Archivos mensuales: Agosto 2008

La pifié mal. Creía que a lo mejor el espíritu olímpico que poseyó a tantos estos días, nos iba a salvar de tener que escuchar o leer cosas como estas: “Soy católica y, así como el Papa perdonó a ese turco que intentó asesinarlo, habría que dejar libre a Antonio Bussi. Está viejo y enfermo, una condena no sirve de nada. La ley debe apuntar al perdón.” Opinaba un dinosaurio de veintiún años.

Porque es así, ahora que todos se calzaron la camiseta simbólica de argentina para hablar de lo sucios que son los chinos, -¿o eran los japoneses? “Son todos iguales” se suele rematar ante similares interrogantes- los que dejamos el cerebro en el país, porque ni los juegos ni el cambio de horario nos desvela, rogamos que el ánimo que aprendimos a arrullar, no si antes haberlo enrollado con alambre, no se desbarate y se nos abra en cuatro. Yo desde que lo descubrí, hace unos seis meses, no lo puedo evitar. Ante cualquier comentario que delata la ausencia de dos dedos de frente, el extremo de mi ceja izquierda se arquea y se levanta, mínimo un centímetro en relación a la otra, que permanece impávida. Ese irse hacia arriba produce, como una palanca, que se active dentro mío un motor que impulsa infinidad de pensamientos que trato de ordenar para volcar acá; pero se hace difícil.

Para colmo lo escucho a De Angeli, desde Gualeguaychú, decir en TN que ahora “el campo”, libre de la resolución 125, está peor que en Marzo. Y más tarde veo a Buzzi en el mismo canal asegurando que el tractorazo de Villa Constitución es una advertencia. ¡Guau, y después hablan de soberbia!

Por suerte me alegró lo que quedaba de la tarde una especie de epifanía que tuve leyendo un post que el escritor Marcelo Figueras subió a su blog literario. Me ayudó para amontonar algunas ideas que estaban dispersas. Él se refería a como “cualquier estímulo reprisado hasta el hartazgo puede convertirse en tortura”. El disparador, dice, fue haber leído un artículo del diario El País sobre los nuevos métodos de tortura que aplican los militares de Guantánamo para atormentar a sus prisioneros: repeticiones inagotables de un mismo tema musical. Escribí la palabra “nuevos” pero de novedosos estos mecanismos no tienen nada. El maltrato de los militares norteamericanos para con los presos en las cárceles funciona aquí como una metáfora torcida de la sociedad de consumo en la que estamos insertos. Una de las herramientas que usan los mercadólogos para construir aquello que desde hace dos siglos se conoce como marketing, consiste justamente en la creación de necesidades que hasta antes de ser penetrados subjetivamente por los bombardeos de la publicidad no éramos conscientes de necesitar.

Irremediablemente conecté con los medios de comunicación, -que recientemente nos sometieron a una sobrecarga de eufemismos, medias verdades y mentiras completas- y disculpen, pero si insisto (ya me pidieron que deje de romper más de una vez) es porque estoy plenamente convencido de aquello que el periodista estadounidense Edward R. Murrow, interpretado por el actor David Srathairn en la película de George Clooney Buenas noches y buena suerte, sostenía en el discurso con el que abre el film. “Al menos que reconozcamos que la televisión es usada para distraer, engañar, divertir y aislarnos; entonces la televisión y aquellos que la financian, aquellos que la miran, y aquellos que trabajan en ella podrían ver después un panorama totalmente diferente.” Esas palabras resuenan más por lo que está implícito.

