiaron –o quizás no cambiaron tanto y sólo se dejaron entrever más fácilmente– son los mecanismos de control para la instauración y conservación de un determinado tipo de poder. Cuando se vio por YouTube que el héroe degradaba, torturaba y mataba en pos de su “seguridad nacional”, esa vieja doctrina hoy autoajustada a promesas electorales que destilan el conservadurismo más corrosivo, la gente comenzó a interpelarse, a volver sobre sus pasos intentando en ese movimiento desdeñar el rumbo tomado nueve años atrás.

Mis sueños febriles de la adolescencia, que tenían como protagonista a aquel país, se terminaron cuando leí Las venas abiertas de América Latina. Ese ensayo maravilloso de Galeano –maravilloso por lo revelador  y liberador que resultaba su lectura porque en realidad lo que se narraba era una historia de sufrimiento e injusticia padecida por nuestro continente desde su nacimiento hasta estos días, lejos de las épicas colonizadoras para colorear, recortar y pegar de Anteojito– no me despertó ese nacionalismo embrutecido que vocifera contra todo lo extranjero, sí me acercó más a esta tierra y a su eterna coyuntura porque me pasó herramientas valiosísimas para conocer, analizar y comprender nuestro origen, nuestro pasado, y para comprobar que lo que se está dando hoy son profundos cambios simbólicos. Si no se da eso primero, si no se rompe el marco que encuadra la reflexión, el pensamiento sobre ciertos temas que parecen pasarnos por al lado, un ejemplo: penetrar en el plano simbólico de la ley de movilidad jubilatoria implica por fin empezar a desestructurar los discursos circulantes, instalados por las sociedades globalizadas,  que indican que la madurez está devaluada difícilmente pueda hablarse de un cambio en su forma más genuina, más honesta.

Estados Unidos también tendrá que hacer lugar a un pasaje de lo simbólico a lo concreto. La crisis financiera apretará los bolsillos de muchos y posiblemente asfixiará, como les pasó a otros tantos argentinos, su condición de clase. Expertos en el arte de la sublimación de ideales e intereses colectivos, están a punto de alcanzar un límite que paradójicamente se prevé indispensable. En un  territorio donde todo parece “economizable”, desde la tolerancia al otro pasando por el ruido ante la violencia consumible como entretenimiento hogareño y la propia libido, cruzarlo no debería ser una misión imposible.

Cada vez que una nueva tendencia asoma la cabeza ahí estarán los medios de comunicación para cortársela; para bañarlos con el brillo y la irradiación de sus pantallas y coronarlos con el premio de la espectacularización, que transforma todo lo que toca; lo embellece prestándole una apariencia lujosa e inalcanzable, con el fin de terminar volviéndolo inútil; después de todo ese es el destino final de todo lujo.

Hay un motivo que parece simple pero tiene más de una cara: la gente parece tranquilizarse, respira aliviada cuando aquello que comienza a circular con frecuencia y que extraña su mirada porque no ha sido conceptualizado, de golpe adquiere un nombre: la gente agradece que se les informe sobre el nuevo fenómeno social que representan los floggers y los emos. Claro que de inmediato los medios levantarán estadísticas que hablarán sobre las tasas de suicido, el consumo de alcohol y drogas, los trastornos alimenticios y los problemas que acechan a quienes se expongan en la web. Es el otro costado de ese motivo; ya se dijo: naturalizar, dar por sobreentendido, absorber todo vestigio político, que es a lo que la moral burguesa inquieta e incomoda. ¡No se dejen usar! Algo así exclamó Mario Pergolini a los floggers y emos con mayor alcance mediático desde su programa, CQC. Él, que parece incapaz de sostener nada que no sea lo políticamente incorrecto, acertó con ese pedido.

Tengo veintitrés años y vengo de una generación que podría ser definida como el fiambre del sándwich; es decir una que no creció radicalizada en lo tecnológico –tuve mi primera PC a los diecisiete años– ni tampoco en lo ideológico, pero que por estar en el medio pudimos empaparnos mejor de un lado y del otro con los distintos aderezos. Es todo un logro adaptarse a nuevos paradigmas sin incurrir en la percepción de que te estás vendiendo; a mí me pasó.

