No recuerdo con exactitud el momento en que la cortina del baño de mi casa dejó de ser “la cortina del baño de mi casa”. Antes vale una aclaración: la de reconocer que nunca me consideré una persona curiosa ante el despliegue ontológico que envuelve nuestra cotidianeidad. Es decir, casi nunca se me dio por preguntarme el porque de las cosas. Tampoco se me ocurrió pensar que justamente eso que tenemos en frente nuestro, que miramos pero no vemos, podría ponerse a hablar no sólo de nosotros, también del mundo. Hasta que llegó Roland Barthes con su lupa y me enamoré. Bah, me obsesioné, porque ahora voy por ahí tratando de percibir señales, signos que revientan de significaciones. Como un perro sabueso con el hocico pegado al suelo olfatea el rastro estampado por su próxima presa, busco y no paro hasta atraparlas. Y cuando lo hago. Cuando encuentro aquello que subyuga mi mirada hasta extrañarla por completo, intento penetrar ahí, en la grieta. En lo entreabierto. En lo que no se dice, pero se deja suponer. Va a sonar re cursi y muy snob, pero leer a Barthes colabora en la transformación de la actitud que se tiene hacia la vida. Es un antes y un después.

Retomo. Pronto me percaté que esa cortina pálida y delgada emplazada en el fondo de la habitación, y que cuelga suspendida gracias a los aros de plástico enlazados a la barra de metal encastrada en la pared recubierta de azulejos, parecía flotar desafiante; invitándome a actuar sobre ella. A correrla y descubrir que hay detrás. A desmontarla, semiológicamente hablando, claro.

Desconozco a un nivel teórico su historia, pero creo poder imaginarme el contexto político en el que surgieron: lejos los siglos en que los baños públicos romanos eran considerados impúdicos por la iglesia y ya con la revolución industrial instalada y operando en silencio sobre los cuerpos y las mentes de los sujetos de la época, el acto de bañarse fue despojado de todo indicio de placer para ser revestido de una mecanicidad que pretextaba a los gritos una necesidad fisiológica básica. Esta nueva construcción era resultado de las marcadas diferencias de clase y su injusta distribución del tiempo. El proletariado, subordinado al taylorismo, cronometraba cada movimiento sincronizado como si se tratase de una coreografía ejecutada por las demandas del capitalismo; mientras la burguesía ponía el cerebro en remojo durante largos baños de inmersión.

¿Y qué las hace tan necesarias en la actualidad? Es una necesidad que excluye clases sociales, aunque las más altas determinen e impongan su evolución estética y hoy sea común ver esos paneles o láminas semiopacas, productoras de imágenes desenfocadas, que aparecen como versión actualizada de la antigua cortina y argumentos convencionales ya que, de hecho, su mitología se balancea entre dos motivos contradictorios. Uno lógico, que supone una cierta practicidad y utilidad que consisten en evitar que el agua expulsada por el grifo se desparrame más allá; y en el otro extremo, una urgencia interior vinculada a un sentimiento: el pudor. Cualquiera que no viva solo sabe de lo que hablo. La cortina nos protege del núcleo familiar. Diría más: nos resguarda de lo familiar, ya que es uno de los pocos lugares donde uno puede actuar de manera distinta a la que supone y en ocasiones condiciona el mismo entorno hogareño.

No sé ustedes pero en mi caso particular esa cortina representa la línea fronteriza que divide y simultáneamente aglutina diversos estadios personales. Una vez “adentro”, porque la cortina extendida sugiere la percepción de un nuevo espacio, uno reducido, casi como el de un confesionario pero a la inversa porque acá no hay nadie sermoneándonos por tener una autonomía moral dilatada, se acompaña al aseo de la mano de ciertos ritos escurridizos por lo frágil de su fragmentación temporal. Uno ahí puede bailar, cantar, monologar, llorar, masturbarse, etc. A cada uno de estos signos se les confiere una idea de poder que deviene de un desahogo. Un control parpadeante pero intenso que muchas personas no son capaces, o creen no ser capaces de lograr manejar afuera. Porque si hay algo que no queremos eso es el poder. No sabemos muy bien que hacer con el; vivimos pasándoselo al de al lado, como una pelota en un juego en el que no recordamos haber aceptado participar. Es algo que veo a diario, sobretodo en mí y las personas que me rodean. La cortina, sumada a los elementos que conforman el aseo el jabón, el champú, las cremas y que son dignos de ser analizados por separado, nos convierte en superhombres y supermujeres aunque sea por un rato.

Hoy, con las nociones de lo público y lo privado en un apareamiento perpetuo, es común que nos llevemos puesta la cortina al salir de casa, como un accesorio más que llevamos adherido a nuestras subjetividades posmodernas. Cualquier mecanismo que denote la imagen mental de algo que se corre con el objetivo de cubrir otro algo, cumple su cometido. Ya sea un sistema de cortinas, de persianas, de portones, todos sugieren con menor o mayor carga enfática aquello que está tan a la vista pero de lo que no se habla. El ideal de ser alguien que no se es frente a una persona puede resultar estimulante. Uno de los motivos por el que incluimos más gente a nuestra vida es el de permanecer en un estado de cambio constante; eso es lo que se persigue. El cambio, lo nuevo, lo mutable, lo espectacular nos catapulta lejos de la consistencia densa y aburrida donde, a contramano de lo que dice el sentido común, todo puede pasar.

Pero la metáfora de la cortina cuaja también con miles de formas posibles de relacionarse con otros en tiempos en los que es indispensable pactar con la locura un cierto grado de ella misma para seguir conservando el eje al que nos aferramos. La cortina emocional nos habilita por ejemplo, en un arranque de calentura, a disfrutar una noche de sexo casual con alguien desconocido. No digo que esto sea una locura, al contrario. Con esa palabra intento referirme a todo aquello que indique un quiebre en el pensamiento masivo, que suele estar cargado de pautas morales heredadas, y que a veces se vuelven inflexibles y anacrónicas.

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