Conviene detenerse a pensar un poco sobre esta palabra y sus posibles significados ya que cuando empezamos a escucharla una, dos, tres veces en la radio o en la en tele o la leemos en algún diario se torna proclive a incluirla en el vocabulario cotidiano como esos chicles que uno se lleva a la boca con el único motivo de tener algo en ella. Un taxista, por ejemplo, nos puede dar cátedra de la crisis en todas sus formas y colores puesto que viene construyendo su realidad a partir de la lectura que hacen de ella los medios de comunicación con alcance masivo.

En mis peores momentos, en mis crisis de corte existencialista –que las tengo como cualquier otra persona; ese supuesto aire de superado que exhibo a veces no es más que una pose que activo para creérmela un poco más– es cuando me convenzo de que no sólo el taxista sino todos vivimos en realidades fabricadas. No pienso que sea algo terrible, al contrario, es producto de vivir en una sociedad tan moderna y compleja y que funciona colateralmente como un escudo personal para protegerse de ese modernismo y esa complejidad. Son, en definitiva, formas de ser y estar en el mundo. El problema se desata cuando esa visión personalísima no logra fundirse con el resto de las realidades que allá afuera, lejos de nuestra burbuja sostenida entre cuatro paredes, conforman una totalidad, un conjunto. A esa hay gente que la esquiva, no la soporta. Un ataque de pánico es, a mi entender, un síntoma que da cuenta de una vida sobresaturada de sí misma, replegada y ensimismada, que recibe un golpe asestado por lo real. Es un aviso. Me imagino al ataque aconsejando mientras menea el dedito índice en clave paternalista: “mirá que hay más que esto”.

Las crisis tal y como las conocemos y padecemos son las que nos arrancan el eje con el que nos mantenemos en equilibrio. Nos empujan a la intemperie para arrastrarnos a una zona de la consciencia donde no hay ropajes con los que taparse o poder disimular emociones. Desnudos, frente a un futuro que se nos escapa de las manos, reaccionamos como podemos aferrándonos a lo que queda: el presente.
En un contexto internacional de mercados que se derrumban cual avalanchas, el término “crisis” se desprendió del discurso mediático para acoplarse al habla cotidiana.

Por un lado desde el Gobierno y parte de la sociedad –al menos aquella parte que aún conserva rastros de civismo– se hizo pública la preocupación ante una eventual seguidilla de despidos y recortes en los turnos de trabajo de miles de mujeres y hombres en empresas y fábricas de diversos sectores. El proyecto de ley presentado recientemente busca mantener el crecimiento laboral y adelantarse a circunstancias que por el hecho de ser futuras no dejan de ser ciertas. Es el famoso coletazo del monstruo del capitalismo salvaje, que liberado de sus ataduras se rebela contra sus creadores y que en su destructivo avance se recibe de rebote sus pisadas, gruñidos y arañazos. Pero cualquier persona mínimamente familiarizada con el pensamiento lógico y ético encontraría absurda la decisión de los empresarios y empleadores. Que sé yo, en una tormenta marítima resulta imposible que el capitán pueda jactarse de ser el único capaz de dar el giro de timón para encauzar el barco y así llegar a buen puerto. Sin el trabajo conjunto de la tripulación el destino de la nave es hacer glu glu.

Por el otro lado tenemos a una oposición que se encarga de jugar con la crisis, la da vuelta a su favor y la convierte en caballito de batalla de sus propuestas como alternativa electoral. Nada nuevo bajo el sol. En un marco democrático ese ejercicio siempre resulta sensato. Pero me parece que hay una diferencia entre respuestas concretas, es decir proyectos que puedan trascender la sensación que tenemos muchos, cuando se tocan ciertos temas, de que se está haciendo algo que pueda ser captado por un sector de la sociedad –como el tópico seguridad, que sabemos que es un reclamo que compete y satisface sólo a un segmento de ella y que deja al resto, los menos favorecidos, del lado de afuera de los barrios privados, rejas, puertas blindadas y cámaras de seguridad– y críticas que se vuelven meros latiguillos. Esto ultimo y nada más, al parecer, es lo que tiene para ofrecer la oposición.

Frente a un panorama que algunos se empecinan en empañar cabe preguntarse si existe la posibilidad de entrever algún constado edificante de la idea que nos hacemos cuando la crisis nos viene a sacudir la mente y el ánimo; que nos permita modificar posiciones, actitudes y de paso ampliar un poco el campo subjetivo. Es ahí cuando la filosofía se calza los botines para salir a empatarla porque el objetivo de estas líneas no es ir a contramano de los hechos, o intentar refutar lo innegable. Estas líneas sí se proponen tratar de desempolvar el origen etimológico de la palabra –cuya potencia se va sedimentando por una operación de poder del lenguaje que consiste en su repetición– que alude a un instante en el que una decisión, un rumbo debe ser tomado y que para eso es necesario aceptar que siempre van a existir situaciones que estarán fuera de nuestro control. Reconocerlo duele y hasta resulte utópico porque requiere de un renegociado en el contrato de la misma naturaleza humana.

Cierro con un fragmento de Dolor país, de Silvia Bleichmar, Psicoanalista e intelectual quien lo explica mejor que nadie: “Es la esperanza de remediar los males presentes, la ilusión de una vida plena cuyo borde movible se corre constantemente lo que posibilita que el camino a recorrer encuentre un modo de justificar su recorrido.”

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