Archivos mensuales: Marzo 2008

Hay un libro que circula por la mayoría de los rankings de ventas de las librerías más conocidas, siempre presente entre los primeros diez o cinco lugares y que capturó mi atención. No el libro en sí, sino el hecho de su poder de hegemonía de figurar en casi todas las listas de best-sellers. Es que produce curiosidad cuando, sobre todo un libro, parece querer decir desde ese lugar, algo que habla más de las personas que lo leen que de su contenido mismo. Los textos, al igual que el cine, la música, en fin; el arte en general, reflejan una época bien cristalizada, como una fotografía capturada justo en el momento en que nadie sonríe o mira a la cámara. Así, casi imprevistamente. Mucha gente buscando una misma respuesta. Hay como un grado de exigencia o al menos expectativa acopladas a la busqueda que inicia el lector de ese ejemplar que se volvió tan popular. Y más aun si es uno de autoayuda. A esos se los corporiza, se les teje y cose piernas y brazos invisibles, como una muñeca vieja y olvidada. Y es ese mismo acto de coser, de dar puntadas y de cerrar lo que define a simple vista el propósito de los libros de autoayuda. Llenar fisuras, heridas, tapar miedos, inseguridades. En fin, suturar vacíos. Demasiados requerimientos para cargar sobre el lomo de un mero libro.

Se llama “El secreto” y es de una tal Rhonda Byrne. En él se habla sobre una supuesta ley de atracción que promete conseguir todo lo que uno desee. Sandra Russo lo definió a la perfección. “Este libro yo creo que debería leerlo cuanto piquetero o marginal pueda: que deseen la casa o el asfalto, el trabajo o la tira de asado. Háganlo con mucha, mucha fuerza. Que lo visualicen con mucha fuerza: se hará. Y si no se hace, bueno, no todo el mundo desea una vida digna con suficiente intensidad.” Este libro como muchos otros del mismo género está colgado de una rama ideológica de un árbol muy alto, imposible de alcanzar, al menos para mí. Desde esa idea de refugio que se propone, de resguardarse de “los otros” que somos el resto, fuera del reino de la autoayuda, es que se produce una grieta por donde se filtra como mínimo pensamientos conservadores. No soy pesimista, pero creo que a veces las heridas es mejor dejarlas abiertas. Porque es una de las formas de poder conocer el dolor y sobreponerse a partir de ese conocimiento y aprendizaje. (¡Ja, me salió una de autoayuda!)

A Cormac McCarthy me lo presentó Mariana Enríquez, escritora, periodista y una de mis favoritas. Sentadita desde su columna del programa televisivo “Dejamelo Pensar”, con su belleza a lo Elena Bonham Carter. Escribe desde Rolling Stone: “McCarthy no tiene piedad: agarra de los pelos y obliga a mirar, a sentir, sin renunciar jamás a la forma, a un estilo bello y abigarrado” y así es. En “La Carretera”, su última novela, hay mucho dolor, oscuridad y desesperanza. Y al mismo tiempo permite descubrir enterrada una belleza asimétrica. No superficial porque atraviesa la piel y llega directo al hueso. La profusión de la descripción del paisaje gótico que recorren los protagonistas, un padre y su hijo, por momentos sofoca, te aplasta. Retrata las posibilidades de un futuro con un realismo descarnado, desgarra, conmueve.

No pretendo trazar una comparación entre la sabiduría de McCarthy y lo de Byrne. Sería ridículo, imposible e injusto. Simplemente escribo pensando que desde la comodidad de nuestro mundo ordenado y previsible, muchas veces nos perdemos de captar ciertas cosas que describen realidades y verdades más acertadas y, porque estén alejadas de la liviandad que viaja sobre cualquier ley de atracción, no significa que vayan a rompernos. De cualquier manera, descubrir que existe la habilidad para reconstruirse ante cualquier golpe, a veces es necesario.

