La temática es recurrente. Me doy cuenta de que sin quererlo, termino hablando siempre sobre lo mismo. Solo: un diálogo con mi cabeza o el papel; o con amigos: el teléfono y el MSN a veces sirven como canalizadores de vómitos. Esos momentos egoístas, en los que hay que largar todo y que surgen, como la lava de un volcán, tan abruptamente que no hay tiempo para arreglar una reunión, llegar hasta su casa y discutirlo en profundidad. De cualquier manera, sé que se volverá sobre lo mismo cuando nos veamos para comer afuera antes o después de ir al cine. Tal vez sea momento de darles un respiro y visitar a un analista. Los extremos quizás no sean tan buenos como creía. Probablemente los extremos no existan ya que los cruzamos automáticamente en un abrir y cerrar de ojos. Entre un punto y otro parece existir una inacabable distancia; lejos no pueden verse ni tocarse. Y sin embargo estoy a punto de cruzar de un solo paso, el límite que separa algo que me interesa y que me atrae, de algo que me falta y me obsesiona. Es que no encuentro a nadie con dos dedos de frente que me pueda explicar que mierda es el amor. OK, seguramente me dirán que el amor se siente, no se explica. Creo que esa es una forma cursi de escapar silenciosamente de la situación y de ocultar la vergüenza y la humillación que nos produce cuando la realidad nos escupe en la cara un pedazo crudo de ella misma, de sus entrañas que saben a la triste verdad y por eso cuesta digerirla. Ya nadie parece saber o siquiera reparar en el significado de esa emoción llamada amor.
Desconocer ciertos temas, ignorar una situación, un hecho o lo que sea, es como dormir un sueño profundo como el de la princesa del cuento. Necesitamos que algo o alguien nos despierte. El beso es irrelevante. El acto de querer despertarnos con un sutil zarandeo en el hombro, deja marcado explícitamente un interés ajeno por arrancarnos las telarañas de lo cotidiano, adheridas como costras en la piel. Es querer romper con un eje que nos mantiene encadenados a algo invisible pero presente y al que obedecemos mecánicamente sin saber muy bien la razón. Así me sentía, más o menos, en la secundaria. En trance. Durmiendo despierto. Un zombi alegre al acecho de aquella oportunidad que se volvería única e irrepetible cuando logrará encajar y mimetizarme con el resto. Con el transcurso del tiempo, el anhelo por pertenecer había mutado a un deber, una misión kamikaze. Me dedicaba completamente a eso, y como suele pasar con las búsquedas irrefrenables cuando uno inconscientemente le impregna manchas indelebles importadas, desteñidas del sueño americano y del todo-es-posible, terminan desembocando en dos consecuencias bien definidas. No se llega al objetivo deseado pero se insiste, con la mirada miope enfocada en un lugar, en darse la cabeza contra la pared. O se consigue aquello que se busca, que para ese entonces, tras método de ensayo y error de por medio, es percibido casi como un premio, una recompensa. El problema, –bah, no sé si es un problema– es que en nuestra cultura, un premio suele estar ligado a algo material. Algo que nos presta una satisfacción más artificial e inmediata. Y lo material dura poco. Se usa, en el medio nos cansamos, se gasta y se descarta. A lo nuevo se ha dicho.
A mi me despertaron de un sacudón. Un golpe seco. Una colisión frontal entre dos momentos de mi vida. El cambio de aire, de escuela a instituto terciario se produjo casi de forma violenta, –me aseguré de no llevarme ninguna materia para no tener que pisar nunca más el colegio– pero sirvió para liberarme de un tufillo que me abría el pecho y me vaciaba por completo. Lo otro tenía que ver con el simple hecho de crecer y “madurar”, que me permitió más adelante comprender y mostrar con orgullo esas cicatrices de la adolescencia. Y entender también que las intenciones de la escuela eran buenas. El acto de poder reflexionar, pensar sobre lo que nos pasa y porque nos pasa funciona como un salvavidas; si no lo tenemos, si nadie nos lo brinda, no sabemos hacia que dirección nadar porque tememos hundirnos de un segundo a otro y ser deglutidos por el futuro.
A esta altura, ya no sé a que viene todo esto. Debe ser una pequeña pelea semántica que tuve la semana pasada con alguien que en una fiesta de cumpleaños me ofrecía, y vaya oferta si las hay, tranzar un rato. En mi país la palabra destiló por mucho tiempo una fuerte carga negativa, sobre todo en los noventas, cuando quienes tranzaban eran personas generalmente conectadas a la política, ávidas por probar un poco más del poder que ya tenían, aun cuando eso implicaba cagarse en las vidas de muchos otros. Si se afina la vista, es inevitable darse cuenta que la tranza no queda sólo reducida al ambiente político. “Bueno, te cambio la palabra, apretemos un rato” retrucó. Y ahí me cayó la ficha. La tenía más clara que yo. Él no me pudo explicar que es el amor, porque lo desconoce, y porque lo que aprendemos en realidad es a apretar; a apretar y a soltar. Perdón si la metáfora resulta burda, pero el amor hoy en día se parece al helio que se usa para rellenar los globos que se venden en parques y plazas. Parecemos globos, esperando que alguien nos apriete fuerte. Todos buscamos aferrarnos a algo, pero ante el miedo a la posibilidad de que podamos asfixiarnos y explotar, volamos eyectados por la certeza de que existirán nuevas y mejores oportunidades.
Un Comentario
Hola Andrés! Qué acertado tu comentario sobre el amor! Nunca dejés engañarte por falsos profetas o inescrupulosos practicantes del amor que dicen saberlo todo y hacerlo todo y encima bien!
Tu blog está buenísimo!!! Felicitaciones!