Son dos palabras a las que se les teme con vehemencia. Separadas: si existe el miedo al tránsito o circulación de lo que sea (personas, autos, motos, perros, personas especialmente) es porque a esto a veces implica asociarlo con un “acumulamiento” previo de los ejemplos antes mencionados y que produce más espanto; y también a lo lento y todo lo que represente un atentado a la digestión light, de todo lo que pueda conseguirse y devorarse, sea o no alimento, de la manera más rápida posible y que no implique nada más que mascar estilo vaca. Juntas también parecen tremendas porque han logrado convertirse en el enemigo dialéctico contra el que batalla una línea de yogures muy conocida. Digo, si no nos hubieran presentado en pantalla a esas mujeres radiantes que a veces aparecen medio despeinadas para estar a tono con una insatisfacción que no cierra y que dicen sentirse hinchadas y pesadas, nunca se nos hubiera ocurrido sentirnos hinchados y pesados. ¿Trucos del marketing?
A las contorsiones discursivas de la oposición del Gobierno, con Elisa Carrió a la cabeza, –aunque hay que aclarar que lo de ella dejó de ser argumentativo hace mucho tiempo– se suman otras profecías, pronunciadas en inglés y subtituladas en nuestro idioma. Sus envases, revestidos de glamour importado, hacen babear a una derecha compradora compulsiva. Así, en plena crisis capitalista los pronósticos del FMI, que hablan de una supuesta desaceleración de la actividad sobre países emergentes, adquieren textura de cine catástrofe; aunque a mi entender esas proyecciones se asemejan a los mecanismos que funcionan dentro de la publicidad del yogur, desencadenando más incertidumbre y ansiedad al tirar el interrogante sobre si el ritmo intestinal diario es el adecuado o conviene flexibilizarlo.
El sociólogo Zygmunt Bauman formuló un análisis muy interesante en el cual desarticula el discurso de la libertad del movimiento capital con el que tanto machacan los que en definitiva buscan usar ese precepto como máscara, ya que lo que se pretende es en realidad un mayor control por sobre la transparencia líquida que dicen defender.
En su libro, En busca de la política, Bauman plantea que el malestar existencial que desgarra a los sujetos posmodernos proviene de la imposibilidad de construir puentes que nos acerquen mutuamente; que al vivir cada uno enjaulado en nuestros propios problemas, deseos y miedos, la conciencia política para activar lo que en sociología se conoce como agencia, –que no es más que el empuje interno que surge ante la preocupación por intereses que traspasan lo meramente individual– permanece entumecida.
Sin embargo, la postura estrictamente moral del autor le impide observar que es posible que el impulso a la acción brote del vacío que queda cuando no hay otras voces. Cuando no hay otros en los que verse reflejado, el dolor y la falta pueden actuar como motivantes para rearmar una realidad. Nosotros este año fuimos testigos de la búsqueda de algo que no obteníamos: caminos alternativos para desahogarnos y expresarnos. En medio de la nebulosa mediática del conflicto ruralista, las carpas en el Congreso y en otros puntos del país fueron refugios donde muchas personas compartieron la bronca, el alivio, la información, la desinformación y, por sobre todo, las ganas de hacer cosas.
Bauman agrega que el “ágora contemporáneo” es necesario como espacio para pensar y debatir sobre un modelo de Estado con mayor autoridad para contrarrestar la hegemonía de poder de la agenda que impone el mercado. Esa agenda pronto se vuelve las cuerdas de alambre que sostienen y dan vida a una marioneta cuando el manto de incertidumbre –retejido por palabras recogidas del compendio del libre mercado, esto es: desregulación, fluidez, oferta y demanda, competitividad, etc.– se torna demasiado apretado y comienza a inmovilizar a aquellos cuyas posibilidades de moverse hacia adelante, de avanzar, de progresar fueron restringidas desde un principio; mal repartidas. Esto lo creo. No se requieren muchas evidencias para comprobarlo. La década de los noventa entera fue el axioma redondo de la desprotección del Estado para con los más débiles mientras del lado de adentro de la vidriera el “deme dos” no dejaba de sonar a canto de sirenas afónicas. La suciedad del gobierno menemista y la necesidad de consumo irrefrenable que definieron esos años consiguieron que el poder –y el debate social por su recomposición– se escurriera aún más del núcleo de la política hasta alcanzar aires extraterritoriales. Fueron épocas de pequeñas y grandes distracciones que mantuvieron alejadas a la gente de otra gente y de las preguntas y respuestas que podrían haber surgido de ese encuentro. Son justamente esos reencuentros los que nos recuerdan las causas por las que siempre vale la pena aunar esfuerzos.
Una vez más el repaso mental por nuestra historia le gana la pulseada a aquella expresión horrible que reza “lo pasado pisado”. El simbolismo que recubre a las reestatizaciones recientes en el país, tanto de éste como del último Gobierno, habla sobre un rumbo tomado que es indispensable para lograr hacerle frente al cuento del libre juego de las finanzas. Un juego que terminó mal y que dejó a millones con el manual de instrucciones en la mano tratando de descifrar cuál fue la trampa.
¿De dónde venimos? Esa pregunta un tanto ridícula era el titulo de un libro que llegó a mis manos cuando yo tenía diez años aproximadamente. Era frecuente su rotación por los circuitos escolares en la década neoliberal, cuando comenzaba a ponerse en practica una versión preliminar de lo que hoy se conoce como educación sexual. La presentación del libro en las aulas, que era acompañado de un video que lo único que hacía era poner en movimiento las imágenes de la edición impresa, permitía a los maestros inaugurar un universo misterioso y excitante, repleto de caras ruborizadas, balbuceos y carcajadas que se contenían ante el preservativo que se deslizaba sobre una banana o un tubo de madera.