Cuando éramos chicos, allá por los noventas, y la pubertad estaba a la vuelta de la esquina, Estados Unidos se nos aparecía en nuestros sueños como un espejismo que chorreaba fantasía y augurios que prometían buenos porvenires. Era la tierra de donde venía Mickey Mouse con su pandilla, los tanques de hollywood bombardeando con sus efectos especiales enceguecedores y gran parte de los hits musicales del momento. Muchas generaciones crecieron nutridas por los finales felices de los clásicos de Disney y su parque temático representaba para las chicas que cumplían los quince algo así como el nirvana. Por aquel entonces, si se le preguntaba a cualquier niño adonde le gustaría viajar la respuesta era una fija.
Pero cuando uno iba creciendo y empezaba a encontrar a las princesas y a todo lo que fuera edificante en general medio patético, la idea de ese deseo era descartada por otra que si bien parecía similar, escondía significados más profundos, síntomas de una época y una edad. Faltaba mucho para la crisis que explotó acá en 2001, y aún así el lugar a visitar de pronto se había convertido en el lugar a irse a vivir.
Crecí en una década que se caracterizó por venerar al Dios de lo importado. Todo venía de afuera, hasta las esperanzas e ilusiones. Bajo la media sombra del menemismo, Miami y Nueva York adquirieron otras siluetas que sedujeron a la clase media y alta por igual. Se viajaba mucho a todas partes, sí, pero fueron especialmente esos dos destinos los que conformaron la mitología turística argentina durante los peores años del neoliberalismo, que fue derribando una por una las conciencias de si que se poseía como se desarma una hilera de piezas de dominó. Si hay algo que no se le puede negar al país del norte es la perfección con la que consiguió modelar y exportar todo aquello que imanta a un conjunto, a un grupo, a una familia: el sentido de seguridad, de pertenencia y de hogar vueltos aptos para todo público.
Esas palabras fueron como un manojo de globos de colores que el país soltó y dejó flotando un largo tiempo como parte de su discurso político tras la masacre del 11 de Septiembre. Entretuvo a muchos, que los mantuvo mirando para cualquier lado, quizás, en busca de aquello que se empezaba a percibir perdido y olvidado. Hasta que los globos se desinflaron. Fue necesario que se desinflaran y que aparecieran en escena gente como Michael Moore para poner en palabras y en imágenes aquello que llegaba hasta una sensación entrecortada y no pasaba de ahí; incertidumbre primero, miedo después y paranoia en la actualidad. Me parece que fue entonces cuando la figura del héroe americano se cayó a pedazos porque lo hizo frente a los ojos de los propios norteamericanos, de su pueblo, que era otro al de los sesentas y setentas. Es una obviedad aclarar que los clichés políticos y la personalidad belicosa de la primer potencia mundial también existían entonces y mucho antes, pero los que cambiaron –o quizás no cambiaron tanto y sólo se dejaron entrever más fácilmente– son los mecanismos de control para la instauración y conservación de un determinado tipo de poder. Cuando se vio por YouTube que el héroe degradaba, torturaba y mataba en pos de su “seguridad nacional”, esa vieja doctrina hoy autoajustada a promesas electorales que destilan el conservadurismo más corrosivo, la gente comenzó a interpelarse, a volver sobre sus pasos intentando en ese movimiento desdeñar el rumbo tomado nueve años atrás.
Mis sueños febriles de la adolescencia, que tenían como protagonista a aquel país, se terminaron cuando leí Las venas abiertas de América Latina. Ese ensayo maravilloso de Galeano –maravilloso por lo revelador y liberador que resultaba su lectura porque en realidad lo que se narraba era una historia de sufrimiento e injusticia padecida por nuestro continente desde su nacimiento hasta estos días, lejos de las épicas colonizadoras para colorear, recortar y pegar de Anteojito– no me despertó ese nacionalismo embrutecido que vocifera contra todo lo extranjero, sí me acercó más a esta tierra y a su eterna coyuntura porque me pasó herramientas valiosísimas para conocer, analizar y comprender nuestro origen, nuestro pasado, y para comprobar que lo que se está dando hoy son profundos cambios simbólicos. Si no se da eso primero, si no se rompe el marco que encuadra la reflexión, el pensamiento sobre ciertos temas que parecen pasarnos por al lado, –un ejemplo: penetrar en el plano simbólico de la ley de movilidad jubilatoria implica por fin empezar a desestructurar los discursos circulantes, instalados por las sociedades globalizadas, que indican que la madurez está devaluada– difícilmente pueda hablarse de un cambio en su forma más genuina, más honesta.
Estados Unidos también tendrá que hacer lugar a un pasaje de lo simbólico a lo concreto. La crisis financiera apretará los bolsillos de muchos y posiblemente asfixiará, como les pasó a otros tantos argentinos, su condición de clase. Expertos en el arte de la sublimación de ideales e intereses colectivos, están a punto de alcanzar un límite que paradójicamente se prevé indispensable. En un territorio donde todo parece “economizable”, desde la tolerancia al otro pasando por el ruido ante la violencia consumible como entretenimiento hogareño y la propia libido, cruzarlo no debería ser una misión imposible.
Cada vez que una nueva tendencia asoma la cabeza ahí estarán los medios de comunicación para cortársela; para bañarlos con el brillo y la irradiación de sus pantallas y coronarlos con el premio de la espectacularización, que transforma todo lo que toca; lo embellece prestándole una apariencia lujosa e inalcanzable, con el fin de terminar volviéndolo inútil; después de todo ese es el destino final de todo lujo.