Archivos mensuales: Julio 2008

“¿Sabés cuánto hace que no la pongo?” Esa pregunta retórica retumbó en mi cabeza pequeñoburguesa una y otra vez durante varios días. Principalmente porque la primera vez que la escuché, -fue soltada por un amigo en una de las tantas conversaciones que tenemos- me sentí, por apenas unos segundos, como esas amas de casa que se sonrojan o espantan ante las bombas mediáticas que se tiran por la tarde en programas de chimentos o culebrones brasileños.

Por sí sola, esa pregunta da cuenta de un fenómeno que resulta paradojal: por un lado la necesidad de domesticar y naturalizar, mediante el lenguaje (poner, comer, coger, etc.), algo que probablemente en los últimos tres siglos y medio pasó de ser un misterio insondable pero excitante y liberador para cualquiera que estuviese dispuesto a sumergirse en sus aguas y descubrir en sus profundidades los tesoros ocultos que eran el erotismo y el deseo; a una ciencia, un manual de instrucciones que había que seguir si lo que se buscaba era la reproducción de la especie. Esto no es ninguna novedad, cualquiera que haya leído a Foucault y su Historia de la sexualidad sabe a lo que me refiero. Por otro lado, la obligación de descargar mediante el habla un malestar de época. Se habla más de sexo de lo que se tiene. Es una declaración que va más allá del hecho de que nosotros apenas nos rozamos unos con otros. Como joven posadolescente que soy, me veo autorizado a hablar del tema. Aunque sé también, porque salta a la vista, que se trata de una cuestión que no excluye edades ni géneros; esto es transgeneracional.

Sucede que, desde la tele, con un anclaje puntual en la publicidad, veo que proliferan discursos que moldean estereotipos que poco tienen que ver con lo que pasa internamente por cada uno. O en realidad algo tiene que ver; ya voy a llegar. Pareciera que a simple vista, en la superficie de esas capas de significación sociológica que recubren publicidades, series y películas no hubiese nada más alejado de la realidad que aquel boceto de criatura contemporánea de entre dieciocho y veinticinco años que imponen los medios. “La juventud es gloriosa. Que el marketing haya hecho de ella el estandarte de un ejercito de idiotas, no significa que lo joven haya dejado de ser futuro.” Dice Sandra Russo en su libro Amar y flirtear. Y tiene razón. Somos, en parte, eso: futuro, un río de pura contingencia con miles de desembocaduras posibles. No es casual que la palabra que, últimamente escucho bastante, y suele ser usada para exteriorizar esa incertidumbre de no saber hacía donde seguir fluyendo es la de estar “estancado”. Es un estancamiento emocional porque algo ejerce mucha presión sobre nosotros. Son otros los mecanismos de control y poder que delimitan las subjetividades de hoy, y nos toca a los jóvenes descubrir cuales son.

Eso es lo que revela la antropóloga Paula Sibilia en La intimidad como espectáculo, un ensayo muy interesante que toma como disparador el auge de los blogs, fotologs, las webcams y ese vuelco hacia la virtualidad y las pantallas de TV para la construcción de mentalidades, formas de ser y estar en el mundo; y como esto trae por decantación una batería de consecuencias sociopolíticas innegables. “…Dos tercios de la población mundial nunca tendrán acceso a Internet. Estos miles de millones de personas son los “excluidos” de los paraísos extraterritoriales del ciberespacio, condenados a la gris inmovilidad local en plena era multicolor del marketing global. Y lo que quizás sea más penoso en esta sociedad del espectáculo, en la que sólo es lo que se ve: en ese mismo gesto, también se los condena a la invisibilidad total.”

La cimentación de un deseo, el de necesitar desesperadamente el ojo del otro sobre nosotros porque eso simboliza la aprobación que buscamos para rearmar nuestra autoestima, le permite al mercado erigir su propio discurso opresor. Hay un supuesto en la adolescencia que dice que hay que lograr algo grandioso en la vida. Lo más grande posible para que no pase desapercibido y pueda ser pescado por la mayor cantidad de personas disponibles. Pero si uno levantara la tapa de mecanismo vería como funciona todo. Se verían las ideas tramposas del exitismo y la celebridad, actuando como inyectores de verdad neutra, siendo impresas sobre mentes en blanco.

