Una de mis preocupaciones como posible futuro diseñador digital (porque a pesar de rendir exámenes y presentar trabajos para poder recibirme dentro de muy poco tiempo, no logro entrever eso que me permita concebir a la carrera como una profesión estable. ¿Cuantas profesiones hoy en día son estables, no? Creo que a veces no siempre depende de uno; por más que hagamos todo lo que esté o no a nuestro alcance.) es contar con la certeza o al menos la oportunidad de poder tener algo que decir.
En el ámbito que me muevo en ocasiones percibo que el objetivo principal es estar a la moda, ser cool. Es que parte del diseño reside ahí, flotando entre lo superficial y lo subjetivo, en lo creativo, en lo original, en lo nunca antes visto para lograr un impacto visual. La sorpresa justamente es una de las artes del diseño, junto con la promesa y la mentira, el artificio y la ilusión. Es cierto que esta es otra forma de “comunicar”, de construir un modo de lectura; pero creo que sólo limitarse a un aspecto, a un sentido de esta ¿disciplina? Es quitarle el cuerpo, el compromiso a poder plasmar algo que además de mostrar la silueta de una época pueda funcionar como disparador reflexivo. Que sorprenda, si, pero a través de lo que no se ve o no se dice. De ahí, puede nacer algo interesante.
En el libro “Sistemas de Identidad” el diseñador gráfico Carlos Carpintero propone formular preguntas cuyas respuestas permitan generar estrategias para revalorizar los significados, hoy ausentes en marcas. Lo hace a partir de una especulación: “en la marca muere la lengua”. Habla sobre la dictadura de los significantes; que conlleva, según él, a una nueva enfermedad. Se refiere a la logorrea, que contagia a la sociedad al producir esos gráficos tan modernos y alucinantes que lo único que saben decir es que atrás de ellos hubo alguien que los supo diseñar y nada más. Su propuesta se opone a atenerse únicamente a la práctica porque hacerlo implicaría subestimar el rol de los diseñadores gráficos como agentes sociales. En cambio, entre algunos de los componentes para el antídoto se encuentran el enfoque del diseño hacia la filosofía y las ciencias sociales.
¿Cómo lograr un balance, un equilibrio que nos permita conocer y aceptar la realidad alumbrada por Carpintero sin menospreciar nuestra visión personal de las cosas al sentir que se contribuye al diseño de un estereotipo, un cliché que, desde los medios de comunicación, pregona que la imagen no puede hablar? Comencé a leer a Roland Barthes, semiólogo francés. Algo de él habíamos visto en “semiótica de la imagen” una de las asignaturas de la carrera que cursé. Su mirada siempre sorprendente sobre lo cotidiano me impactó. Cuando la mayoría de nosotros damos por sentado aquello que nos rodea, eso que nos es servido en bandeja, que son todos los elementos que conforman nuestra cultura, Barthes toma una lupa y perfora hasta llegar al núcleo para presentarnos otra realidad, otra manera de ver, interpretar y pensar las cosas. Y creo que es en esta idea donde reside ese balance que busco, que me va a permitir relajarme y no sentir que más que una batalla por el lenguaje, se trata de una batalla por la estética. El contenido, mientras menos objetivo sea, más posibilidades poseerá para resonar en otras mentes, distintas entre sí pero unidas por algo en común: el pensar al diseño como herramienta transformadora, capaz de desencapsular ideas y pensamientos.