¿De dónde venimos? Esa pregunta un tanto ridícula era el titulo de un libro que llegó a mis manos cuando yo tenía diez años aproximadamente. Era frecuente su rotación por los circuitos escolares en la década neoliberal, cuando comenzaba a ponerse en practica una versión preliminar de lo que hoy se conoce como educación sexual. La presentación del libro en las aulas, que era acompañado de un video que lo único que hacía era poner en movimiento las imágenes de la edición impresa, permitía a los maestros inaugurar un universo misterioso y excitante, repleto de caras ruborizadas, balbuceos y carcajadas que se contenían ante el preservativo que se deslizaba sobre una banana o un tubo de madera.

Repasándolo mentalmente hoy, el libro, que reconozco útil en mínimos aspectos, era bastante terrible porque olvidaba mencionar datos que considero cruciales. Lo aquel libro no decía era que el sexo podía ser placentero y que podía moverse por otros terrenos además del de la concepción. Todo parecía reducirse a una tarea, una obligación que los adultos tenían que llevar a cabo, como sacar la basura a la vereda un poco antes de las nueve de la noche. Es más, la palabra repetida a lo largo y ancho de las páginas era “apareamiento”. Si no hay ahí una intención de confundir, al encuadrar el sexo dentro de la noción del entra y sale tan característica del instinto animal o del movimiento que hace el cepillo en nuestra boca al lavarnos los dientes, entonces no sé. Pero la intención se aclaraba cuando la comprobaba en una segunda reflexión: el libro se reservaba al igual que un restaurante fashion “el derecho de admisión” porque tampoco aclaraba que una familia también podía estar constituida por una pareja gay, por ejemplo, y que ellas y ellos tenían el mismo derecho al “apareamiento”, a tener orgasmos y ser, si lo desearan, madres y padres. ¿Suena exagerada la comparación con los manuales de constreñimiento moral fabricados por la medicina y las iglesias de los siglos dieciocho y diecinueve, pero adaptado a los tiempos que corrían de sexo económico e insensible?

El placer es un sentimiento que occidente se viene disputando desde que el mundo es mundo. La censura fue uno de los mecanismos inventados por la derecha para obturarlo. La institución religiosa, que por esos siglos tenía bajo su control el verdadero poder político, se encargo de acapararse el placer para luego hacer y deshacer con él a su antojo. Lo licuó, lo dejó filtrar y preparó un elixir venenoso que volvió a nuestros antecesores seres sexualmente desviados, tirándole sobre sus espaldas una insoportable carga de culpa que maniataba al deseo por explorar su propio cuerpo y el del otro para que, cuando lograran desatarlo, se encontraran desprovistos de cualquier otro modo de percepción que no fuese el del sufrimiento y la angustia: toda forma de autoconocimiento era perseguida y sancionada con la pena capital. Los médicos medievales y renacentistas hicieron su parte al declarar oficialmente que la mujer era frígida por naturaleza y que la masturbación era el atajo ideal si se andaba en la búsqueda de una muerte rápida y segura. La sobrevaloración del amor romántico proviene en parte de ese pacto sexual, forjado casi por la fuerza, por individuos predestinados a la actuación de arquetipos irrompibles.

La censura de la dictadura cercenó más que un par de tetas y culos, si lo sabremos. Logró meterse de cabeza y bien hondo en la vida argentina para ir minando subrepticiamente cualquier rastro que pudiera quedar de las libertades individuales y colectivas. Fue alimentándose del miedo y la sangre mientras se la pasaba vomitando cualquier posibilidad de cambio, de transformaciones; marcó una huella, o más bien instauró un vacío consensuado en muchas mentalidades que aún hoy repiten que hablar de política es engorroso; y dejó colgada como símbolo una ley de radiodifusión firmada por el mismo Videla. Fue, por sobre todas las cosas, el bosque sombrío repleto de espinas entrelazadas por el que se abrieron paso madres, abuelas y jóvenes armados de valor, coraje y esperanza.

¿Podemos discutir y debatir sobre censura en la actualidad? Por supuesto que sí. El intercambio de ideas y opiniones debe ser la punta de la lanza con la que tenemos que dar esta batalla cultural. Siempre creí que el no hablar sobre ciertos temas conlleva a naturalizarlos, a indicarles el camino corto a los discursos circulantes ansiosos por llegar primero, y así dominar el sentido común.

El mes pasado el abogado Guillermo Grisolía basó su denuncia insólita sobre una iconografía que sólo representa a un sector mínimo de la sociedad, el catolicismo. Exigió a las autoridades del museo Castagnino de Rosario que retiraran una obra de arte; la imagen acompaña este texto. De continuar su exhibición el asunto llegaría a la justicia. Se comunicó, a la semana siguiente, que el cuadro no sería descolgado porque hacerlo significaría atentar contra la libertad de expresión.

Las reacciones frente al reclamo de Grisolía no se hicieron esperar: el rechazo fue unánime; bastaba con seguir los comentarios en blogs, portales de noticias en Internet o hacer una encuesta en casa o en el barrio, daba lo mismo.

A lo mejor peque de ingenuo pero creo que la gente con esto quiso algo más que dejar constancia, en la esfera pública, de que ser “open minded” es lo políticamente correcto. Se consideró inconcebible que alguien venga a contarnos como tenemos que vivir, que fue en definitiva la letra casi ilegible del pensamiento de Grisolía. Me alegró la resolución porque si bien parece algo que tiene que ser, muchas veces no lo es: otros artistas como León Ferrari no han corrido con la misma suerte que Mauro Guzmán y han tenido que ceder, ante el avance de persignaciones flotantes que huelen a incienso y a doble norma de comportamiento, y levantar sus obras.

Son pequeños destellos que demuestran que el compromiso por causas que trascienden nuestros intereses individuales aún no se ha extinguido. Y creo que el placer, al menos para muchos de los que creemos que la verdadera libertad individual es aquella que se consigue trabajando colectivamente, tiene mucho que ver con esto.

Un Comentario

  1. He leido atentamente este articulo, y ademas de ser interesante la postura planteada por el autor (quien lamentablemente no se identifica)no por ello deja de ser contradictoria en si mismo. Aquello que el autor plantea que vive y que toda la sociedad vive, esto es, el “open mined”, paradojicamente no parece a priori ser asi. Y digo esto, porque si se lo mira desde fuera, la postura esgrimida por este autor y el Dr. Grisolia serían iguales de dogmaticas. De aquí que, quien es el autor de este articulo que se permite en nombre de la sociedad que integro, de impedirle al Sr. Grisolía que se exprese y peticione a sus autoridades, mas alla del objeto de su pedido, que puede ser o no compartido. Sr. Autor, Ud. es tan libre de escribir lo que quiere del abogado, como el de hablarle al intendente y pedirle lo que quiera. No dogmatize sobre la mente abierta cuando Ud. no la tiene y solo atina a calificar al denunciante. O acaso, Ud. es el representante de los sentimientos de los seres humanos, y establece que puede sentir o no el Sr. Grisolia.-
    Espero que Ud. se convierta en un verdadero “open minded” alguna vez. y haremos fuerza por ello.-
    saludos cordiales


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