Consenso. Consenso. Consenso. Una palabra en la que uno, repitiéndola, puede marearse y perderse, como pasa con cualquier palabra una vez disuelto todo significado: la percepción de estar frente a un mero conjunto de letras pegadas entre sí; un no-lugar. Otra traición del lenguaje.
La oposición al gobierno, dentro de la cual se encuentra aquel sector de la izquierda que se pasa todo el tiempo golpeando con la izquierda a un Gobierno de izquierda, viene hablando mucho sobre “consenso” desde el resultado de las últimas elecciones y habría que preguntarse, teniendo en cuenta que parte de la derecha es tan adepta al discurso abstracto y sesgado, si no se está queriendo hablar de otra cosa. Digo parte de la derecha porque bien vale discriminar: Michetti le da forma a la nada misma hablando de sueños compartidos; Macri dijo sin eufemismos, a máscara quitada, que no dejaría en pie nada de lo que hoy es estatal.
Pensaba en esto mientras veía las publicidades de algunos de los programas de TN. Casi en la misma sintonía simbólica que la campaña callejera de Macri y compañía –aquella que instaba a los buenos modales y a la buena onda a costa de abandonar en la intemperie a la salud y educación pública– se augura un nuevo paisaje; uno que es “multicolor y que está repleto de opciones para todos los gustos”. Así de compleja, de sustancial ha devenido la labor periodística dentro de los grandes medios de comunicación. Una vidriera para el despliegue de candidatos que uno arriesgaría a calificar en primera instancia como de utilería, pero no. Son de carne y hueso y tienen ideología aunque lo nieguen e insistan en que somos todos amigos; en que si los votás te estás votando también.
En esa torta con múltiples capas de interpretación puede leerse un segundo montaje de escenario; el primero fue levantar desde los spots de campaña y encuestas pre-comicios la idea de que si los votos obtenidos no eran funcionales a los millones gastados el fraude electoral se caía de maduro.
Parte de este nuevo congreso estará conformado por hombres y mujeres de diversos bloques políticos pero unidos por ese sentimiento de rechazo visceral hacia todo lo que hizo bien éste y el anterior Gobierno. El mejor consenso imaginado debería ser aquel que se materializa en debates y acuerdos que permitan votar y aprobar leyes –pienso en la de servicios audiovisuales–. Pienso también en un posible nuevo relato tejido por esos mismos hombres y mujeres que han pregonado, de la boca para afuera, sobre la gobernabilidad; sobre el querer que la Presidenta termine su mandato. La noción de “pacto” o “alianza” cuaja porque viene cargada de podredumbre noventosa.
El primer párrafo de esta nota de opinión obedece a que hay palabras que hay que rellenar con contenido. No se puede hablar de diálogo si no se está dispuesto a aceptar de antemano la diversidad de las voces que lo producen. No se puede hablar de consenso si se toma el diálogo como un obstáculo que hay que saltar para llegar a la demanda, a la exigencia.
Mientras escribo esto vuelven a mi cabeza muchas de las imágenes proyectadas por los grandes medios a lo largo de este mes: Duhalde en conferencia de prensa con el rabino Sergio Bergman exhortando a dejar atrás el pasado y convocando a un consenso similar al de 2001; Elisa Carrió y sus profecías descartables; el gorilismo inocultable de la reunida mesa de enlace con su reivindicación a Martínez de Hoz y cerca, muy cerca, Honduras y su realidad no tan adversa según la visión de los periodistas de TN y Mirtha Legrand.
Sólo quienes creen en la política, quienes esperan encontrar, atrás de la ingeniería marketinera que muchas veces sostiene el espejismo del quehacer público, algún resquicio por donde se filtre un proyecto político sólido pueden entender esta necesidad urgente de expresar, de comunicar con el fin de tirar redes que nos conecten con otros, que nos hagan sentir un poco menos solos. Es además el primer paso para atravesar el discurso mediático hegemónico.

Conviene detenerse a pensar un poco sobre esta palabra y sus posibles significados ya que cuando empezamos a escucharla una, dos, tres veces en la radio o en la en tele o la leemos en algún diario se torna proclive a incluirla en el vocabulario cotidiano como esos chicles que uno se lleva a la boca con el único motivo de tener algo en ella. Un taxista, por ejemplo, nos puede dar cátedra de la crisis en todas sus formas y colores puesto que viene construyendo su realidad a partir de la lectura que hacen de ella los medios de comunicación con alcance masivo.
Son dos palabras a las que se les teme con vehemencia. Separadas: si existe el miedo al tránsito o circulación de lo que sea (personas, autos, motos, perros, personas especialmente) es porque a esto a veces implica asociarlo con un “acumulamiento” previo de los ejemplos antes mencionados y que produce más espanto; y también a lo lento y todo lo que represente un atentado a la digestión light, de todo lo que pueda conseguirse y devorarse, sea o no alimento, de la manera más rápida posible y que no implique nada más que mascar estilo vaca. Juntas también parecen tremendas porque han logrado convertirse en el enemigo dialéctico contra el que batalla una línea de yogures muy conocida. Digo, si no nos hubieran presentado en pantalla a esas mujeres radiantes que a veces aparecen medio despeinadas para estar a tono con una insatisfacción que no cierra y que dicen sentirse hinchadas y pesadas, nunca se nos hubiera ocurrido sentirnos hinchados y pesados. ¿Trucos del marketing?