El que todavía piensa que la función de los medios de comunicación es informar, lamento decirle que se quedó colgado. Esa teoría, que es viejísima, la del periodismo como espejo de la sociedad o la actividad periodística como reflejo del acontecer social, ha sido reemplazada por la corriente de la fabricación de la información y de noticias. Pedir entonces que la información sea pura, neutra, objetiva, es pedirle peras al olmo; más frase hecha que esa no se me ocurre. Y sin embargo, en la etapa más virulenta del conflicto entre el gobierno y el sector agropecuario, los medios volvieron a enmascararse en la objetividad con el fin de ocultar y negar su rol como actores políticos y sociales dentro de la nación toda. Porque asumir ese rol implicaría colocarse ya en otro lugar, uno demasiado incómodo para ellos por la libertad que significaría tener el derecho de decir pero también que se les diga; que se los interpele sobre la forma en que las noticias y la información son modeladas. Esa reciprocidad es la que tratarán de evitar como sea, no sólo con el fin de defender sus intereses económicos, sino para continuar regando el objetivo raíz que permita que lo anterior suceda: para instalar y ejercer cualquier tipo de poder es necesario primero disciplinar y amansar nuestras mentalidades.

Hubo una época, que no fue la de nuestras madres pero sí la de nuestras abuelas y bisabuelas, en que la docilidad era la joya de la familia que millones de mujeres sacaban a relucir para encandilar, con su brillo resplandeciente, los rostros de sus contemporáneos en reuniones y eventos sociales. Ellas no podían pedir más, porque en teoría lo tenían todo, y lo demostraban inflando el pecho en sinónimo de orgullo y una satisfacción que gritaba que esto era lo que supieron conseguir: un marido proveedor, hijos y una casa para limpiar y convivir con el marido y los hijos. El tiempo lo muta todo, y aquello que se exponía en plena domesticidad del hogar, que era en parte el ánimo de muchas mujeres, se volvió salvaje. Se escurría y se agazapaba entre los juegos de te, las máquinas de coser y las agujas y ovillos para tejer, con el fin de sorprenderlas y hundirle los dientes en el cuello. De ese mordisco, de ese trozo arrancado quedaba al descubierto la falta que carcomía la certeza que antes habían aprendido a digerir y que ahora se desintegraba dejando un gusto amargo. El mandato, que machacaba sobre como debía ser una mujer, se erigía como un rascacielos, alcanzando alturas díscolas y tapando toda perspectiva.

En mi familia conocí mujeres, cuyas vidas estuvieron atadas a la escoba y la plancha, sentenciadas a “aguantar las cachas”. Me vino a la mente esta expresión, que recuerdo haberla leído en un artículo de la periodista Marta Dillon. “Cerrar las piernas, una forma menos poética que aquel “tú me quieres blanca”, verso de Alfonsina que graficaba que a ellas se las prefieren calladas, impolutas; en fin, pasando al ámbito político, conservadoras”.

Hoy, tanto mujeres como hombres, llevamos instalado en nuestras subjetividades el chip de la autosuficiencia. Pero mientras nosotros nos la pasamos saltando los obstáculos que prometen alejarnos de aquellas imágenes que chorrean símbolos patriarcales, ellas fueron y volvieron. Está claro: hace tiempo que nos llevan la delantera en infinidad de apartados. No soy feminista ni machista; sí me interesan las cuestiones de género porque, acopladas sobre un contexto político y sociocultural determinado, se vuelven revisables, lo que permite su actualización. También me parece necesario remarcarlas, sobre todo en una sociedad que tampoco ha querido ser equitativa con las condiciones y la remuneración del trabajo de millones de mujeres. Una joven puede postularse para un puesto de atención al público en un local ubicado en pleno centro de la ciudad y lo conseguirá. Pero el dueño y empleador, obrando desde la más irrestricta mala leche, no la reducirá especialmente a esa tarea que, al fin y al cabo, es para lo que fue “contratada”. Le ordenará además que lleve y traiga cajas insoportables, y que suba y baje una persiana tan pesada que la dejará con la espalda doblada.

