Si hay algo que aprendo de observar, escuchar o leer a la oposición del gobierno es a decodificar ciertos discursos. A afinar la mirada para capturar, como una instantánea, el momento exacto en que dejan caer la lógica para darle al botón de play. El que reproduce el casete con el hit de la semana, que tiene como interprete al sentido común y como objetivo pegarse, cual chicle, en miles de mentes que tararean todo el día una melodía cuyo mensaje no terminan de captar.
Es curioso lo que despierta este gobierno en la gente que se considera opositora. Consiguió que hasta los sujetos que conciben a la política como algo de otro planeta, se arrebataran ante su “soberbia” y su “autoritarismo”. La derecha nunca estuvo más orgullosa de ser derecha; algo insólito por cierto ya que siempre se caracterizó por mezclar inconsciencia e ingenuidad en lo que respecta a su condición. Pero parece que las cosas cambiaron y ahora están por todas partes a los gritos o exagerando los gestos como un mimo borracho para hacerse entender y hacernos saber que están ahí, que siempre estuvieron. Desde ese lugar fue posible por ejemplo, que frases que exclaman que de la crisis se sale con “el campo” remataran los monólogos de los taxistas y se leyeran hasta en los nicks que acompañan los nombres de contactos en el MSN.
El viernes por la noche en el cine, mientras aguardaba con un amigo en la cola para poder sacar las entradas, sufrimos con una pareja que esperaba a otra. Apenas rozaban los treinta. Él, que era altísimo, no dejaba de tocarse el pelo castaño. Tenía gel desparramado en el flequillo para mantenerlo levantado, suspendido y torcido hacia atrás, como la forma que adquieren las cerdas de un cepillo de dientes muy usado. Porque no eran los típicos pirinchitos metrosexuales, había una desproporción proporcionada por el largo del flequillo contra el resto de la cabellera, que era corta. Ella no paraba de abrazarlo y besarlo con una boca grande que brillaba tanto por su blancura como por los frenillos que llevaba encastrados a una sonrisa perfecta, de afiche promocional de detergente multiuso.
El problema llegó con la otra pareja mucho mayor, que resultó funcional a la chispa que enciende la mecha para producir la explosión. Se disculparon por llegar sobre la hora; que antes de salir se habían enganchado a TN con la manifestación que organizó la comunidad boliviana para expresar su apoyo al Presidente Evo morales, que enfrentaba en su país un nuevo intento de golpe de estado. Que no podían entender como el gobierno argentino podía hacer la vista gorda al caos que generaba en el transito de la ciudad toda esa masa de gente apretujada con carteles y banderas. La chica de los frenillos implosionó. Con un tono de voz que sobrepasaba la media pedía, –no sé exactamente a quién– que los bolitas se volvieran a su país. Que ella no los aguanta; que una vez un bolita entró prepotente al negocio de ropa donde trabajaba a exigirle no sé que cosa y se puso re nerviosa y amagó con llamar a la policía. Su novio, el del flequillo-escobillón, aportó con lo que le dice siempre su viejo: que esto pasa por seguir bancando a la cultura del vivir sin laburar, y que hasta que no se vaya esta mina esto va a seguir pasando.
Con mi ceja descontrolada mordisqueaba la capucha de mi campera mientras mi amigo me miraba sin saber muy bien que hacer. Nos salíamos de la fila para volver a hacerla ya lejos de esos dos idiotas o nos enfrentábamos a las arengas y a las trompadas seguramente, porque yo que soy introvertido de naturaleza tengo un trecho que caminar para llegar a mi umbral de tolerancia; mi amigo no. Para evitar que se sacara más y se fuera a las manos con los maridos opté por la primera opción.
Lo que genera “esta mina” en muchos es justamente eso. Una verborrea incontrolable, un vómito translucido de rabia incontenible que una vez arrojado refleja lo peor de la condición humana. El vértigo que me sacudía, parado a medio metro de estas personas que, amparadas bajo la ciega convicción en la inoperancia de un gobierno desplegaban el más escalofriante odio racial, me succionó a épocas de colegio primario cuando solía ser el blanco de esa crueldad que parece tan lógica y justificable cuando todavía no se ha madurado. ¿Qué hay con el distinto, con el diferente, o mejor dicho con nuestro igual? ¿Por medio de que mecanismos herrumbrados se reducen unos a ombligo del mundo y a otros un enemigo, una amenaza? ¿Qué es lo que hay detrás de ese desprecio, de ese asco que se siente por la diversidad? Son preguntas que me vengo haciendo casi desde tiempos prepúberes; una etapa que si bien la disfrute, la viví, también la padecí horrores por lo que ahora significa para mí haber perdido tiempo valioso tratando de encajar, intentando ser lo que los demás consideraban admisible.
La nota de color con tinte irónico recae en la película que ellos y nosotros estábamos por ver. La mujer sin cabeza, el último film de la directora Lucrecia Martel, logró retratar gracias a la riqueza de su subtexto político, ese universo entre abúlico y perverso que reflota cada tanto sobre las capas medias y altas de la sociedad argentina. Salí de la sala deprimido y pensando en muchas cosas. En la exaltación de la pareja joven y la pareja vieja, en la protagonista de la película y su visión distorsionada y en la certeza de que la verdadera gente de mierda es la que no tiene corazón, no cabeza.
