La noticia más relevante de la semana en la ciudad parece haber sido “la gran movida en el río contra el humo”. El diario La Capital, con sus sucesivas tapas y robustos informes al respecto, así lo demostraba. La del último domingo desencajó algo que yo venía viendo pero no terminaba de confirmar. Al titulo en negritas, que demarcaba el centro de la página, lo acompañaba una foto que mostraba un río Paraná salpicado no sólo por el reflejo de un sol intenso sino también por una caravana de yates, barcos y lanchas que resplandecían más que las propias aguas que los contenían. La postal continuaba páginas adentro, en un par de fotos donde se podía ver al intendente Lifshitz sonriendo para las cámaras en una; y en la otra a un grupo de mujeres y hombres tomando sol, que aprovecharon el calor para sacar de los roperos y cajones aquellas bikinis y bermudas que ahora asfixian los cuerpos sobrecargados durante el invierno.
La consigna fue clara: “¡basta de humo!”, “No a la quema” rezaban algunos de los carteles atados a las estructuras que soportan los techos de las embarcaciones. Y aún así esas fotos, ese artículo que hablaba de entusiasmo, de aplausos, de banderas, de sirenas y silbatos volvían a zumbar en mi cabeza como ecos de actitudes, de cuestiones demasiado pronunciadas por sobre otras casi mudas; y que, como siempre, terminan importando y entreteniendo a un tipo especifico de gente. Por acá se la vio seguido, golpeando cacerolas y llenando el Monumento el 25 de Mayo.
No me interesa meterme con el humo y las marchas que produjo en distintas zonas de Rosario. Eso no es un problema. Toda ruptura de lo cotidiano estimula una reacción; fue lo que consiguió el humo: que los ciudadanos salieran a la calle a protestar. La queja, una palabra que a muchos le produce escozor, a mi entender representa la imagen de personas organizándose para luchar por lo que cree justo y por una resolución que traerá beneficios para todos por igual. Pero esa palabra pronunciada por determinadas bocas adquiere un doble filo, se transforma en un arma usada para defender a veces lo indefendible. La derecha se escuda en la queja para chicanear, para que el ejercicio de la argumentación –que le resulta uno muy agotador– le rebote y la libere de dar explicaciones. La derecha se apodera de la queja para convertirla en un acto despolitizado, y cuando es conveniente se despoja de ella para atribuírsela a la izquierda.
Internándome aun más en el diario, específicamente en la sección de correo de lectores, me crucé con una denuncia que me puso de mal humor. En ella, una señora que habla en representación de un grupo de vecinos autoconvocados –un latiguillo repetido hasta el hartazgo por los medios y apropiado por los apolíticos para separarse de quienes supuestamente para ellos no tienen el derecho ni la libertad de elegir; digo, hay que proclamarse autoconvocado porque no serlo al no hacerlo puede dar lugar, parece, a malas palabras e intenciones– aprovecha para felicitar a quien redactó la nota “El fuego de las islas también ahoga a los bares de la costa rosarina”, critica al gobierno nacional y provincial, se solidariza con los afectados: “sauces, espinillos, ceibos, carpinchos, nutrias, cardenillas, patos, federales…”, y termina alertando a las autoridades sobre las “parrillas que contaminan día y noche con sus humos “aromatizados” con grasa de cordero, res, chivito, chinchulines, chorizos…”. Haber encadenado en un mismo párrafo a los autoconvocados con los peligros del olor a grasa fue un golazo de su inconsciente; producto, imagino, de haber comprado el discurso empaquetado de la tele, la radio, los diarios, etc. El que circula sobre los que, en definitiva, adhieren a las ideas del gobierno y manifiestan el apoyo con su presencia en los actos, por ejemplo.
Como en la novela de Stephen King La niebla, donde el fenómeno climático actúa como una cortina que se corre para exponer los conflictos de clase y religión, el humo construyó aquí su propio relato tóxico. Uno que invisibiliza entre los gases a aquellos cuyas principales necesidades básicas insatisfechas obligan a empujar a la fuerza el tópico “humo” al fondo de la lista o a la punta de la pirámide según como se mire.
Esto que escribo no es un ataque a la pobre señora y sus vecinos de la costa rosarina, es sí una anécdota chiquita que va tejiendo y destejiendo el pensamiento de muchos vecinos que viven en barrio Martin, en Fisherton o en edificios ubicados en la peatonal. Un pensamiento que destraba tanto la idea de haber perdido la chispa, las ganas de reunión y festejo que invita todo asado medio jugoso o seco como la tenencia de una visión estrábica, donde no existen casas de cartón, chapa o madera propensas a ser devoradas por el fuego, arrancadas por el viento o aplastadas por la lluvia.