Yo siempre me sentí como un personaje de una película de Tim Burton. Desde muy chico mantuve pautas ideológicas bastante claras que siempre me alejaron, me acercaron o me trajeron conflictos con otros. Hasta mis padres pensaban que yo era “raro” por no querer salir a festejar el día de la primavera. Pero como en las películas de Burton donde los protagonistas –siempre excéntricos, poco usuales– son escupidos del sistema por no desistir de conservar lo que los hace ellos mismos, su identidad, terminan organizándose y forjando su propio grupo de pertenencia, su propia idea de familia que simboliza la revancha contra el sentido común. Es el fuck you que se le hace con el dedo para que se espabile y caiga en la cuenta de que existen otras formas además de la oficialmente permitida. Si hay algo que amo de ese director de cine es ese elemento subversivo.

La posmodernidad quizás también haya contribuido a contornear las formas a las que se llega y se vive la adolescencia y a estirar la brecha entre las generaciones más recientes: o nacés y para los tres años ya aprendiste a manejar el mouse, o nacés sin la oportunidad de una educación a futuro, o te educan pero no se te prende nada a la cabeza porque no podés pensar otra cosa que no sea en cuando vas a volver a comer.

Bajo este clima denso, de mal e injusta distribución de oportunidades, brotan entonces Los floggers y los emos de los que se viene hablando mucho pero cuyo discurso hegemónico llega hasta ahí. Es curioso que quienes se refieren a ellos como pibes tarados que tienen medio cerebro funcionando y que sólo andan en la caza de una estética original sean también pibes; quiero decir, parte de la critica más dura proviene de jóvenes de su misma edad. A mi entender, ellos han exteriorizado algo muy arraigado en la adolescencia y que tiene que ver con su etapa más jodida; la que queda excluida de los festejos del 21 de Septiembre, una fecha que revienta de estereotipos coloridos. La sensación de estancamiento, de no saber como seguir fluyendo y la incertidumbre sobre cual debe ser el paso a seguir, es una idea opresora que viene de afuera y que nos invadió a todos alguna vez en nuestra vida. Antes algo tan típico de esa edad hoy se encuentra asentada como uno de los grandes malestares de la época. Tanto emos como floggers, volcados a las pantallas de TV y de las PC para la construcción de sus propias subjetividades, han logrado armar con sus puntos de encuentro otro tipo de exposición. No sé si saludable o no, pero necesaria porque creo que la juventud vive guardada tanto física como emocionalmente.

Lo que puede leerse en estos chicos y chicas que se peinan, se maquillan y exhiben un desprejuicio que es total e envidiable, es en definitiva la búsqueda de una brújula. Representan, a contramano de la imagen condescendiente del deprimido que no entiende que pasa y llora antes de dormir, pura posibilidad de cambio y libertad. Es a partir de un clic interno, de estar atento a lo que pasa dentro y fuera de cada uno, que se abren los caminos y los corazones. A simple vista ellos no pasen de ser una versión ligth o artificial, un cover de la canción que catapultó a la fama a Nirvana. La melodía esta vez puede sonar monocorde, enlatada, un ringtone pegajoso; y el pogo puede que haya sido reemplazado por una coreografía complicadísima. Pero la insatisfacción, las inseguridades, los miedos, los anhelos, los sueños, la rebeldía y las ganas de hacer cosas con todo eso son las mismas que compartieron y comparten otros jóvenes que, como yo, resisten a conformarse con una visión acabada del mundo. Reivindicarlos, –ahora que está tan de moda el darles con un caño– es reivindicar al adolescente que late en nosotros. Aquel al que le soltamos la mano para dejarlo ir y así guardar lo mejor de él.

La noticia más relevante de la semana en la ciudad parece haber sido “la gran movida en el río contra el humo”. El diario La Capital, con sus sucesivas tapas y robustos informes al respecto, así lo demostraba. La del último domingo desencajó algo que yo venía viendo pero no terminaba de confirmar. Al titulo en negritas, que demarcaba el centro de la página, lo acompañaba una foto que mostraba un río Paraná salpicado no sólo por el reflejo de un sol intenso sino también por una caravana de yates, barcos y lanchas que resplandecían más que las propias aguas que los contenían. La postal continuaba páginas adentro, en un par de fotos donde se podía ver al intendente Lifshitz sonriendo para las cámaras en una; y en la otra a un grupo de mujeres y hombres tomando sol, que aprovecharon el calor para sacar de los roperos y cajones aquellas bikinis y bermudas que ahora asfixian los cuerpos sobrecargados durante el invierno.

