Cada vez que una nueva tendencia asoma la cabeza ahí estarán los medios de comunicación para cortársela; para bañarlos con el brillo y la irradiación de sus pantallas y coronarlos con el premio de la espectacularización, que transforma todo lo que toca; lo embellece prestándole una apariencia lujosa e inalcanzable, con el fin de terminar volviéndolo inútil; después de todo ese es el destino final de todo lujo.
Hay un motivo que parece simple pero tiene más de una cara: la gente parece tranquilizarse, respira aliviada cuando aquello que comienza a circular con frecuencia y que extraña su mirada porque no ha sido conceptualizado, de golpe adquiere un nombre: la gente agradece que se les informe sobre el nuevo fenómeno social que representan los floggers y los emos. Claro que de inmediato los medios levantarán estadísticas que hablarán sobre las tasas de suicido, el consumo de alcohol y drogas, los trastornos alimenticios y los problemas que acechan a quienes se expongan en la web. Es el otro costado de ese motivo; ya se dijo: naturalizar, dar por sobreentendido, absorber todo vestigio político, que es a lo que la moral burguesa inquieta e incomoda. ¡No se dejen usar! Algo así exclamó Mario Pergolini a los floggers y emos con mayor alcance mediático desde su programa, CQC. Él, que parece incapaz de sostener nada que no sea lo políticamente incorrecto, acertó con ese pedido.
Tengo veintitrés años y vengo de una generación que podría ser definida como el fiambre del sándwich; es decir una que no creció radicalizada en lo tecnológico –tuve mi primera PC a los diecisiete años– ni tampoco en lo ideológico, pero que por estar en el medio pudimos empaparnos mejor de un lado y del otro con los distintos aderezos. Es todo un logro adaptarse a nuevos paradigmas sin incurrir en la percepción de que te estás vendiendo; a mí me pasó.
Yo siempre me sentí como un personaje de una película de Tim Burton. Desde muy chico mantuve pautas ideológicas bastante claras que siempre me alejaron, me acercaron o me trajeron conflictos con otros. Hasta mis padres pensaban que yo era “raro” por no querer salir a festejar el día de la primavera. Pero como en las películas de Burton donde los protagonistas –siempre excéntricos, poco usuales– son escupidos del sistema por no desistir de conservar lo que los hace ellos mismos, su identidad, terminan organizándose y forjando su propio grupo de pertenencia, su propia idea de familia que simboliza la revancha contra el sentido común. Es el fuck you que se le hace con el dedo para que se espabile y caiga en la cuenta de que existen otras formas además de la oficialmente permitida. Si hay algo que amo de ese director de cine es ese elemento subversivo.
La posmodernidad quizás también haya contribuido a contornear las formas a las que se llega y se vive la adolescencia y a estirar la brecha entre las generaciones más recientes: o nacés y para los tres años ya aprendiste a manejar el mouse, o nacés sin la oportunidad de una educación a futuro, o te educan pero no se te prende nada a la cabeza porque no podés pensar otra cosa que no sea en cuando vas a volver a comer.
Bajo este clima denso, de mal e injusta distribución de oportunidades, brotan entonces Los floggers y los emos de los que se viene hablando mucho pero cuyo discurso hegemónico llega hasta ahí. Es curioso que quienes se refieren a ellos como pibes tarados que tienen medio cerebro funcionando y que sólo andan en la caza de una estética original sean también pibes; quiero decir, parte de la critica más dura proviene de jóvenes de su misma edad. A mi entender, ellos han exteriorizado algo muy arraigado en la adolescencia y que tiene que ver con su etapa más jodida; la que queda excluida de los festejos del 21 de Septiembre, una fecha que revienta de estereotipos coloridos. La sensación de estancamiento, de no saber como seguir fluyendo y la incertidumbre sobre cual debe ser el paso a seguir, es una idea opresora que viene de afuera y que nos invadió a todos alguna vez en nuestra vida. Antes algo tan típico de esa edad hoy se encuentra asentada como uno de los grandes malestares de la época. Tanto emos como floggers, volcados a las pantallas de TV y de las PC para la construcción de sus propias subjetividades, han logrado armar con sus puntos de encuentro otro tipo de exposición. No sé si saludable o no, pero necesaria porque creo que la juventud vive guardada tanto física como emocionalmente.
Lo que puede leerse en estos chicos y chicas que se peinan, se maquillan y exhiben un desprejuicio que es total e envidiable, es en definitiva la búsqueda de una brújula. Representan, a contramano de la imagen condescendiente del deprimido que no entiende que pasa y llora antes de dormir, pura posibilidad de cambio y libertad. Es a partir de un clic interno, de estar atento a lo que pasa dentro y fuera de cada uno, que se abren los caminos y los corazones. A simple vista ellos no pasen de ser una versión ligth o artificial, un cover de la canción que catapultó a la fama a Nirvana. La melodía esta vez puede sonar monocorde, enlatada, un ringtone pegajoso; y el pogo puede que haya sido reemplazado por una coreografía complicadísima. Pero la insatisfacción, las inseguridades, los miedos, los anhelos, los sueños, la rebeldía y las ganas de hacer cosas con todo eso son las mismas que compartieron y comparten otros jóvenes que, como yo, resisten a conformarse con una visión acabada del mundo. Reivindicarlos, –ahora que está tan de moda el darles con un caño– es reivindicar al adolescente que late en nosotros. Aquel al que le soltamos la mano para dejarlo ir y así guardar lo mejor de él.