Archivos mensuales: Octubre 2008

Cuando éramos chicos, allá por los noventas, y la pubertad estaba a la vuelta de la esquina, Estados Unidos se nos aparecía en nuestros sueños como un espejismo que chorreaba fantasía y augurios que prometían buenos porvenires. Era la tierra de donde venía Mickey Mouse con su pandilla, los tanques de hollywood bombardeando con sus efectos especiales enceguecedores y gran parte de los hits musicales del momento. Muchas generaciones crecieron nutridas por los finales felices de los clásicos de Disney y su parque temático representaba para las chicas que cumplían los quince algo así como el nirvana. Por aquel entonces, si se le preguntaba a cualquier niño adonde le gustaría viajar la respuesta era una fija.

Pero cuando uno iba creciendo y empezaba a encontrar a las princesas y a todo lo que fuera edificante en general medio patético, la idea de ese deseo era descartada por otra que si bien parecía similar, escondía significados más profundos, síntomas de una época y una edad. Faltaba mucho para la crisis que explotó acá en 2001, y aún así el lugar a visitar de pronto se había convertido en el lugar a irse a vivir.

Crecí en una década que se caracterizó por venerar al Dios de lo importado. Todo venía de afuera, hasta las esperanzas e ilusiones. Bajo la media sombra del menemismo, Miami y Nueva York adquirieron otras siluetas que sedujeron a la clase media y alta por igual. Se viajaba mucho a todas partes, sí, pero fueron especialmente esos dos destinos los que conformaron la mitología turística argentina durante los peores años del neoliberalismo, que fue derribando una por una las conciencias de si que se poseía como se desarma una hilera de piezas de dominó. Si hay algo que no se le puede negar al país del norte es la perfección con la que consiguió modelar y exportar todo aquello que imanta a un conjunto, a un grupo, a una familia: el sentido de seguridad, de pertenencia y de hogar vueltos aptos para todo público.

Esas palabras fueron como un manojo de globos de colores que el país soltó y dejó flotando un largo tiempo como parte de su discurso político tras la masacre del 11 de Septiembre. Entretuvo a muchos, que los mantuvo mirando para cualquier lado, quizás, en busca de aquello que se empezaba a percibir perdido y olvidado. Hasta que los globos se desinflaron. Fue necesario que se desinflaran y que aparecieran en escena gente como Michael Moore para poner en palabras y en imágenes aquello que llegaba hasta una sensación entrecortada y no pasaba de ahí; incertidumbre primero, miedo después y paranoia en la actualidad. Me parece que fue entonces cuando la figura del héroe americano se cayó a pedazos porque lo hizo frente a los ojos de los propios norteamericanos, de su pueblo, que era otro al de los sesentas y setentas. Es una obviedad aclarar que los clichés políticos y la personalidad belicosa de la primer potencia mundial también existían entonces y mucho antes, pero los que cambiaron –o quizás no cambiaron tanto y sólo se dejaron entrever más fácilmente– son los mecanismos de control para la instauración y conservación de un determinado tipo de poder. Cuando se vio por YouTube que el héroe degradaba, torturaba y mataba en pos de su “seguridad nacional”, esa vieja doctrina hoy autoajustada a promesas electorales que destilan el conservadurismo más corrosivo, la gente comenzó a interpelarse, a volver sobre sus pasos intentando en ese movimiento desdeñar el rumbo tomado nueve años atrás.

Mis sueños febriles de la adolescencia, que tenían como protagonista a aquel país, se terminaron cuando leí Las venas abiertas de América Latina. Ese ensayo maravilloso de Galeano –maravilloso por lo revelador  y liberador que resultaba su lectura porque en realidad lo que se narraba era una historia de sufrimiento e injusticia padecida por nuestro continente desde su nacimiento hasta estos días, lejos de las épicas colonizadoras para colorear, recortar y pegar de Anteojito– no me despertó ese nacionalismo embrutecido que vocifera contra todo lo extranjero, sí me acercó más a esta tierra y a su eterna coyuntura porque me pasó herramientas valiosísimas para conocer, analizar y comprender nuestro origen, nuestro pasado, y para comprobar que lo que se está dando hoy son profundos cambios simbólicos. Si no se da eso primero, si no se rompe el marco que encuadra la reflexión, el pensamiento sobre ciertos temas que parecen pasarnos por al lado, un ejemplo: penetrar en el plano simbólico de la ley de movilidad jubilatoria implica por fin empezar a desestructurar los discursos circulantes, instalados por las sociedades globalizadas,  que indican que la madurez está devaluada difícilmente pueda hablarse de un cambio en su forma más genuina, más honesta.

Estados Unidos también tendrá que hacer lugar a un pasaje de lo simbólico a lo concreto. La crisis financiera apretará los bolsillos de muchos y posiblemente asfixiará, como les pasó a otros tantos argentinos, su condición de clase. Expertos en el arte de la sublimación de ideales e intereses colectivos, están a punto de alcanzar un límite que paradójicamente se prevé indispensable. En un  territorio donde todo parece “economizable”, desde la tolerancia al otro pasando por el ruido ante la violencia consumible como entretenimiento hogareño y la propia libido, cruzarlo no debería ser una misión imposible.

