Hoy al abrir el correo me encontré con un mail que me sorprendió. En el, escrito en letras rojas, se obligaba (es que no se me viene otra palabra a la mente) a no asistir al acto del próximo 20 de Junio en el monumento a la bandera. En letras mayúsculas, negras y grandes, delineando el centro, el núcleo del mensaje rezaba “coloquemos junto con nuestra bandera una cinta negra para repudiar el acto”. Hay un dato que tengo que agregar, ya que es esclarecedor. El mail, que me imagino forma parte de una cadena, comenzó a circular antes que se confirmara que la presidenta no viajaría a Rosario. De haberse sabido antes, este mensaje que recibí seguro no hubiese existido.

Que el sentido común, que muchos pregonan como única vía para resolver un conflicto que se ha extendido lo suficiente como para llegar hasta un límite en el que es posible imaginar que va a pasar si se cruza; se haya atrofiado, podrido hace tiempo para que broten de él horrendo clichés que muestran a la bandera como símbolo máximo de honestidad, cuando a lo largo de la historia los símbolos patrios han sido los primeros en ser manchados con mierda y sangre, ya es sabido. Habría que limpiar los símbolos, habría que rellenarlos de contenido de una buena vez o dejarlos en su lugar.

Pero en realidad no fue el mensaje lo que me impactó, uno a esta altura no espera más de aquellos que parecen estar dispuestos a hacer cualquier cosa con tal de no repartir la torta; de ni siquiera cortarla. Lo que me desencajó fue leer quien había sido la persona que me mandó el mail. Un amigo al que quiero mucho. Lo conozco desde hace varios años. Uno con los amigos a veces idealiza demasiado, y en ese vuelo se llega a desnaturalizar ciertos vínculos, lo que lleva a contaminarlos. Se espera que aquellas cosas que no se tienen en común, que no se comparten, se vuelvan, por arte de magia, parte de uno también. Es el mito occidental que nos envuelve plácidamente como la tela de una araña gigante: el deseo como falta. Siempre tuve dificultades para entablar relaciones de amistad que se prolongaran en el tiempo. De pendejo, me han dicho tantas veces que soy tan raro que me lo creí y por eso cuando era correspondido, -cuando puedo decir que soy amigo de una persona porque esa persona me considera cercana, se siente amigo mío-, creía que comenzaba a formar parte de un espacio que antes me era vedado, a veces, debido a mis propias equivocaciones. Y que ese espacio nuevo, me daba el lugar, el derecho, a avanzar sobre el otro siguiendo supuestos totalmente equivocados. Me costó descubrirlo, pero hacerlo fue un hallazgo que me permitió replantear no sólo la forma de relacionarme con personas cercanas, también me sirvió para romper la burbuja y expandir mi visión de todo lo que me rodea.

Tengo que decir que el amigo que me mandó el mail no conoce el significado de ideas de izquierda ni de derecha. No lo culpo; yo lo desconocía también. Ya conté en otros posts que como nunca se me instruyó sobre política, sobre la potencialidad política que emana de cada uno de nosotros, tuve que inventármelo. Es una de las cosas que no me vinieron dadas. Me pasa seguido eso de ver chicas y chicos de mi edad que no entienden absolutamente nada de lo que está pasando porque no les interesa; y eso que me parece imposible la indiferencia en momentos como estos. Momentos que marcan y definen rumbos históricos.

Es que ese desinterés, producto en parte de deglutir lo que los medios de comunicación disfrazan como “independiente”, es el fantasma que llevamos arrastrando, pegado en las suelas de los zapatos como un chicle, los que nacimos perteneciendo porque nunca nos faltó nada. La clase media. Formamos parte de ese colectivo, que no tiene nada de imaginario, que en los noventa, por ejemplo, se quejaba del gobierno de Menem porque éste les metía la mano en el bolsillo, y con ello, les arrebata en cuentagotas toda posibilidad de seguir perteneciendo. Esa sensación de bronca era generalizada, porque se alineaba con la otra parte; con aquellos que se oponían y resistían desde la ideología. Esa es la diferencia que hoy, al menos para mi, queda destapada. Se creía y se sigue creyendo que se estaba a favor de las mismas cosas, cuando en realidad, mientras muchos criticaban solo una política económica con el fin de resguardar sus propios intereses, otros luchaban, siendo congruentes con sus ideas, en pos de un concepto sólido de país que fuera más justo para todos. En aquel entonces, lo único que nos unía era el espanto.

Los que hoy apoyamos las ideas de este gobierno, lo hacemos porque entendemos que para lograr un país con calidad institucional, inclusión social y verdadera democracia hace falta sí o sí una distribución de la riqueza. Tres palabras que, así juntas, por estos días le revuelve el estomago a más de uno.

Por eso estaría bueno reflexionar, antes de colocar una cinta negra sobre cualquier lado, sobre cuales son los motivos que encienden nuestras pasiones y nos conducen a accionar en este tema en particular. ¿Se reacciona porque es lo políticamente correcto? ¿Correcto para quién? ¿Son esas pasiones apenas artificios inculcados por el machaque de los medios? Cierro con Sandra Russo; a esta mujer no sé cuantas veces la nombré ya. Sus textos siempre los encuentro estimulantes y me ayudan como disparador de muchas de las cosas que escribo acá. “…quizá si permitimos que nuestros viejos lazos y nuestras coincidencias se disipen en el fragor de este conflicto, estaremos perdiéndonos mutuamente. Y en lo que reconozco como mi conjunto, la gente cree que hemos sufrido demasiado como para volver a jugar con fuego”.

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