
Las cosas siguen más o menos iguales; y si hubo un leve cambio, este no fue muy positivo que digamos. El clima está denso, y no hablo del humo, de la humedad y los mosquitos que nos invadieron y que luego fueron levantados por cada noticiero, cada radio, cada diario; en fin, por los medio de comunicación que, en general, parecen más dispuestos a ocultar y confundir que a comunicar genuinamente. Me pregunto cuanto tiene de contenido político la noticia del nacimiento de alguna criatura en algún zoológico de alguna ciudad. O la creación de la pizza más grande del planeta; o el doble del Rambo de Stallone. Podría seguir con ejemplos como este, pero saben de lo que hablo. También sabemos que nuestras subjetividades son “instruidas”, formadas por los discursos masivos de los medios de comunicación y demás construcciones culturales. El ambiente pesado al que me refiero se siente internamente, como un volcán a punto de explotar y desbordar con su lava ardiente o lo contrario, una implosión capaz de sacudirnos primero y ahogarnos después. Suena exagerado, lo sé. Pero cuando realmente logro captar con palabras eyectadas a través del teclado, lo que pasa por mi cabeza, me estremezco y no puedo dejar de pensar. Uno suele sorprenderse cuando logra exteriorizar de alguna forma aquello que se percibe en el ambiente. Aquello que es absorbido por nuestra mente; pero que se hace difícil escurrirlo, traducirlo a una forma concreta.
Van a hacer dos meses desde que me animé a hacer todo lo que puede y como pude para expresar mi punto de vista político. Hoy, con los actos del domingo pasado, me fue revelada una realidad que había dejado pasar: el país está más dividido que nunca. Algo que en un principio resulta natural y entendible: es una de las virtudes de poder vivir en una verdadera democracia. Los gobiernos de décadas pasadas nos dejaron un tendal de experiencia en materia de resistencia. Eso fue real; estaban tan sucios, tan llenos de mierda, que cualquier persona con dos dedos de frente podía percibir el olor a podrido que emanaba de cada falacia que soltaban.
Me pregunto ¿y ahora qué? Se me eriza la piel cuando descifro, por lo que escucho diariamente, que muchas personas todavía reniegan de la democracia. Piden la vuelta de los militares. Es indignante. No soy de ningún partido pero fue casi como un descubrimiento, el conocer que siempre adherí a ideas de izquierda, inclusive mucho antes de saber el significado de ideas de izquierda y de pensar sobre política. En mi casa no se suele hablar de política y por eso, cuando se hace, se termina trastabillando y cayendo sobre lugares bastante simples. Quizas sea este vacio, o la convicción más profunda de que el poder no siempre es utilizado como un imán para atraer más poder, lo que me moviliza. Que puede encontrar su razón de ser como una herramienta que permite concretar cosas; y que no tiene por qué ser algo terrible si esas cosas son impulsadas por aspiraciones personales. Es más, esas cosas pueden estar motivadas por una amalgama extraña, difícil de encontrar. No sé; quizás lea demasiados comics pero sinceramente creo en el altruismo por la fidelidad a una idea. Por eso creo que habría que rever muchas de las cuestiones que tienen que ver con discursos y posturas que estuvieron circulando por ahí estos últimos ochenta días por los medios de comunicación, -cuyo principal objetivo pareciera ser socavar cualquier rastro de ideología a la vista-, y de las cuales se desprendió una avalancha de sentido común como forma de ataque.
La actual oposición, rubricada a trazos gruesos por la derecha, eligió para el acto del veinticinco de Mayo en Rosario, ciudad donde vivo, ponerse a jugar con los símbolos colectivos. En un artículo publicado en Página 12 por la periodista Sandra Russo se habla de esto: “Ni la bandera ni la escarapela son de nadie y ni la bandera ni la escarapela hacen más argentino a nadie, ni mejor, ni más honesto, ni más sincero. ¿Insistirán mucho más con este tipo de trucos desgastados? ¿Seguirán mezclando soja con nobleza, tractor con fuerza de voluntad, pollo con valentía y lácteos con coraje?” Ese texto, junto a otro, escrito por ella también, en el que se habla de la teoría del conjunto, me fueron muy útiles porque al acoplarlos me ayudaron a desenmascarar una de las trampas que nos quieren hacer creer los que hoy aseguran ser el campo. Ese es el gran truco: que sus intereses individuales se vuelvan, casi por la fuerza, colectivos. A veces, da la impresión de que estuviesen a punto de lograrlo; o al menos eso es lo que se interpreta si uno se queda con la única dirección apuntada por canales como TN, que hacen de Alfredo De Angelis, una versión 2.1 de Carlos Blumberg. Lo que quiero decir es que sus micrófonos y sus cámaras están clavados ahí, en la silueta de estos cuatro hombres, que insisten ser el campo. Nunca se va un poco más allá y así, el mecanismo, la forma elegida para remarcar y acentuar el conflicto, queda sepultada por banalidades y frases hechas para ser publicadas como títulos.
La protección e imposición de ese rasgo individualista es y será siempre de la derecha. Es lo que pretende reservarse para sí misma. Su caballito de batalla. Leer, por ejemplo, a Nacha Guevara diciendo, en el último número de Rolling Stone, que bajo una dictadura, artísticamente se tenía más libertad que con la democracia, en la que se es de la manada; y que curiosamente, había muchas más individualidades en ese período, me confirma aquello que sostenía el semiólogo francés Roland Barthes, experto en desarticular, en sacar de una zona mansa, al lenguaje y los mensajes circulantes: el sentido común trafica ideología.