Archivos mensuales: Junio 2008

Hoy al abrir el correo me encontré con un mail que me sorprendió. En el, escrito en letras rojas, se obligaba (es que no se me viene otra palabra a la mente) a no asistir al acto del próximo 20 de Junio en el monumento a la bandera. En letras mayúsculas, negras y grandes, delineando el centro, el núcleo del mensaje rezaba “coloquemos junto con nuestra bandera una cinta negra para repudiar el acto”. Hay un dato que tengo que agregar, ya que es esclarecedor. El mail, que me imagino forma parte de una cadena, comenzó a circular antes que se confirmara que la presidenta no viajaría a Rosario. De haberse sabido antes, este mensaje que recibí seguro no hubiese existido.

Que el sentido común, que muchos pregonan como única vía para resolver un conflicto que se ha extendido lo suficiente como para llegar hasta un límite en el que es posible imaginar que va a pasar si se cruza; se haya atrofiado, podrido hace tiempo para que broten de él horrendo clichés que muestran a la bandera como símbolo máximo de honestidad, cuando a lo largo de la historia los símbolos patrios han sido los primeros en ser manchados con mierda y sangre, ya es sabido. Habría que limpiar los símbolos, habría que rellenarlos de contenido de una buena vez o dejarlos en su lugar.

Pero en realidad no fue el mensaje lo que me impactó, uno a esta altura no espera más de aquellos que parecen estar dispuestos a hacer cualquier cosa con tal de no repartir la torta; de ni siquiera cortarla. Lo que me desencajó fue leer quien había sido la persona que me mandó el mail. Un amigo al que quiero mucho. Lo conozco desde hace varios años. Uno con los amigos a veces idealiza demasiado, y en ese vuelo se llega a desnaturalizar ciertos vínculos, lo que lleva a contaminarlos. Se espera que aquellas cosas que no se tienen en común, que no se comparten, se vuelvan, por arte de magia, parte de uno también. Es el mito occidental que nos envuelve plácidamente como la tela de una araña gigante: el deseo como falta. Siempre tuve dificultades para entablar relaciones de amistad que se prolongaran en el tiempo. De pendejo, me han dicho tantas veces que soy tan raro que me lo creí y por eso cuando era correspondido, -cuando puedo decir que soy amigo de una persona porque esa persona me considera cercana, se siente amigo mío-, creía que comenzaba a formar parte de un espacio que antes me era vedado, a veces, debido a mis propias equivocaciones. Y que ese espacio nuevo, me daba el lugar, el derecho, a avanzar sobre el otro siguiendo supuestos totalmente equivocados. Me costó descubrirlo, pero hacerlo fue un hallazgo que me permitió replantear no sólo la forma de relacionarme con personas cercanas, también me sirvió para romper la burbuja y expandir mi visión de todo lo que me rodea.

Tengo que decir que el amigo que me mandó el mail no conoce el significado de ideas de izquierda ni de derecha. No lo culpo; yo lo desconocía también. Ya conté en otros posts que como nunca se me instruyó sobre política, sobre la potencialidad política que emana de cada uno de nosotros, tuve que inventármelo. Es una de las cosas que no me vinieron dadas. Me pasa seguido eso de ver chicas y chicos de mi edad que no entienden absolutamente nada de lo que está pasando porque no les interesa; y eso que me parece imposible la indiferencia en momentos como estos. Momentos que marcan y definen rumbos históricos.

Es que ese desinterés, producto en parte de deglutir lo que los medios de comunicación disfrazan como “independiente”, es el fantasma que llevamos arrastrando, pegado en las suelas de los zapatos como un chicle, los que nacimos perteneciendo porque nunca nos faltó nada. La clase media. Formamos parte de ese colectivo, que no tiene nada de imaginario, que en los noventa, por ejemplo, se quejaba del gobierno de Menem porque éste les metía la mano en el bolsillo, y con ello, les arrebata en cuentagotas toda posibilidad de seguir perteneciendo. Esa sensación de bronca era generalizada, porque se alineaba con la otra parte; con aquellos que se oponían y resistían desde la ideología. Esa es la diferencia que hoy, al menos para mi, queda destapada. Se creía y se sigue creyendo que se estaba a favor de las mismas cosas, cuando en realidad, mientras muchos criticaban solo una política económica con el fin de resguardar sus propios intereses, otros luchaban, siendo congruentes con sus ideas, en pos de un concepto sólido de país que fuera más justo para todos. En aquel entonces, lo único que nos unía era el espanto.

Los que hoy apoyamos las ideas de este gobierno, lo hacemos porque entendemos que para lograr un país con calidad institucional, inclusión social y verdadera democracia hace falta sí o sí una distribución de la riqueza. Tres palabras que, así juntas, por estos días le revuelve el estomago a más de uno.