La consigna fue clara: “¡basta de humo!”, “No a la quema” rezaban algunos de los carteles atados a las estructuras que soportan los techos de las embarcaciones. Y aún así esas fotos, ese artículo que hablaba de entusiasmo, de aplausos, de banderas, de sirenas y silbatos volvían a zumbar en mi cabeza como ecos de actitudes, de cuestiones demasiado pronunciadas por sobre otras casi mudas; y que, como siempre, terminan importando y entreteniendo a un tipo especifico de gente. Por acá se la vio seguido, golpeando cacerolas y llenando el Monumento el 25 de Mayo.

No me interesa meterme con el humo y las marchas que produjo en distintas zonas de Rosario. Eso no es un problema. Toda ruptura de lo cotidiano estimula una reacción; fue lo que consiguió el humo: que los ciudadanos salieran a la calle a protestar. La queja, una palabra que a muchos le produce escozor, a mi entender representa la imagen de personas organizándose para luchar por lo que cree justo y por una resolución que traerá beneficios para todos por igual. Pero esa palabra pronunciada por determinadas bocas adquiere un doble filo, se transforma en un arma usada para defender a veces lo indefendible. La derecha se escuda en la queja para chicanear, para que el ejercicio de la argumentación –que le resulta uno muy agotador– le rebote y la libere de dar explicaciones. La derecha se apodera de la queja para convertirla en un acto despolitizado, y cuando es conveniente se despoja de ella para atribuírsela a la izquierda.

Internándome aun más en el diario, específicamente en la sección de correo de lectores, me crucé con una denuncia que me puso de mal humor. En ella, una señora que habla en representación de un grupo de vecinos autoconvocados –un latiguillo repetido hasta el hartazgo por los medios y apropiado por los apolíticos para separarse de quienes supuestamente para ellos no tienen el derecho ni la libertad de elegir; digo, hay que proclamarse autoconvocado porque no serlo al no hacerlo puede dar lugar, parece, a malas palabras e intenciones– aprovecha para felicitar a quien redactó la nota “El fuego de las islas también ahoga a los bares de la costa rosarina”, critica al gobierno nacional y provincial, se solidariza con los afectados: “sauces, espinillos, ceibos, carpinchos, nutrias, cardenillas, patos, federales…”, y termina alertando a las autoridades sobre las “parrillas que contaminan día y noche con sus humos “aromatizados” con grasa de cordero, res, chivito, chinchulines, chorizos…”. Haber encadenado en un mismo párrafo a los autoconvocados con los peligros del olor a grasa fue un golazo de su inconsciente; producto, imagino, de haber comprado el discurso empaquetado de la tele, la radio, los diarios, etc. El que circula sobre los que, en definitiva, adhieren a las ideas del gobierno y manifiestan el apoyo con su presencia en los actos, por ejemplo.

Como en la novela de Stephen King La niebla, donde el fenómeno climático actúa como una cortina que se corre para exponer los conflictos de clase y religión, el humo construyó aquí su propio relato tóxico. Uno que invisibiliza entre los gases a aquellos cuyas principales necesidades básicas insatisfechas obligan a empujar a la fuerza el tópico “humo” al fondo de la lista o a la punta de la pirámide según como se mire.

Esto que escribo no es un ataque a la pobre señora y sus vecinos de la costa rosarina, es sí una anécdota chiquita que va tejiendo y destejiendo el pensamiento de muchos vecinos que viven en barrio Martin, en Fisherton o en edificios ubicados en la peatonal. Un pensamiento que destraba tanto la idea de haber perdido la chispa, las ganas de reunión y festejo que invita todo asado medio jugoso o seco como la tenencia de una visión estrábica, donde no existen casas de cartón, chapa o madera propensas a ser devoradas por el fuego, arrancadas por el viento o aplastadas por la lluvia.

Si hay algo que aprendo de observar, escuchar o leer a la oposición del gobierno es a decodificar ciertos discursos. A afinar la mirada para capturar, como una instantánea, el momento exacto en que dejan caer la lógica para darle al botón de play. El que reproduce el casete con el hit de la semana, que tiene como interprete al sentido común y como objetivo pegarse, cual chicle, en miles de mentes que tararean todo el día una melodía cuyo mensaje no terminan de captar.

Es curioso lo que despierta este gobierno en la gente que se considera opositora. Consiguió que hasta los sujetos que conciben a la política como algo de otro planeta, se arrebataran ante su “soberbia” y su “autoritarismo”. La derecha nunca estuvo más orgullosa de ser derecha; algo insólito por cierto ya que siempre se caracterizó por mezclar inconsciencia e ingenuidad en lo que respecta a su condición. Pero parece que las cosas cambiaron y ahora están por todas partes a los gritos o exagerando los gestos como un mimo borracho para hacerse entender y hacernos saber que están ahí, que siempre estuvieron. Desde ese lugar fue posible por ejemplo, que frases que exclaman que de la crisis se sale con “el campo” remataran los monólogos de los taxistas y se leyeran hasta en los nicks que acompañan los nombres de contactos en el MSN.

