“¿Sabés cuánto hace que no la pongo?” Esa pregunta retórica retumbó en mi cabeza pequeñoburguesa una y otra vez durante varios días. Principalmente porque la primera vez que la escuché, -fue soltada por un amigo en una de las tantas conversaciones que tenemos- me sentí, por apenas unos segundos, como esas amas de casa que se sonrojan o espantan ante las bombas mediáticas que se tiran por la tarde en programas de chimentos o culebrones brasileños.
Por sí sola, esa pregunta da cuenta de un fenómeno que resulta paradojal: por un lado la necesidad de domesticar y naturalizar, mediante el lenguaje (poner, comer, coger, etc.), algo que probablemente en los últimos tres siglos y medio pasó de ser un misterio insondable pero excitante y liberador para cualquiera que estuviese dispuesto a sumergirse en sus aguas y descubrir en sus profundidades los tesoros ocultos que eran el erotismo y el deseo; a una ciencia, un manual de instrucciones que había que seguir si lo que se buscaba era la reproducción de la especie. Esto no es ninguna novedad, cualquiera que haya leído a Foucault y su Historia de la sexualidad sabe a lo que me refiero. Por otro lado, la obligación de descargar mediante el habla un malestar de época. Se habla más de sexo de lo que se tiene. Es una declaración que va más allá del hecho de que nosotros apenas nos rozamos unos con otros. Como joven posadolescente que soy, me veo autorizado a hablar del tema. Aunque sé también, porque salta a la vista, que se trata de una cuestión que no excluye edades ni géneros; esto es transgeneracional.
Sucede que, desde la tele, con un anclaje puntual en la publicidad, veo que proliferan discursos que moldean estereotipos que poco tienen que ver con lo que pasa internamente por cada uno. O en realidad algo tiene que ver; ya voy a llegar. Pareciera que a simple vista, en la superficie de esas capas de significación sociológica que recubren publicidades, series y películas no hubiese nada más alejado de la realidad que aquel boceto de criatura contemporánea de entre dieciocho y veinticinco años que imponen los medios. “La juventud es gloriosa. Que el marketing haya hecho de ella el estandarte de un ejercito de idiotas, no significa que lo joven haya dejado de ser futuro.” Dice Sandra Russo en su libro Amar y flirtear. Y tiene razón. Somos, en parte, eso: futuro, un río de pura contingencia con miles de desembocaduras posibles. No es casual que la palabra que, últimamente escucho bastante, y suele ser usada para exteriorizar esa incertidumbre de no saber hacía donde seguir fluyendo es la de estar “estancado”. Es un estancamiento emocional porque algo ejerce mucha presión sobre nosotros. Son otros los mecanismos de control y poder que delimitan las subjetividades de hoy, y nos toca a los jóvenes descubrir cuales son.
Eso es lo que revela la antropóloga Paula Sibilia en La intimidad como espectáculo, un ensayo muy interesante que toma como disparador el auge de los blogs, fotologs, las webcams y ese vuelco hacia la virtualidad y las pantallas de TV para la construcción de mentalidades, formas de ser y estar en el mundo; y como esto trae por decantación una batería de consecuencias sociopolíticas innegables. “…Dos tercios de la población mundial nunca tendrán acceso a Internet. Estos miles de millones de personas son los “excluidos” de los paraísos extraterritoriales del ciberespacio, condenados a la gris inmovilidad local en plena era multicolor del marketing global. Y lo que quizás sea más penoso en esta sociedad del espectáculo, en la que sólo es lo que se ve: en ese mismo gesto, también se los condena a la invisibilidad total.”
La cimentación de un deseo, el de necesitar desesperadamente el ojo del otro sobre nosotros porque eso simboliza la aprobación que buscamos para rearmar nuestra autoestima, le permite al mercado erigir su propio discurso opresor. Hay un supuesto en la adolescencia que dice que hay que lograr algo grandioso en la vida. Lo más grande posible para que no pase desapercibido y pueda ser pescado por la mayor cantidad de personas disponibles. Pero si uno levantara la tapa de mecanismo vería como funciona todo. Se verían las ideas tramposas del exitismo y la celebridad, actuando como inyectores de verdad neutra, siendo impresas sobre mentes en blanco.
Los anhelos cambiaron junto con nuestros pesares. Continúa Sibilia: “si la paradoja del realismo clásico consistía en inventar ficciones que pareciesen realidades, hoy asistimos a otra versión de ese aparente contrasentido: una voluntad de inventar realidades que parezcan ficciones.” Es decir, tratamos de que nuestras vidas se parezcan, por ejemplo, a las de los protagonistas de sitcoms porque en ellas siempre están pasando cosas. “¿a quién no le gusta que le pasen cosas?” Esto delata la crisis de exposición que rodea a jóvenes y adultos por igual. Los medios de comunicación no ayudan al presentar los supuestos peligros que conlleva el exponerse, y guardarse termina siendo la mejor solución. Aún así, si a esta crisis se la enfrenta desprevenida, muestra la hilacha.
Porque hay algo inherente a nosotros que no se puede suprimir, algo que nos diferencias de los animales. El ser humano sin contacto con otros no puede sobrevivir, estoy convencido de eso. Quizás tiempos como estos, en el que el sonido del tic tac recae sobre nuestros ánimos con el peso de una desición que quema, hagan que esto permanezca latente, y sin embargo hoy se puede sentir más que nunca. Me resulta imposible de desengancharlo de lo político. Estos últimos meses han sido prueba de eso. Hay ganas de exposición; pero una sana, no aquella que triunfó sobre su significado, contaminándola al rellenarla con dosis de paranoia, miedo y desconfianza.
Las palabras que Néstor Kirchner pronunció ayer en la marcha en Congreso y que dedicó a todos los jóvenes, habla de esto que se está redescubriendo. “La juventud tiene la oportunidad de hacer un cambio en democracia. Algo que nuestra generación no tuvo. Tienen la posibilidad de participar, opinar, transgredir; ganar las calles para marcar un punto de inflexión para la construcción de ese cambio”. No fue este su mensaje textual, pero fue lo que me quedó resonando. Eso es a lo que se aspira en todos los ámbitos de una vida: a poner el cuerpo, sí; y también los ideales y las convicciones.