Por eso estaría bueno reflexionar, antes de colocar una cinta negra sobre cualquier lado, sobre cuales son los motivos que encienden nuestras pasiones y nos conducen a accionar en este tema en particular. ¿Se reacciona porque es lo políticamente correcto? ¿Correcto para quién? ¿Son esas pasiones apenas artificios inculcados por el machaque de los medios? Cierro con Sandra Russo; a esta mujer no sé cuantas veces la nombré ya. Sus textos siempre los encuentro estimulantes y me ayudan como disparador de muchas de las cosas que escribo acá. “…quizá si permitimos que nuestros viejos lazos y nuestras coincidencias se disipen en el fragor de este conflicto, estaremos perdiéndonos mutuamente. Y en lo que reconozco como mi conjunto, la gente cree que hemos sufrido demasiado como para volver a jugar con fuego”.

Aquellos que nacimos entre mitad y fines de los ochentas poseemos un capital cultural que, sólo cuando las fibras del pasado rozan con las del presente, ancla en emociones que descubren un sentimiento llamado nostalgia y cuyo caudal, en mi caso particular pero, arriesgo, no único, está encauzado hacia el terrero de la animación; si, dibujos animados.

El plástico, ya consolidado tiempo atrás como sustancia-símbolo, -había desplazado a la madera como objeto lúdico infantil-, aburguesaba todo lo que tocaba a su paso. Era común, por aquel entonces, que las caricaturas fueran vistas como meros anuncios comerciales de juguetes; es que eran armadas justamente para eso. Sin embargo, había excepciones que lograban como mínimo moldear un producto que oscilaba entre la bonanza comercial y el logro artístico. Estas excepciones marcaron un antes y un después tanto en lo técnico como en lo teórico: no sólo cambió la forma en la que se produce la animación; también nos cambió a nosotros y a nuestra visión del mundo. Para bien o para mal, nos dejaron impresa una huella, una impronta camp a muchos de nuestra generación.

Por eso tengo que confesar, y no me carguen, que siento una gran debilidad por la hermana gemela de He- Man. Es que antes de Jessica Rabbit, Sailor Moon, Holli Would, Aeon Flux, Lara Croft, las chicas súper poderosas y demás féminas animadas, existió She-Ra: la princesa del poder. Fue una de las precursoras del famoso Girl power, poder femenino, en una década (los ochentas) en el que el paradigma de la mujer fálica, es decir, con poder de decisión, fuerte e independiente, todavía no se había gastado. De hecho, para la cultura de masas, el fenómeno recién comenzaba a solidificarse con guiños emitidos dentro de la cultura pop y hacia afuera, siendo Madonna la que marcaría tendencias en ese apartado. Me pregunto cuanto influyó la chica material en el aspecto físico de la protagonista ya que su parecido (más si se tiene en cuenta la época) es llamativo. Otra influencia, y esta si es innegable, es la mujer maravilla, otra de mis obsesiones, a la que Filmation, el estudio estadounidense de animación de bajo presupuesto que produjo She-Ra, decidió homenajear al otorgarle a esta la habilidad de transformar su espada mágica en lazo justiciero; uno de los símbolos más significativos de nuestra querida princesa de las amazonas.

She-Ra lo tenía todo; bah, todo lo que podía tener una serie que fue pensada desde el principio como una publicidad de 20 minutos para vender los ahora tan buscados y cotizados “action figures” o muñequitos articulados. Piernas sexys, una heroína que le escapaba al estereotipo de princesa letárgica, y que en cambio prefería hacerse cargo de la situación siempre con mucha actitud, estilo y una cuota de compasión que a veces resultaba envidiable, trasfondo político y social (en uno de los episodios, uno de los villanos le roba a la protagonista su voz, en una clara alusión a la imposibilidad del derecho de libertad de expresión) y como cierre de cada capítulo las infaltables moralejas aleccionadoras que, si uno las revisita ahora, pueden causar tanto risa como vergüenza. Todo batido con los mismos ingredientes que hicieron de He-Man un clásico de culto y que elevaron a este spin-off a la categoría de icono subcultural; la serie toda podría ser bandera gay, con su despliegue de colores pasteles, arco iris, unicornios voladores y su mensaje que habla de la libertad, y una vida sin opresión y con igualdad de condiciones.

En fin, escribo esto frente a un abrupto ataque de nostalgia al que se lo atribuyo al canal Retro, que la resucitó junto a su musculoso y bronceado hermano. Gracias, Retro.

