
El cese de los cortes de ruta permitió, por fin, que el conflicto campo-gobierno pase a otro plano; uno democrático: el del debate. Intercambios de opiniones e ideas dentro y fuera del congreso es lo que se estuvo viviendo esta última semana. Los que residen fuera de la ciudad (como yo), o los que, por diferentes motivos, no han podido concurrir a cualquiera de las carpas hoy montadas en la plaza, reciben desde sus casas otra versión. Una demasiado recalentada y que es necesario dejar airear: la de los medios de comunicación. Y digo que es necesario porque basta con asistir a alguna de las charlas informativas, ver algunos de los documentales o en definitiva participar, involucrarse poniendo el cuerpo, la cabeza y también el corazón (porque creo que la gente lo tuvo ya mucho tiempo en la boca; al corazón digo, por la impotencia que sintieron aquellos con la necesidad de expresarse, y que encontraron en los actos del dos de Abril y del diecisiete de Junio la posibilidad de reencontrarse con otros y con ellos mismos después de haber sido envueltos por la sensación de estar ideológicamente a la deriva); para comprobar que desde los medios se trabaja para levantar otra realidad, muy distinta por cierto. Repleta de eufemismos condescendientes hacia un sector que, al exponerla así como lo hacen, es decir sin bordes, sin matices, sin grietas y sin segundas lecturas lo que provoca es que se acepte todo como la única e irrefutable verdad. Cero cuestionamientos. Esas verdades son apenas utilitarias, funcionan como flashes de ideología a la carta que, una vez incorporada en nuestras subjetividades, se pasean por nuestra vida cotidiana como algunas personas pasean a sus mascotas un domingo por la tarde. Se los saca un rato, se lucen y después se guardan. Es lo que se escucha hablar en la calle, en bares, en almacenes, en librerías; en fin, lugares que, para bien o para mal, son propicios para el brote de ciertos mitos urbanos donde descansan ciertos clichés políticos.
Dos sábados atrás vi Televisión Registrada. En el informe con el que abrían el programa, lo primero que pegaba era el tema; la música elegida como fondo era imposible de no conocer. Un hit de Fito Páez, Circo Beat. Una canción genial a la que muchos de nosotros consideramos como la banda de sonido perfecta de aquella comedia dramática que fueron los noventas. Fito sabía bien a lo que se refería cuando cantaba que “los monos estaban devastando este lugar”. Después me cayeron las imágenes, esas imágenes que mostraban a la presidenta y el presidente del PJ junto a Menem, en lo que parecía ser una especie de acto. Ok; el acierto fue cristalizar en la elección de esa canción el pensamiento de que el Menemismo fue cualquier cosa menos algo para ser tomado en serio. Pensamiento real que, una vez instalado, se torna acrítico y por lo tanto peligroso porque deja poco espacio para la formulación de lo nuevo, de la reflexión, enemiga del sentido común y que entonces lleva a incurrir en ese discurso progresista choto del “son todos corruptos”.
Pero que los editores del programa hayan recurrido a la técnica del antes y después, fuertemente influenciados no sólo por su propia estética, su mecánica que es la del programa y sobre la cual se construyó un estilo, sino también por aquel video de Kircher y las retenciones via youtube, para dejar colgada la idea de que ahora se está igual que antes y esto es más de lo mismo; o sea un circo pero en su connotación más peyorativa, es una simplificación que cruza lo absurdo para llegar a lo insultante.
Recuerdo haber releído una entrevista que Rolling Stone le hacía a la periodista Beatriz Sarlo con el fin de resumir, desde su lugar, los aciertos y equivocaciones de los cuatro años de Néstor Kircher al gobierno. A la nota no la recuerdo de memoria, en parte porque me era muy difícil encontrar un punto en común entre su visión y la mía, pero sí me quedaron rebotando algunas cuestiones que resuenan muy actuales, recientes. Cuando le pidieron su opinión sobre el revisionismo de los setenta que venía haciendo Kirchner, Sarlo contestó que ese tema le permitía a él, Néstor, reencontrarse con valores de su juventud. Que si bien no lo hizo en los noventa, que era más complicado, era válido igual “porque uno siempre recuerda sus convicciones cuando puede”. Bien; a mi entender, Sarlo trató de abrir el paraguas lo más que pudo.
Ahora me pregunto: ¿a nadie se le ocurrió que si hay tanta gente reunida en las carpas, en las plazas, en los actos, no es porque se les pague, sino porque todas esas personas (me incluyo) simplemente creemos? Personas que antes buscábamos creer, -porque después de tantas caídas parecía imposible todo; hasta eso- y que entrevimos en el gobierno anterior la oportunidad para recuperar y hacer así concretos valores e ideales que habían sido enterrados y pisoteados. ¿Cabe pensar que si se decidió la continuidad de un gobierno, a través del voto popular, es porque fue justamente eso: una decisión popular, colectiva?
Hoy se están dando tantas cosas por sobreentendidas, por sentadas que uno se ve en la necesidad de levantarse, arrebatado quizás por todo lo que se ve y se escucha, para defender aquello que no tiene porque ser defendido, ni atacado, ni tampoco resguardado del flujo de los demás: una creencia, un punto de vista, una expresión de algo.
Si el funcionamiento de los engranajes de la posmodernidad se asemeja al de un mecanismo de relojería es porque, en parte, sus partes son aceitadas por la fuerza que tienen algunas palabras para saltar el límite ético que supone el lenguaje. Esas palabras están infectadas por otras. Que sé yo, se me ocurren miles: miedo, desconfianza, ironía, cinismo; todas están habilitadas. Además de ser síntomas de una época, hablan también de un determinado tipo de personas: las que eligieron no creer.