Cada vez que una nueva tendencia asoma la cabeza ahí estarán los medios de comunicación para cortársela; para bañarlos con el brillo y la irradiación de sus pantallas y coronarlos con el premio de la espectacularización, que transforma todo lo que toca; lo embellece prestándole una apariencia lujosa e inalcanzable, con el fin de terminar volviéndolo inútil; después de todo ese es el destino final de todo lujo.

Hay un motivo que parece simple pero tiene más de una cara: la gente parece tranquilizarse, respira aliviada cuando aquello que comienza a circular con frecuencia y que extraña su mirada porque no ha sido conceptualizado, de golpe adquiere un nombre: la gente agradece que se les informe sobre el nuevo fenómeno social que representan los floggers y los emos. Claro que de inmediato los medios levantarán estadísticas que hablarán sobre las tasas de suicido, el consumo de alcohol y drogas, los trastornos alimenticios y los problemas que acechan a quienes se expongan en la web. Es el otro costado de ese motivo; ya se dijo: naturalizar, dar por sobreentendido, absorber todo vestigio político, que es a lo que la moral burguesa inquieta e incomoda. ¡No se dejen usar! Algo así exclamó Mario Pergolini a los floggers y emos con mayor alcance mediático desde su programa, CQC. Él, que parece incapaz de sostener nada que no sea lo políticamente incorrecto, acertó con ese pedido.

Tengo veintitrés años y vengo de una generación que podría ser definida como el fiambre del sándwich; es decir una que no creció radicalizada en lo tecnológico –tuve mi primera PC a los diecisiete años– ni tampoco en lo ideológico, pero que por estar en el medio pudimos empaparnos mejor de un lado y del otro con los distintos aderezos. Es todo un logro adaptarse a nuevos paradigmas sin incurrir en la percepción de que te estás vendiendo; a mí me pasó.

Yo siempre me sentí como un personaje de una película de Tim Burton. Desde muy chico mantuve pautas ideológicas bastante claras que siempre me alejaron, me acercaron o me trajeron conflictos con otros. Hasta mis padres pensaban que yo era “raro” por no querer salir a festejar el día de la primavera. Pero como en las películas de Burton donde los protagonistas –siempre excéntricos, poco usuales– son escupidos del sistema por no desistir de conservar lo que los hace ellos mismos, su identidad, terminan organizándose y forjando su propio grupo de pertenencia, su propia idea de familia que simboliza la revancha contra el sentido común. Es el fuck you que se le hace con el dedo para que se espabile y caiga en la cuenta de que existen otras formas además de la oficialmente permitida. Si hay algo que amo de ese director de cine es ese elemento subversivo.

La posmodernidad quizás también haya contribuido a contornear las formas a las que se llega y se vive la adolescencia y a estirar la brecha entre las generaciones más recientes: o nacés y para los tres años ya aprendiste a manejar el mouse, o nacés sin la oportunidad de una educación a futuro, o te educan pero no se te prende nada a la cabeza porque no podés pensar otra cosa que no sea en cuando vas a volver a comer.

Bajo este clima denso, de mal e injusta distribución de oportunidades, brotan entonces Los floggers y los emos de los que se viene hablando mucho pero cuyo discurso hegemónico llega hasta ahí. Es curioso que quienes se refieren a ellos como pibes tarados que tienen medio cerebro funcionando y que sólo andan en la caza de una estética original sean también pibes; quiero decir, parte de la critica más dura proviene de jóvenes de su misma edad. A mi entender, ellos han exteriorizado algo muy arraigado en la adolescencia y que tiene que ver con su etapa más jodida; la que queda excluida de los festejos del 21 de Septiembre, una fecha que revienta de estereotipos coloridos. La sensación de estancamiento, de no saber como seguir fluyendo y la incertidumbre sobre cual debe ser el paso a seguir, es una idea opresora que viene de afuera y que nos invadió a todos alguna vez en nuestra vida. Antes algo tan típico de esa edad hoy se encuentra asentada como uno de los grandes malestares de la época. Tanto emos como floggers, volcados a las pantallas de TV y de las PC para la construcción de sus propias subjetividades, han logrado armar con sus puntos de encuentro otro tipo de exposición. No sé si saludable o no, pero necesaria porque creo que la juventud vive guardada tanto física como emocionalmente.

Lo que puede leerse en estos chicos y chicas que se peinan, se maquillan y exhiben un desprejuicio que es total e envidiable, es en definitiva la búsqueda de una brújula. Representan, a contramano de la imagen condescendiente del deprimido que no entiende que pasa y llora antes de dormir, pura posibilidad de cambio y libertad. Es a partir de un clic interno, de estar atento a lo que pasa dentro y fuera de cada uno, que se abren los caminos y los corazones. A simple vista ellos no pasen de ser una versión ligth o artificial, un cover de la canción que catapultó a la fama a Nirvana. La melodía esta vez puede sonar monocorde, enlatada, un ringtone pegajoso; y el pogo puede que haya sido reemplazado por una coreografía complicadísima. Pero la insatisfacción, las inseguridades, los miedos, los anhelos, los sueños, la rebeldía y las ganas de hacer cosas con todo eso son las mismas que compartieron y comparten otros jóvenes que, como yo, resisten a conformarse con una visión acabada del mundo. Reivindicarlos, –ahora que está tan de moda el darles con un caño– es reivindicar al adolescente que late en nosotros. Aquel al que le soltamos la mano para dejarlo ir y así guardar lo mejor de él.