A contramano de estos pequeños combates que se viven día a día, y en el que está en juego la dignidad de una persona, en estos últimos cuatro meses hemos sido testigos de actitudes que desenmascararon la misoginia más cavernícola, vomitada por las caceroleras, que han hecho gala de una falta de conciencia de género increíble. No hubo pudor ni ganas de disfrazar la doble moral. El conflicto con el sector agropecuario las sacó para sacarlas de las casas. Ahí estaban, en las calles, en las plazas, en los balcones; expuestas, perceptualmente acorazadas, avanzando transformadas en símbolo del odio visceral que irradia una clase social hacia el gobierno y sus ideas. Ensalzadas por las chicanas periodísticas, -ellas autoconvocadas; los otros llevados de los pelos, por ejemplo- ametrallaron a la Presidenta con una variedad de insultos que lograron avergonzar hasta a la propia libertad de expresión. Es que, claro, muy pocos repararon en el hecho de que se confundió alevosamente, la libertad de expresión con la libertad al agravio.

“Soberbia” fue una de las palabras que se escuchó mucho, pero no fue exclusiva de las bocas de las mujeres ni de los hombres en Argentina. Ayer, miré un documental sobre Bolivia. Sobre como, en estos últimos años, ha logrado levantarse; y sobre como ese movimiento marea, revolviéndole el estomago, a una derecha que proclama “autonomía”. Que en política, y en vista de lo ocurrido en nuestro país, equivale a la figura del “abierto”; o sea, cerrado para cualquier medida distributiva que amenace los intereses económicos de unos pocos. Ahí también se lo tildó de soberbio a Evo morales. ¿Yo me pregunto a que le llamarán soberbia? ¿A la tenacidad? ¿A la fidelidad a una idea? También confunden autoritarismo con autoridad, pero estos malentendidos no son ingenuos. Son las trampas del lenguaje de las que habla Roland Barthes. El semiólogo francés dijo que la lengua es fascista. Hay que tener valor para arrancarse las costras que producen las formas, los modos de decir que nos vienen dados desde chicos, y que se van adhiriendo sobre nuestras subjetividades, enyesándolas y encapsulando toda posibilidad de pensar. Sonará ingenuo pero yo creo, incluso, que hay un punto de contacto entre esto y el verdadero sentido de la emancipación.

Quizás la palabra hogar tenga algo del fascismo al que se refiere Barthes. El hogar representa, para nosotros, lo conocido; donde nos sentimos a salvo protegidos de la intemperie. Pero también habla de la ubicación exacta que, por siglos, les correspondió a millones de mujeres en el mundo. Donde se come, donde se duerme, donde se cocina y a quien le corresponde hacer determinadas tareas; fichas incrustadas en el tablero del juego de la vida. Sólo así es posible comprender los mecanismos de defensa que activaron las caceroleras más violentas, frente a una mujer con el poder de cambiar la realidad.

Me re colgué. El día del amigo me había dejado pensando. No me llevo muy bien con los días que son “días de”. Cito algunos: el de la madre, del padre, de los enamorados, ni hablar de halloween y en especial el de la primavera. Este último me irrita de sobremanera. Que sé yo. Me inquieta un poco ver como una determinada fecha, elegida por el mercado para desplegar toda su colorida parafernalia, actúa sobre nosotros como si tuviésemos un botón en la espalda al que un dedo gigante e invisible presiona para que salgamos a comprar regalos que “son una pavadita”, tarjetas para escribir en el dorso, hacer llamados o mandar mensajes de texto y cadenas de mails.

Bueno, soy un plomo. No me interesa apuntar hacía lo genuino que se deja entrever y que es el leitmotiv de casi todas esas reuniones y salidas; porque sin ir más lejos, a pesar del párrafo que me mandé arriba, ese domingo me encontré sentado en la parte de atrás de un auto conducido por un amigo. ¡Que contradicción! La idea era ir a alguna plaza, a tomar un poco de aire y de mate. No terminamos yendo a ningún lugar. Pero eso es una fija con casi todos mis amigos, que no son tantos.

