Archivos mensuales: Septiembre 2008

Si hay algo que aprendo de observar, escuchar o leer a la oposición del gobierno es a decodificar ciertos discursos. A afinar la mirada para capturar, como una instantánea, el momento exacto en que dejan caer la lógica para darle al botón de play. El que reproduce el casete con el hit de la semana, que tiene como interprete al sentido común y como objetivo pegarse, cual chicle, en miles de mentes que tararean todo el día una melodía cuyo mensaje no terminan de captar.

Es curioso lo que despierta este gobierno en la gente que se considera opositora. Consiguió que hasta los sujetos que conciben a la política como algo de otro planeta, se arrebataran ante su “soberbia” y su “autoritarismo”. La derecha nunca estuvo más orgullosa de ser derecha; algo insólito por cierto ya que siempre se caracterizó por mezclar inconsciencia e ingenuidad en lo que respecta a su condición. Pero parece que las cosas cambiaron y ahora están por todas partes a los gritos o exagerando los gestos como un mimo borracho para hacerse entender y hacernos saber que están ahí, que siempre estuvieron. Desde ese lugar fue posible por ejemplo, que frases que exclaman que de la crisis se sale con “el campo” remataran los monólogos de los taxistas y se leyeran hasta en los nicks que acompañan los nombres de contactos en el MSN.

El viernes por la noche en el cine, mientras aguardaba con un amigo en la cola para poder sacar las entradas, sufrimos con una pareja que esperaba a otra. Apenas rozaban los treinta. Él, que era altísimo, no dejaba de tocarse el pelo castaño. Tenía gel desparramado en el flequillo para mantenerlo levantado, suspendido y torcido hacia atrás, como la forma que adquieren las cerdas de un cepillo de dientes muy usado. Porque no eran los típicos pirinchitos metrosexuales, había una desproporción proporcionada por el largo del flequillo contra el resto de la cabellera, que era corta. Ella no paraba de abrazarlo y besarlo con una boca grande que brillaba tanto por su blancura como por los frenillos que llevaba encastrados a una sonrisa perfecta, de afiche promocional de detergente multiuso.

El problema llegó con la otra pareja mucho mayor, que resultó funcional a la chispa que enciende la mecha para producir la explosión. Se disculparon por llegar sobre la hora; que antes de salir se habían enganchado a TN con la manifestación que organizó la comunidad boliviana para expresar su apoyo al Presidente Evo morales, que enfrentaba en su país un nuevo intento de golpe de estado. Que no podían entender como el gobierno argentino podía hacer la vista gorda al caos que generaba en el transito de la ciudad toda esa masa de gente apretujada con carteles y banderas. La chica de los frenillos implosionó. Con un tono de voz que sobrepasaba la media pedía, no sé exactamente a quién que los bolitas se volvieran a su país. Que ella no los aguanta; que una vez un bolita entró prepotente al negocio de ropa donde trabajaba a exigirle no sé que cosa y se puso re nerviosa y amagó con llamar a la policía. Su novio, el del flequillo-escobillón, aportó con lo que le dice siempre su viejo: que esto pasa por seguir bancando a la cultura del vivir sin laburar, y que hasta que no se vaya esta mina esto va a seguir pasando.

Con mi ceja descontrolada mordisqueaba la capucha de mi campera mientras mi amigo me miraba sin saber muy bien que hacer. Nos salíamos de la fila para volver a hacerla ya lejos de esos dos idiotas o nos enfrentábamos a las arengas y a las trompadas seguramente, porque yo que soy introvertido de naturaleza tengo un trecho que caminar para llegar a mi umbral de tolerancia; mi amigo no. Para evitar que se sacara más y se fuera a las manos con los maridos opté por la primera opción.

Lo que genera “esta mina” en muchos es justamente eso. Una verborrea incontrolable, un vómito translucido de rabia incontenible que una vez arrojado refleja lo peor de la condición humana. El vértigo que me sacudía, parado a medio metro de estas personas que, amparadas bajo la ciega convicción  en la inoperancia  de un gobierno desplegaban el más escalofriante odio racial, me succionó a épocas de colegio primario cuando solía ser el blanco de esa crueldad que parece tan lógica y justificable cuando todavía no se ha madurado. ¿Qué hay con el distinto, con el diferente, o mejor dicho con nuestro igual? ¿Por medio de que mecanismos herrumbrados se reducen unos a ombligo del mundo y a otros un enemigo, una amenaza? ¿Qué es lo que hay detrás de ese desprecio, de ese asco que se siente por la diversidad? Son preguntas que me vengo haciendo casi desde tiempos prepúberes; una etapa que si bien la disfrute, la viví, también la padecí horrores por lo que ahora significa para mí haber perdido tiempo valioso tratando de encajar, intentando ser lo que los demás consideraban admisible.

La nota de color con tinte irónico recae en la película que ellos y nosotros estábamos por ver. La mujer sin cabeza, el último film de la directora Lucrecia Martel, logró retratar gracias a la riqueza de su subtexto político, ese universo entre abúlico y perverso que reflota cada tanto sobre las capas medias y altas de la sociedad argentina. Salí de la sala deprimido y pensando en muchas cosas. En la exaltación de la pareja joven y la pareja vieja, en la protagonista de la película y su visión distorsionada y en la certeza de que la verdadera gente de mierda es la que no tiene corazón, no cabeza.