La noticia más relevante de la semana en la ciudad parece haber sido “la gran movida en el río contra el humo”. El diario La Capital, con sus sucesivas tapas y robustos informes al respecto, así lo demostraba. La del último domingo desencajó algo que yo venía viendo pero no terminaba de confirmar. Al titulo en negritas, que demarcaba el centro de la página, lo acompañaba una foto que mostraba un río Paraná salpicado no sólo por el reflejo de un sol intenso sino también por una caravana de yates, barcos y lanchas que resplandecían más que las propias aguas que los contenían. La postal continuaba páginas adentro, en un par de fotos donde se podía ver al intendente Lifshitz sonriendo para las cámaras en una; y en la otra a un grupo de mujeres y hombres tomando sol, que aprovecharon el calor para sacar de los roperos y cajones aquellas bikinis y bermudas que ahora asfixian los cuerpos sobrecargados durante el invierno.

La consigna fue clara: “¡basta de humo!”, “No a la quema” rezaban algunos de los carteles atados a las estructuras que soportan los techos de las embarcaciones. Y aún así esas fotos, ese artículo que hablaba de entusiasmo, de aplausos, de banderas, de sirenas y silbatos volvían a zumbar en mi cabeza como ecos de actitudes, de cuestiones demasiado pronunciadas por sobre otras casi mudas; y que, como siempre, terminan importando y entreteniendo a un tipo especifico de gente. Por acá se la vio seguido, golpeando cacerolas y llenando el Monumento el 25 de Mayo.

No me interesa meterme con el humo y las marchas que produjo en distintas zonas de Rosario. Eso no es un problema. Toda ruptura de lo cotidiano estimula una reacción; fue lo que consiguió el humo: que los ciudadanos salieran a la calle a protestar. La queja, una palabra que a muchos le produce escozor, a mi entender representa la imagen de personas organizándose para luchar por lo que cree justo y por una resolución que traerá beneficios para todos por igual. Pero esa palabra pronunciada por determinadas bocas adquiere un doble filo, se transforma en un arma usada para defender a veces lo indefendible. La derecha se escuda en la queja para chicanear, para que el ejercicio de la argumentación –que le resulta uno muy agotador– le rebote y la libere de dar explicaciones. La derecha se apodera de la queja para convertirla en un acto despolitizado, y cuando es conveniente se despoja de ella para atribuírsela a la izquierda.

Internándome aun más en el diario, específicamente en la sección de correo de lectores, me crucé con una denuncia que me puso de mal humor. En ella, una señora que habla en representación de un grupo de vecinos autoconvocados –un latiguillo repetido hasta el hartazgo por los medios y apropiado por los apolíticos para separarse de quienes supuestamente para ellos no tienen el derecho ni la libertad de elegir; digo, hay que proclamarse autoconvocado porque no serlo al no hacerlo puede dar lugar, parece, a malas palabras e intenciones– aprovecha para felicitar a quien redactó la nota “El fuego de las islas también ahoga a los bares de la costa rosarina”, critica al gobierno nacional y provincial, se solidariza con los afectados: “sauces, espinillos, ceibos, carpinchos, nutrias, cardenillas, patos, federales…”, y termina alertando a las autoridades sobre las “parrillas que contaminan día y noche con sus humos “aromatizados” con grasa de cordero, res, chivito, chinchulines, chorizos…”. Haber encadenado en un mismo párrafo a los autoconvocados con los peligros del olor a grasa fue un golazo de su inconsciente; producto, imagino, de haber comprado el discurso empaquetado de la tele, la radio, los diarios, etc. El que circula sobre los que, en definitiva, adhieren a las ideas del gobierno y manifiestan el apoyo con su presencia en los actos, por ejemplo.

Como en la novela de Stephen King La niebla, donde el fenómeno climático actúa como una cortina que se corre para exponer los conflictos de clase y religión, el humo construyó aquí su propio relato tóxico. Uno que invisibiliza entre los gases a aquellos cuyas principales necesidades básicas insatisfechas obligan a empujar a la fuerza el tópico “humo” al fondo de la lista o a la punta de la pirámide según como se mire.

Esto que escribo no es un ataque a la pobre señora y sus vecinos de la costa rosarina, es sí una anécdota chiquita que va tejiendo y destejiendo el pensamiento de muchos vecinos que viven en barrio Martin, en Fisherton o en edificios ubicados en la peatonal. Un pensamiento que destraba tanto la idea de haber perdido la chispa, las ganas de reunión y festejo que invita todo asado medio jugoso o seco como la tenencia de una visión estrábica, donde no existen casas de cartón, chapa o madera propensas a ser devoradas por el fuego, arrancadas por el viento o aplastadas por la lluvia.