En fin; miraba por la ventanilla hacia el parque Urquiza, que estaba atestado de chicas y chicos un poco más jóvenes que yo, en pleno picnic invernal y pensaba en aquella consigna que Néstor Kirchner pronunció en la última marcha de dos martes atrás. Dos días después que se diera a conocer el resultado de las votaciones en el Senado. “Ganar las calles” dijo el presidente del PJ esa tarde, dirigiéndose principalmente a la juventud presente y ausente. Es que la conceptualización de nuestra potencialidad política comienza ahí, en las calles. Lo que había en el parque Urquiza era la versión más estéril de esa idea.

Últimamente se viene hablando mucho de nuevas amistades, de nuevas alianzas. Es curioso como los medios manejaron estas últimas dos semanas “el cierre del conflicto”. Hay que bajarlo un poco a ese cierre para poder ver lo que hay detrás. Ciertas palabras sueltas cobraron fuerza e impulso y volaron eyectadas, convertidas ya en nuevos discursos, hacía miles de bocas que repiten como loros las frases hechas que se escuchan en radio y televisión. El voto de Cobos fue hacía la paz social, buscando promover el dialogo y el consenso. Muchos se refirieron a ese voto como el que calmaría las aguas, al aportar cuotas de sensatez y cordura, y que lograría que todos volviéramos a ser amigos. Eso fue lo que se vio y lo que se dijo. Son migajas del sentido común, hoy acaparado y deglutido por la derecha, porque en realidad lo que hay es cero ganas de dialogar con nadie y la certeza de que el conflicto sigue. Leía un artículo de opinión escrito por Washington Uranga para Página/12 donde se revelan las intenciones ocultas en la decisión del vicepresidente, y la verdadera sensación ambiente que quedó un poco tapada por este aparente clima de “tranquilidad social”.

“¿Cuál fue el conflicto que llegó a su fin?” Se pregunta Uranga como disparador para explayarse en el tema. “Para sincerar la situación habría que decir que, con su voto “no positivo” en el Senado, el vicepresidente permitió volcar la balanza en favor de los intereses de los grupos económicos más poderosos “del campo”. Eso es todo. No hay solución al conflicto y seguramente no la habrá en mucho tiempo. Porque en definitiva lo que está en juego no es otra cosa que la distribución del poder, económico y político. Y el conflicto –que no es bueno ni malo en sí mismo– es parte integral de los procesos sociales, es inherente a la democracia misma.”

Aquellos que entablan vínculos pasionales con la política me entenderán cuando digo que lo quedó flotando es una mezcla de bronca e impotencia a la que hay que batir todos los días para tratar de hacerla un poco más soluble. Pero es imposible, al menos para mí. Y uno termina defendiéndose casi a los gritos de argumentos bizarros que andá a saber de que procesos mentales habrán salido. Porque está claro que esa suerte de identificación que forjó gran parte de la clase media con la figura de Cobos, en su momento más mediático, deviene de la imposibilidad de bancarse, de no poder soportar la política de inclusión social que intenta llevar a cabo el gobierno. Desde ese lugar Cobos fue visto como un héroe; es decir, como alguien que cambió la historia. Expresando implícitamente para una parte, que ese cambio fue para bien. A nadie se le cruzó por la cabeza que la aprobación de una ley no recae sólo en la Presidenta, que ella necesita del apoyo de un equipo para poder llevar adelante un proyecto, que fue lo que la gente votó en Octubre del año pasado y que espera que se concrete. Uno cuando pone la boleta en el sobre y después lo lleva a la urna no está haciendo ta-te-tí. No elige al menos peor o al más simpático. De esa elección se desprende que hubo alguien que supo discernir una propuesta de modelo de país de otra. Y yo entiendo por mejor modelo a aquel que tenga entre sus principales prioridades que la capacidad de discernimiento sea de todos y todas, porque esa sigue siendo hoy la materia pendiente.

Me siento como una maestra de primaria diciéndole al grupete que festeja que ya estamos grandes para seguir jugando al amigo imaginario.