
Se cruzaron en una noche con música pop de fondo y tragos portentosos pero de digestión ligera; tan ligera que una tras otra las copas patinaban sobre la barra con adornos fluorescentes como si se tratase de una cinta fija puesta a funcionar al palo y el barman parecía una cajera de supermercado despachando los pedidos con efectos desinhibidores sin perder un miligramo de ritmo sincopado.
Decir se conocieron es demasiado. En todo caso es un eufemismo para el “se tuvieron ganas desde el primer segundo que las pupilas de él se llevaron puestas las de ella y viceversa”. Porque son lindos; pero re. Tanto que a uno le provoca darse vuelta y mirar para todos lados en busca de alguna cámara, algún micrófono, algo que nos confirme nuestro cuelgue en medio de la grabación de una publicidad de bebidas energizantes, o de cerveza, o de perfume importado, o de desodorante… La lista complétenla ustedes como quieran pero tengan en cuenta que el publicista tiene que ser uno muy distraído para no haber reparado en aquel otro canon, el de la “belleza exótica”, que dicho sea de paso, de nuevo o distinto no tiene nada.
Esa debe de ser una de las virtudes de aquellos que además de lindos se jactan de serlo. La estética les hace el aguante y lo saben, por eso no dejan espacio para la duda y van por ello. En épocas en que la bandera que reza “la visión al poder” flamea alta en el cielo y de primeras impresiones glotonas que acaparan y definen toda circunstancia futura ellos están de parabienes. No se los puede culpar por eso, después de todo ¿quién no entró alguna vez, con la llave que implica haber bebido un poco de más para borronear un límite que no muerde pero cuyo ladrido nos aturde estando sobrios, a ese universo de las citas a la fugazeta condimentadas con corazones despistados? Levanten la mano.
El ejercicio del consabido cortejo se dejó hacer solo; en piloto automático con airbag incorporado por las dudas, para garantizar que cualquier posible herida sea superficial. No demandó más que el enrosque compulsivo de un rulo café y una sonrisa regulada de a clics por parte de ella y de los aires avasallantes por parte de él, que parecía perder el equilibrio y doblarse hacia adelante constantemente. Sentado al lado suyo, se debatía entre una mezcla de abrazo bufanda y el estampado de sus pectorales dorados sobre su rostro. Un corral de puro músculo puro, cero anabólicos. ¿Mencioné que él era altísimo?
La conversación la imaginaremos, aunque antes de poder hilar alguna idea que nos salve de concluir que todo esto es un gran cliché, que ya lo vimos y vivimos miles de veces, ya estará todo dicho y en menos de veinte minutos habrán llegado al departamento de ella.
En el trayecto que va del living a la cama, y mientras se desvestían uno al otro, él sin querer queriendo le pisó la punta de la cola al gato siamés, que salió disparado hacia el rincón más cercano, donde permaneció petrificado y erizado por unos segundos, para retomar su sensual andar una vez que la habitación cumpliera con su función de paso y quedara liberada de esos dos cuerpos que se las arreglaban para exudar pasión sin perder la compostura cool que los imantó desde un principio.
Disfrutaron de una madrugada de sexo salvaje… al estilo Animal Planet. Ocupados tratando de desenredarse de sus propios deseos de autosatisfacción se olvidaron de hacerle lugar al juego previo, ese que siempre abre la puerta para que el erotismo pueda asomarse y descontracturar hasta el alma. Finalizada la transacción que dejaría hasta al voyeur más experto completamente tieso –por lo bajo cero de la temperatura– él dio un par de vueltas: al baño, a refrescarse la cara y peinarse, y a la cocina donde dejó escrito, sobre un post-it amarillo pegado a un apunte de psicología, su número de celular. Se vistió y marchó a su cucha cual pichicho domesticado.
A los dos días fue él quien llamó y ella quién dejó que el ringtone con un pedacito de un tema de Sabina completara su ciclo de loops.