Hacía tiempo que no me sentía tan enojado. La bronca me rebalsó y parte de ella está volcada acá. Nunca me sentí un chico político, lo que sea que eso signifique. Nunca me encontré pensando o hablando sobre política con nadie. No lo hice porque ahora me doy cuenta que no tenía nada adentro para decir o pensar. Con el tiempo, el vacío ideológico crecía, a la par de las ganas de descubrir cosas que me permitieran abrir los ojos e hilvanar una opinión o una idea concreta. No era el único. En la secundaria, las clases de historia rodaban envueltas en una nebulosa rebelde, como los trozitos de tizas que en algún momento pegaban en cualquier espalda o cabeza. Todos nosotros estábamos ocupados en temas bien de adolescentes con temática de lo más variopintas: quién se cogió a quien, que ropa vestir en la próxima fiesta de quince, que que bueno o que malo el nuevo video de Britney Spears y, lo más importante, en quinto año: el viaje de egresados. Creo que sería imposible desnaturalizarlo. Existe un cliché, que englobado en un día en particular, el de la primavera, bombardea los medios de comunicación gastando los cerebros: la del adolescente sonriente, una criatura soleada y asexuada. Cuando me di cuenta que nada me venía bien, que todo podía ser cuestionado porque sentía que todo se me vendía; un paquete de mentiras en oferta imposible de rechazar, hice justamente eso. Rechacé, expulse. Un lockout de estímulos, de sentidos, de emociones. No me fue nada bien.
Tampoco puedo culpar a mis padres por no haber llevado a la mesa la política. Porque ese es otro cliché. Se los culpa cuando a uno le hace clic y se siente sin estímulos. Se los juzga por haber regalado un jean por sobre otra cosa antimaterial. Yo creo que a veces, nos tenemos que hacer cargo de nosotros mismos. Esto lo creo con convicción, no como el latiguillo forro que usó Elisa Carrió en CQC para explicarles a los más jóvenes porque debemos involucrarnos en política. Puede ser tomado como un primer trabajo. Me refiero a la ardua tarea de la auto-invención, armarse, construirse a sí mismo: sacar y reemplazar partes de mi personalidad que no me gustan, casi como un auto (David Bowie dixit). Puede parecer algo inquietante, perturbador, pero le veo un sentido casi ingenuo y bello a la metáfora del auto. Para reemplazar las partes que ya no funcionan, el auto tiene que haber estado en movimiento. Tiene que haber avanzado o retrocedido hacia algún lugar. El objetivo no es ser una especie de Frankestein posmoderno, todo lo contrario. Nunca me interesó ir a mil por hora. Me gusta tomarme un tiempo para pensar algunas cosas y tratar de ver lo que fue mirado. Aquello que está tan cerca que parece imposible decodificarlo. A mi me cuesta. Si vas muy rápido, no lo podes hacer.
Ok, me estoy yendo del tema central. Decía que me siento con bronca por todo lo que se habló y se vio del tema que los medios de comunicación se empecinaron en llamar el conflicto campo-gobierno. Porque fue casi imposible escuchar o conocer el otro lado, la otra campana. Creo que el problema parte del hecho que muchas personas no aprendieron ni aprenderán jamás a ponerse en la piel del otro. Y para ser sincero, ahora que lo pienso, tampoco creo que este sea el problema. No puede ser tan simple. Para poder ver al otro, al que está al lado o en frente nuestro, no basta con esa metáfora. Tiene que haber algo más. La condición humana no puede ser tan básica. Escuchar, procesar lo que se escucha, digerirlo y ponerlo a prueba con lo que internamente pasa por cada uno, antes de atacar con el sentido común, es fundamental. El tema es que internamente parece no pasar nada. Se toma como palabra propia lo que conviene, en el momento más conveniente. Tal vez, a eso se deba la exacerbación de ese discurso rancio y patético para referirse, por ejemplo, a la imagen de la presidenta –el combo botox, ropa y cartera–, y que es aplicado a latigazos por el mismo género. Ese es otro tema para detenerse. Es de igual o mayor complejidad, porque si bien en la superficie deja en claro una postura de espaldas al gobierno, en su profundidad se esconden vestigios del desmembramiento de uno mismo, lacerado con el filo de la hostilidad, la intolerancia. Pareciera como si ni escarbando sobre lo más árido pudiera encontrarse un ápice de compasión. Explico todo esto porque es la primera vez que un gobernante me despierta señales de posible esperanza, de cambios. Me sacó de ese pensamiento cúbico que rezonga que son todos iguales, son todos corruptos. No me considero kirchnerista ni peronista ni nada, pero adhiero a las ideas, los proyectos que ambos moldearon en estos últimos años, que son empujados hacia un plano más concreto y que modifica esas señales en otra cosa. Algo que además de dejarse ver pueda también respirarse. Es nuestro turno también de abrir la mente, de no conformarnos con la “independiente versión” que imponen los medios. Cuando entendamos que los derechos son para todos los que habitamos este país, recién ahí comprenderemos el significado de la palabra ciudadanía.