No recuerdo con exactitud el momento en que la cortina del baño de mi casa dejó de ser “la cortina del baño de mi casa”. Antes vale una aclaración: la de reconocer que nunca me consideré una persona curiosa ante el despliegue ontológico que envuelve nuestra cotidianeidad. Es decir, casi nunca se me dio por preguntarme el porque de las cosas. Tampoco se me ocurrió pensar que justamente eso que tenemos en frente nuestro, que miramos pero no vemos, podría ponerse a hablar no sólo de nosotros, también del mundo. Hasta que llegó Roland Barthes con su lupa y me enamoré. Bah, me obsesioné, porque ahora voy por ahí tratando de percibir señales, signos que revientan de significaciones. Como un perro sabueso con el hocico pegado al suelo olfatea el rastro estampado por su próxima presa, busco y no paro hasta atraparlas. Y cuando lo hago. Cuando encuentro aquello que subyuga mi mirada hasta extrañarla por completo, intento penetrar ahí, en la grieta. En lo entreabierto. En lo que no se dice, pero se deja suponer. Va a sonar re cursi y muy snob, pero leer a Barthes colabora en la transformación de la actitud que se tiene hacia la vida. Es un antes y un después.

Retomo. Pronto me percaté que esa cortina pálida y delgada emplazada en el fondo de la habitación, y que cuelga suspendida gracias a los aros de plástico enlazados a la barra de metal encastrada en la pared recubierta de azulejos, parecía flotar desafiante; invitándome a actuar sobre ella. A correrla y descubrir que hay detrás. A desmontarla, semiológicamente hablando, claro.

Desconozco a un nivel teórico su historia, pero creo poder imaginarme el contexto político en el que surgieron: lejos los siglos en que los baños públicos romanos eran considerados impúdicos por la iglesia y ya con la revolución industrial instalada y operando en silencio sobre los cuerpos y las mentes de los sujetos de la época, el acto de bañarse fue despojado de todo indicio de placer para ser revestido de una mecanicidad que pretextaba a los gritos una necesidad fisiológica básica. Esta nueva construcción era resultado de las marcadas diferencias de clase y su injusta distribución del tiempo. El proletariado, subordinado al taylorismo, cronometraba cada movimiento sincronizado como si se tratase de una coreografía ejecutada por las demandas del capitalismo; mientras la burguesía ponía el cerebro en remojo durante largos baños de inmersión.

¿Y qué las hace tan necesarias en la actualidad? Es una necesidad que excluye clases sociales, aunque las más altas determinen e impongan su evolución estética y hoy sea común ver esos paneles o láminas semiopacas, productoras de imágenes desenfocadas, que aparecen como versión actualizada de la antigua cortina y argumentos convencionales ya que, de hecho, su mitología se balancea entre dos motivos contradictorios. Uno lógico, que supone una cierta practicidad y utilidad que consisten en evitar que el agua expulsada por el grifo se desparrame más allá; y en el otro extremo, una urgencia interior vinculada a un sentimiento: el pudor. Cualquiera que no viva solo sabe de lo que hablo. La cortina nos protege del núcleo familiar. Diría más: nos resguarda de lo familiar, ya que es uno de los pocos lugares donde uno puede actuar de manera distinta a la que supone y en ocasiones condiciona el mismo entorno hogareño.

No sé ustedes pero en mi caso particular esa cortina representa la línea fronteriza que divide y simultáneamente aglutina diversos estadios personales. Una vez “adentro”, porque la cortina extendida sugiere la percepción de un nuevo espacio, uno reducido, casi como el de un confesionario pero a la inversa porque acá no hay nadie sermoneándonos por tener una autonomía moral dilatada, se acompaña al aseo de la mano de ciertos ritos escurridizos por lo frágil de su fragmentación temporal. Uno ahí puede bailar, cantar, monologar, llorar, masturbarse, etc. A cada uno de estos signos se les confiere una idea de poder que deviene de un desahogo. Un control parpadeante pero intenso que muchas personas no son capaces, o creen no ser capaces de lograr manejar afuera. Porque si hay algo que no queremos eso es el poder. No sabemos muy bien que hacer con el; vivimos pasándoselo al de al lado, como una pelota en un juego en el que no recordamos haber aceptado participar. Es algo que veo a diario, sobretodo en mí y las personas que me rodean. La cortina, sumada a los elementos que conforman el aseo el jabón, el champú, las cremas y que son dignos de ser analizados por separado, nos convierte en superhombres y supermujeres aunque sea por un rato.

Hoy, con las nociones de lo público y lo privado en un apareamiento perpetuo, es común que nos llevemos puesta la cortina al salir de casa, como un accesorio más que llevamos adherido a nuestras subjetividades posmodernas. Cualquier mecanismo que denote la imagen mental de algo que se corre con el objetivo de cubrir otro algo, cumple su cometido. Ya sea un sistema de cortinas, de persianas, de portones, todos sugieren con menor o mayor carga enfática aquello que está tan a la vista pero de lo que no se habla. El ideal de ser alguien que no se es frente a una persona puede resultar estimulante. Uno de los motivos por el que incluimos más gente a nuestra vida es el de permanecer en un estado de cambio constante; eso es lo que se persigue. El cambio, lo nuevo, lo mutable, lo espectacular nos catapulta lejos de la consistencia densa y aburrida donde, a contramano de lo que dice el sentido común, todo puede pasar.

Pero la metáfora de la cortina cuaja también con miles de formas posibles de relacionarse con otros en tiempos en los que es indispensable pactar con la locura un cierto grado de ella misma para seguir conservando el eje al que nos aferramos. La cortina emocional nos habilita por ejemplo, en un arranque de calentura, a disfrutar una noche de sexo casual con alguien desconocido. No digo que esto sea una locura, al contrario. Con esa palabra intento referirme a todo aquello que indique un quiebre en el pensamiento masivo, que suele estar cargado de pautas morales heredadas, y que a veces se vuelven inflexibles y anacrónicas.