Las cosas siguen más o menos iguales; y si hubo un leve cambio, este no fue muy positivo que digamos. El clima está denso, y no hablo del humo, de la humedad y los mosquitos que nos invadieron y que luego fueron levantados por cada noticiero, cada radio, cada diario; en fin, por los medio de comunicación que, en general, parecen más dispuestos a ocultar y confundir que a comunicar genuinamente. Me pregunto cuanto tiene de contenido político la noticia del nacimiento de alguna criatura en algún zoológico de alguna ciudad. O la creación de la pizza más grande del planeta; o el doble del Rambo de Stallone. Podría seguir con ejemplos como este, pero saben de lo que hablo. También sabemos que nuestras subjetividades son “instruidas”, formadas por los discursos masivos de los medios de comunicación y demás construcciones culturales. El ambiente pesado al que me refiero se siente internamente, como un volcán a punto de explotar y desbordar con su lava ardiente o lo contrario, una implosión capaz de sacudirnos primero y ahogarnos después. Suena exagerado, lo sé. Pero cuando realmente logro captar con palabras eyectadas a través del teclado, lo que pasa por mi cabeza, me estremezco y no puedo dejar de pensar. Uno suele sorprenderse cuando logra exteriorizar de alguna forma aquello que se percibe en el ambiente. Aquello que es absorbido por nuestra mente; pero que se hace difícil escurrirlo, traducirlo a una forma concreta.

Van a hacer dos meses desde que me animé a hacer todo lo que puede y como pude para expresar mi punto de vista político. Hoy, con los actos del domingo pasado, me fue revelada una realidad que había dejado pasar: el país está más dividido que nunca. Algo que en un principio resulta natural y entendible: es una de las virtudes de poder vivir en una verdadera democracia. Los gobiernos de décadas pasadas nos dejaron un tendal de experiencia en materia de resistencia. Eso fue real; estaban tan sucios, tan llenos de mierda, que cualquier persona con dos dedos de frente podía percibir el olor a podrido que emanaba de cada falacia que soltaban.

Me pregunto ¿y ahora qué? Se me eriza la piel cuando descifro, por lo que escucho diariamente, que muchas personas todavía reniegan de la democracia. Piden la vuelta de los militares. Es indignante. No soy de ningún partido pero fue casi como un descubrimiento, el conocer que siempre adherí a ideas de izquierda, inclusive mucho antes de saber el significado de ideas de izquierda y de pensar sobre política. En mi casa no se suele hablar de política y por eso, cuando se hace, se termina trastabillando y cayendo sobre lugares bastante simples. Quizas sea este vacio, o la convicción más profunda de que el poder no siempre es utilizado como un imán para atraer más poder, lo que me moviliza. Que puede encontrar su razón de ser como una herramienta que permite concretar cosas; y que no tiene por qué ser algo terrible si esas cosas son impulsadas por aspiraciones personales. Es más, esas cosas pueden estar motivadas por una amalgama extraña, difícil de encontrar. No sé; quizás lea demasiados comics pero sinceramente creo en el altruismo por la fidelidad a una idea. Por eso creo que habría que rever muchas de las cuestiones que tienen que ver con discursos y posturas que estuvieron circulando por ahí estos últimos ochenta días por los medios de comunicación, -cuyo principal objetivo pareciera ser socavar cualquier rastro de ideología a la vista-, y de las cuales se desprendió una avalancha de sentido común como forma de ataque.

La actual oposición, rubricada a trazos gruesos por la derecha, eligió para el acto del veinticinco de Mayo en Rosario, ciudad donde vivo, ponerse a jugar con los símbolos colectivos. En un artículo publicado en Página 12 por la periodista Sandra Russo se habla de esto: “Ni la bandera ni la escarapela son de nadie y ni la bandera ni la escarapela hacen más argentino a nadie, ni mejor, ni más honesto, ni más sincero. ¿Insistirán mucho más con este tipo de trucos desgastados? ¿Seguirán mezclando soja con nobleza, tractor con fuerza de voluntad, pollo con valentía y lácteos con coraje?” Ese texto, junto a otro, escrito por ella también, en el que se habla de la teoría del conjunto, me fueron muy útiles porque al acoplarlos me ayudaron a desenmascarar una de las trampas que nos quieren hacer creer los que hoy aseguran ser el campo. Ese es el gran truco: que sus intereses individuales se vuelvan, casi por la fuerza, colectivos. A veces, da la impresión de que estuviesen a punto de lograrlo; o al menos eso es lo que se interpreta si uno se queda con la única dirección apuntada por canales como TN, que hacen de Alfredo De Angelis, una versión 2.1 de Carlos Blumberg. Lo que quiero decir es que sus micrófonos y sus cámaras están clavados ahí, en la silueta de estos cuatro hombres, que insisten ser el campo. Nunca se va un poco más allá y así, el mecanismo, la forma elegida para remarcar y acentuar el conflicto, queda sepultada por banalidades y frases hechas para ser publicadas como títulos.

La protección e imposición de ese rasgo individualista es y será siempre de la derecha. Es lo que pretende reservarse para sí misma. Su caballito de batalla. Leer, por ejemplo, a Nacha Guevara diciendo, en el último número de Rolling Stone, que bajo una dictadura, artísticamente se tenía más libertad que con la democracia, en la que se es de la manada; y que curiosamente, había muchas más individualidades en ese período, me confirma aquello que sostenía el semiólogo francés Roland Barthes, experto en desarticular, en sacar de una zona mansa, al lenguaje y los mensajes circulantes: el sentido común trafica ideología.