Hay un libro que circula por la mayoría de los rankings de ventas de las librerías más conocidas, siempre presente entre los primeros diez o cinco lugares y que capturó mi atención. No el libro en sí, sino el hecho de su poder de hegemonía de figurar en casi todas las listas de best-sellers. Es que produce curiosidad cuando, sobre todo un libro, parece querer decir desde ese lugar, algo que habla más de las personas que lo leen que de su contenido mismo. Los textos, al igual que el cine, la música, en fin; el arte en general, reflejan una época bien cristalizada, como una fotografía capturada justo en el momento en que nadie sonríe o mira a la cámara. Así, casi imprevistamente. Mucha gente buscando una misma respuesta. Hay como un grado de exigencia o al menos expectativa acopladas a la busqueda que inicia el lector de ese ejemplar que se volvió tan popular. Y más aun si es uno de autoayuda. A esos se los corporiza, se les teje y cose piernas y brazos invisibles, como una muñeca vieja y olvidada. Y es ese mismo acto de coser, de dar puntadas y de cerrar lo que define a simple vista el propósito de los libros de autoayuda. Llenar fisuras, heridas, tapar miedos, inseguridades. En fin, suturar vacíos. Demasiados requerimientos para cargar sobre el lomo de un mero libro.
Se llama “El secreto” y es de una tal Rhonda Byrne. En él se habla sobre una supuesta ley de atracción que promete conseguir todo lo que uno desee. Sandra Russo lo definió a la perfección. “Este libro yo creo que debería leerlo cuanto piquetero o marginal pueda: que deseen la casa o el asfalto, el trabajo o la tira de asado. Háganlo con mucha, mucha fuerza. Que lo visualicen con mucha fuerza: se hará. Y si no se hace, bueno, no todo el mundo desea una vida digna con suficiente intensidad.” Este libro como muchos otros del mismo género está colgado de una rama ideológica de un árbol muy alto, imposible de alcanzar, al menos para mí. Desde esa idea de refugio que se propone, de resguardarse de “los otros” que somos el resto, fuera del reino de la autoayuda, es que se produce una grieta por donde se filtra como mínimo pensamientos conservadores. No soy pesimista, pero creo que a veces las heridas es mejor dejarlas abiertas. Porque es una de las formas de poder conocer el dolor y sobreponerse a partir de ese conocimiento y aprendizaje. (¡Ja, me salió una de autoayuda!)
A Cormac McCarthy me lo presentó Mariana Enríquez, escritora, periodista y una de mis favoritas. Sentadita desde su columna del programa televisivo “Dejamelo Pensar”, con su belleza a lo Elena Bonham Carter. Escribe desde Rolling Stone: “McCarthy no tiene piedad: agarra de los pelos y obliga a mirar, a sentir, sin renunciar jamás a la forma, a un estilo bello y abigarrado” y así es. En “La Carretera”, su última novela, hay mucho dolor, oscuridad y desesperanza. Y al mismo tiempo permite descubrir enterrada una belleza asimétrica. No superficial porque atraviesa la piel y llega directo al hueso. La profusión de la descripción del paisaje gótico que recorren los protagonistas, un padre y su hijo, por momentos sofoca, te aplasta. Retrata las posibilidades de un futuro con un realismo descarnado, desgarra, conmueve.
No pretendo trazar una comparación entre la sabiduría de McCarthy y lo de Byrne. Sería ridículo, imposible e injusto. Simplemente escribo pensando que desde la comodidad de nuestro mundo ordenado y previsible, muchas veces nos perdemos de captar ciertas cosas que describen realidades y verdades más acertadas y, porque estén alejadas de la liviandad que viaja sobre cualquier ley de atracción, no significa que vayan a rompernos. De cualquier manera, descubrir que existe la habilidad para reconstruirse ante cualquier golpe, a veces es necesario.
Un Comentario
Bueno, anduve de nuevo por acá…y no logro tener idea de porque decis que soy la unica visitante.
Habia visto este libro por ahi pero nunca me detuve a saber de que se trataba, en lo personal detesto los libros de autoayuda y esta descripcion que haces del contenido del secreto lo deja totalmente afuera de mis hábitos de lectura.
En cuanto a lo de las heridas abiertas opino igual que vos. Voy a ver si en mi próxima vuelta por la Biblioteca Argentina encuentro algo de este escritor que nombras.