Los anhelos cambiaron junto con nuestros pesares. Continúa Sibilia: “si la paradoja del realismo clásico consistía en inventar ficciones que pareciesen realidades, hoy asistimos a otra versión de ese aparente contrasentido: una voluntad de inventar realidades que parezcan ficciones.” Es decir, tratamos de que nuestras vidas se parezcan, por ejemplo, a las de los protagonistas de sitcoms porque en ellas siempre están pasando cosas. “¿a quién no le gusta que le pasen cosas?” Esto delata la crisis de exposición que rodea a jóvenes y adultos por igual. Los medios de comunicación no ayudan al presentar los supuestos peligros que conlleva el exponerse, y guardarse termina siendo la mejor solución. Aún así, si a esta crisis se la enfrenta desprevenida, muestra la hilacha.

Porque hay algo inherente a nosotros que no se puede suprimir, algo que nos diferencias de los animales. El ser humano sin contacto con otros no puede sobrevivir, estoy convencido de eso. Quizás tiempos como estos, en el que el sonido del tic tac recae sobre nuestros ánimos con el peso de una desición que quema, hagan que esto permanezca latente, y sin embargo hoy se puede sentir más que nunca. Me resulta imposible de desengancharlo de lo político. Estos últimos meses han sido prueba de eso. Hay ganas de exposición; pero una sana, no aquella que triunfó sobre su significado, contaminándola al rellenarla con dosis de paranoia, miedo y desconfianza.

Las palabras que Néstor Kirchner pronunció ayer en la marcha en Congreso y que dedicó a todos los jóvenes, habla de esto que se está redescubriendo. “La juventud tiene la oportunidad de hacer un cambio en democracia. Algo que nuestra generación no tuvo. Tienen la posibilidad de participar, opinar, transgredir; ganar las calles para marcar un punto de inflexión para la construcción de ese cambio”. No fue este su mensaje textual, pero fue lo que me quedó resonando. Eso es a lo que se aspira en todos los ámbitos de una vida: a poner el cuerpo, sí; y también los ideales y las convicciones.

El cese de los cortes de ruta permitió, por fin, que el conflicto campo-gobierno pase a otro plano; uno democrático: el del debate. Intercambios de opiniones e ideas dentro y fuera del congreso es lo que se estuvo viviendo esta última semana. Los que residen fuera de la ciudad (como yo), o los que, por diferentes motivos, no han podido concurrir a cualquiera de las carpas hoy montadas en la plaza, reciben desde sus casas otra versión. Una demasiado recalentada y que es necesario dejar airear: la de los medios de comunicación. Y digo que es necesario porque basta con asistir a alguna de las charlas informativas, ver algunos de los documentales o en definitiva participar, involucrarse poniendo el cuerpo, la cabeza y también el corazón (porque creo que la gente lo tuvo ya mucho tiempo en la boca; al corazón digo, por la impotencia que sintieron aquellos con la necesidad de expresarse, y que encontraron en los actos del dos de Abril y del diecisiete de Junio la posibilidad de reencontrarse con otros y con ellos mismos después de haber sido envueltos por la sensación de estar ideológicamente a la deriva); para comprobar que desde los medios se trabaja para levantar otra realidad, muy distinta por cierto. Repleta de eufemismos condescendientes hacia un sector que, al exponerla así como lo hacen, es decir sin bordes, sin matices, sin grietas y sin segundas lecturas lo que provoca es que se acepte todo como la única e irrefutable verdad. Cero cuestionamientos. Esas verdades son apenas utilitarias, funcionan como flashes de ideología a la carta que, una vez incorporada en nuestras subjetividades, se pasean por nuestra vida cotidiana como algunas personas pasean a sus mascotas un domingo por la tarde. Se los saca un rato, se lucen y después se guardan. Es lo que se escucha hablar en la calle, en bares, en almacenes, en librerías; en fin, lugares que, para bien o para mal, son propicios para el brote de ciertos mitos urbanos donde descansan ciertos clichés políticos.

