La pifié mal. Creía que a lo mejor el espíritu olímpico que poseyó a tantos estos días, nos iba a salvar de tener que escuchar o leer cosas como estas: “Soy católica y, así como el Papa perdonó a ese turco que intentó asesinarlo, habría que dejar libre a Antonio Bussi. Está viejo y enfermo, una condena no sirve de nada. La ley debe apuntar al perdón.” Opinaba un dinosaurio de veintiún años.
Porque es así, ahora que todos se calzaron la camiseta simbólica de argentina para hablar de lo sucios que son los chinos, -¿o eran los japoneses? “Son todos iguales” se suele rematar ante similares interrogantes- los que dejamos el cerebro en el país, porque ni los juegos ni el cambio de horario nos desvela, rogamos que el ánimo que aprendimos a arrullar, no si antes haberlo enrollado con alambre, no se desbarate y se nos abra en cuatro. Yo desde que lo descubrí, hace unos seis meses, no lo puedo evitar. Ante cualquier comentario que delata la ausencia de dos dedos de frente, el extremo de mi ceja izquierda se arquea y se levanta, mínimo un centímetro en relación a la otra, que permanece impávida. Ese irse hacia arriba produce, como una palanca, que se active dentro mío un motor que impulsa infinidad de pensamientos que trato de ordenar para volcar acá; pero se hace difícil.
Para colmo lo escucho a De Angeli, desde Gualeguaychú, decir en TN que ahora “el campo”, libre de la resolución 125, está peor que en Marzo. Y más tarde veo a Buzzi en el mismo canal asegurando que el tractorazo de Villa Constitución es una advertencia. ¡Guau, y después hablan de soberbia!
Por suerte me alegró lo que quedaba de la tarde una especie de epifanía que tuve leyendo un post que el escritor Marcelo Figueras subió a su blog literario. Me ayudó para amontonar algunas ideas que estaban dispersas. Él se refería a como “cualquier estímulo reprisado hasta el hartazgo puede convertirse en tortura”. El disparador, dice, fue haber leído un artículo del diario El País sobre los nuevos métodos de tortura que aplican los militares de Guantánamo para atormentar a sus prisioneros: repeticiones inagotables de un mismo tema musical. Escribí la palabra “nuevos” pero de novedosos estos mecanismos no tienen nada. El maltrato de los militares norteamericanos para con los presos en las cárceles funciona aquí como una metáfora torcida de la sociedad de consumo en la que estamos insertos. Una de las herramientas que usan los mercadólogos para construir aquello que desde hace dos siglos se conoce como marketing, consiste justamente en la creación de necesidades que hasta antes de ser penetrados subjetivamente por los bombardeos de la publicidad no éramos conscientes de necesitar.
Irremediablemente conecté con los medios de comunicación, -que recientemente nos sometieron a una sobrecarga de eufemismos, medias verdades y mentiras completas- y disculpen, pero si insisto (ya me pidieron que deje de romper más de una vez) es porque estoy plenamente convencido de aquello que el periodista estadounidense Edward R. Murrow, interpretado por el actor David Srathairn en la película de George Clooney Buenas noches y buena suerte, sostenía en el discurso con el que abre el film. “Al menos que reconozcamos que la televisión es usada para distraer, engañar, divertir y aislarnos; entonces la televisión y aquellos que la financian, aquellos que la miran, y aquellos que trabajan en ella podrían ver después un panorama totalmente diferente.” Esas palabras resuenan más por lo que está implícito.
El que todavía piensa que la función de los medios de comunicación es informar, lamento decirle que se quedó colgado. Esa teoría, que es viejísima, la del periodismo como espejo de la sociedad o la actividad periodística como reflejo del acontecer social, ha sido reemplazada por la corriente de la fabricación de la información y de noticias. Pedir entonces que la información sea pura, neutra, objetiva, es pedirle peras al olmo; más frase hecha que esa no se me ocurre. Y sin embargo, en la etapa más virulenta del conflicto entre el gobierno y el sector agropecuario, los medios volvieron a enmascararse en la objetividad con el fin de ocultar y negar su rol como actores políticos y sociales dentro de la nación toda. Porque asumir ese rol implicaría colocarse ya en otro lugar, uno demasiado incómodo para ellos por la libertad que significaría tener el derecho de decir pero también que se les diga; que se los interpele sobre la forma en que las noticias y la información son modeladas. Esa reciprocidad es la que tratarán de evitar como sea, no sólo con el fin de defender sus intereses económicos, sino para continuar regando el objetivo raíz que permita que lo anterior suceda: para instalar y ejercer cualquier tipo de poder es necesario primero disciplinar y amansar nuestras mentalidades.