El viernes por la noche en el cine, mientras aguardaba con un amigo en la cola para poder sacar las entradas, sufrimos con una pareja que esperaba a otra. Apenas rozaban los treinta. Él, que era altísimo, no dejaba de tocarse el pelo castaño. Tenía gel desparramado en el flequillo para mantenerlo levantado, suspendido y torcido hacia atrás, como la forma que adquieren las cerdas de un cepillo de dientes muy usado. Porque no eran los típicos pirinchitos metrosexuales, había una desproporción proporcionada por el largo del flequillo contra el resto de la cabellera, que era corta. Ella no paraba de abrazarlo y besarlo con una boca grande que brillaba tanto por su blancura como por los frenillos que llevaba encastrados a una sonrisa perfecta, de afiche promocional de detergente multiuso.

El problema llegó con la otra pareja mucho mayor, que resultó funcional a la chispa que enciende la mecha para producir la explosión. Se disculparon por llegar sobre la hora; que antes de salir se habían enganchado a TN con la manifestación que organizó la comunidad boliviana para expresar su apoyo al Presidente Evo morales, que enfrentaba en su país un nuevo intento de golpe de estado. Que no podían entender como el gobierno argentino podía hacer la vista gorda al caos que generaba en el transito de la ciudad toda esa masa de gente apretujada con carteles y banderas. La chica de los frenillos implosionó. Con un tono de voz que sobrepasaba la media pedía, no sé exactamente a quién que los bolitas se volvieran a su país. Que ella no los aguanta; que una vez un bolita entró prepotente al negocio de ropa donde trabajaba a exigirle no sé que cosa y se puso re nerviosa y amagó con llamar a la policía. Su novio, el del flequillo-escobillón, aportó con lo que le dice siempre su viejo: que esto pasa por seguir bancando a la cultura del vivir sin laburar, y que hasta que no se vaya esta mina esto va a seguir pasando.

Con mi ceja descontrolada mordisqueaba la capucha de mi campera mientras mi amigo me miraba sin saber muy bien que hacer. Nos salíamos de la fila para volver a hacerla ya lejos de esos dos idiotas o nos enfrentábamos a las arengas y a las trompadas seguramente, porque yo que soy introvertido de naturaleza tengo un trecho que caminar para llegar a mi umbral de tolerancia; mi amigo no. Para evitar que se sacara más y se fuera a las manos con los maridos opté por la primera opción.

Lo que genera “esta mina” en muchos es justamente eso. Una verborrea incontrolable, un vómito translucido de rabia incontenible que una vez arrojado refleja lo peor de la condición humana. El vértigo que me sacudía, parado a medio metro de estas personas que, amparadas bajo la ciega convicción  en la inoperancia  de un gobierno desplegaban el más escalofriante odio racial, me succionó a épocas de colegio primario cuando solía ser el blanco de esa crueldad que parece tan lógica y justificable cuando todavía no se ha madurado. ¿Qué hay con el distinto, con el diferente, o mejor dicho con nuestro igual? ¿Por medio de que mecanismos herrumbrados se reducen unos a ombligo del mundo y a otros un enemigo, una amenaza? ¿Qué es lo que hay detrás de ese desprecio, de ese asco que se siente por la diversidad? Son preguntas que me vengo haciendo casi desde tiempos prepúberes; una etapa que si bien la disfrute, la viví, también la padecí horrores por lo que ahora significa para mí haber perdido tiempo valioso tratando de encajar, intentando ser lo que los demás consideraban admisible.

La nota de color con tinte irónico recae en la película que ellos y nosotros estábamos por ver. La mujer sin cabeza, el último film de la directora Lucrecia Martel, logró retratar gracias a la riqueza de su subtexto político, ese universo entre abúlico y perverso que reflota cada tanto sobre las capas medias y altas de la sociedad argentina. Salí de la sala deprimido y pensando en muchas cosas. En la exaltación de la pareja joven y la pareja vieja, en la protagonista de la película y su visión distorsionada y en la certeza de que la verdadera gente de mierda es la que no tiene corazón, no cabeza.