Dos sábados atrás vi Televisión Registrada. En el informe con el que abrían el programa, lo primero que pegaba era el tema; la música elegida como fondo era imposible de no conocer. Un hit de Fito Páez, Circo Beat. Una canción genial a la que muchos de nosotros consideramos como la banda de sonido perfecta de aquella comedia dramática que fueron los noventas. Fito sabía bien a lo que se refería cuando cantaba que “los monos estaban devastando este lugar”. Después me cayeron las imágenes, esas imágenes que mostraban a la presidenta y el presidente del PJ junto a Menem, en lo que parecía ser una especie de acto. Ok; el acierto fue cristalizar en la elección de esa canción el pensamiento de que el Menemismo fue cualquier cosa menos algo para ser tomado en serio. Pensamiento real que, una vez instalado, se torna acrítico y por lo tanto peligroso porque deja poco espacio para la formulación de lo nuevo, de la reflexión, enemiga del sentido común y que entonces lleva a incurrir en ese discurso progresista choto del “son todos corruptos”.

Pero que los editores del programa hayan recurrido a la técnica del antes y después, fuertemente influenciados no sólo por su propia estética, su mecánica que es la del programa y sobre la cual se construyó un estilo, sino también por aquel video de Kircher y las retenciones via youtube, para dejar colgada la idea de que ahora se está igual que antes y esto es más de lo mismo; o sea un circo pero en su connotación más peyorativa, es una simplificación que cruza lo absurdo para llegar a lo insultante.

Recuerdo haber releído una entrevista que Rolling Stone le hacía a la periodista Beatriz Sarlo con el fin de resumir, desde su lugar, los aciertos y equivocaciones de los cuatro años de Néstor Kircher al gobierno. A la nota no la recuerdo de memoria, en parte porque me era muy difícil encontrar un punto en común entre su visión y la mía, pero sí me quedaron rebotando algunas cuestiones que resuenan muy actuales, recientes. Cuando le pidieron su opinión sobre el revisionismo de los setenta que venía haciendo Kirchner, Sarlo contestó que ese tema le permitía a él, Néstor, reencontrarse con valores de su juventud. Que si bien no lo hizo en los noventa, que era más complicado, era válido igual “porque uno siempre recuerda sus convicciones cuando puede”. Bien; a mi entender, Sarlo trató de abrir el paraguas lo más que pudo.

Ahora me pregunto: ¿a nadie se le ocurrió que si hay tanta gente reunida en las carpas, en las plazas, en los actos, no es porque se les pague, sino porque todas esas personas (me incluyo) simplemente creemos? Personas que antes buscábamos creer, -porque después de tantas caídas parecía imposible todo; hasta eso- y que entrevimos en el gobierno anterior la oportunidad para recuperar y hacer así concretos valores e ideales que habían sido enterrados y pisoteados. ¿Cabe pensar que si se decidió la continuidad de un gobierno, a través del voto popular, es porque fue justamente eso: una decisión popular, colectiva?

Hoy se están dando tantas cosas por sobreentendidas, por sentadas que uno se ve en la necesidad de levantarse, arrebatado quizás por todo lo que se ve y se escucha, para defender aquello que no tiene porque ser defendido, ni atacado, ni tampoco resguardado del flujo de los demás: una creencia, un punto de vista, una expresión de algo.

Si el funcionamiento de los engranajes de la posmodernidad se asemeja al de un mecanismo de relojería es porque, en parte, sus partes son aceitadas por la fuerza que tienen algunas palabras para saltar el límite ético que supone el lenguaje. Esas palabras están infectadas por otras. Que sé yo, se me ocurren miles: miedo, desconfianza, ironía, cinismo; todas están habilitadas. Además de ser síntomas de una época, hablan también de un determinado tipo de personas: las que eligieron no creer.