Una de mis preocupaciones como posible futuro diseñador digital (porque a pesar de rendir exámenes y presentar trabajos para poder recibirme dentro de muy poco tiempo, no logro entrever eso que me permita concebir a la carrera como una profesión estable. ¿Cuantas profesiones hoy en día son estables, no? Creo que a veces no siempre depende de uno; por más que hagamos todo lo que esté o no a nuestro alcance.) es contar con la certeza o al menos la oportunidad de poder tener algo que decir.

En el ámbito que me muevo en ocasiones percibo que el objetivo principal es estar a la moda, ser cool. Es que parte del diseño reside ahí, flotando entre lo superficial y lo subjetivo, en lo creativo, en lo original, en lo nunca antes visto para lograr un impacto visual. La sorpresa justamente es una de las artes del diseño, junto con la promesa y la mentira, el artificio y la ilusión. Es cierto que esta es otra forma de “comunicar”, de construir un modo de lectura; pero creo que sólo limitarse a un aspecto, a un sentido de esta ¿disciplina? Es quitarle el cuerpo, el compromiso a poder plasmar algo que además de mostrar la silueta de una época pueda funcionar como disparador reflexivo. Que sorprenda, si, pero a través de lo que no se ve o no se dice. De ahí, puede nacer algo interesante.

En el libro “Sistemas de Identidad” el diseñador gráfico Carlos Carpintero propone formular preguntas cuyas respuestas permitan generar estrategias para revalorizar los significados, hoy ausentes en marcas. Lo hace a partir de una especulación: “en la marca muere la lengua”. Habla sobre la dictadura de los significantes; que conlleva, según él, a una nueva enfermedad. Se refiere a la logorrea, que contagia a la sociedad al producir esos gráficos tan modernos y alucinantes que lo único que saben decir es que atrás de ellos hubo alguien que los supo diseñar y nada más. Su propuesta se opone a atenerse únicamente a la práctica porque hacerlo implicaría subestimar el rol de los diseñadores gráficos como agentes sociales. En cambio, entre algunos de los componentes para el antídoto se encuentran el enfoque del diseño hacia la filosofía y las ciencias sociales.

¿Cómo lograr un balance, un equilibrio que nos permita conocer y aceptar la realidad alumbrada por Carpintero sin menospreciar nuestra visión personal de las cosas al sentir que se contribuye al diseño de un estereotipo, un cliché que, desde los medios de comunicación, pregona que la imagen no puede hablar? Comencé a leer a Roland Barthes, semiólogo francés. Algo de él habíamos visto en “semiótica de la imagen” una de las asignaturas de la carrera que cursé. Su mirada siempre sorprendente sobre lo cotidiano me impactó. Cuando la mayoría de nosotros damos por sentado aquello que nos rodea, eso que nos es servido en bandeja, que son todos los elementos que conforman nuestra cultura, Barthes toma una lupa y perfora hasta llegar al núcleo para presentarnos otra realidad, otra manera de ver, interpretar y pensar las cosas. Y creo que es en esta idea donde reside ese balance que busco, que me va a permitir relajarme y no sentir que más que una batalla por el lenguaje, se trata de una batalla por la estética. El contenido, mientras menos objetivo sea, más posibilidades poseerá para resonar en otras mentes, distintas entre sí pero unidas por algo en común: el pensar al diseño como herramienta transformadora, capaz de desencapsular ideas y pensamientos.

La temática es recurrente. Me doy cuenta de que sin quererlo, termino hablando siempre sobre lo mismo. Solo: un diálogo con mi cabeza o el papel; o con amigos: el teléfono y el MSN a veces sirven como canalizadores de vómitos. Esos momentos egoístas, en los que hay que largar todo y que surgen, como la lava de un volcán, tan abruptamente que no hay tiempo para arreglar una reunión, llegar hasta su casa y discutirlo en profundidad. De cualquier manera, sé que se volverá sobre lo mismo cuando nos veamos para comer afuera antes o después de ir al cine. Tal vez sea momento de darles un respiro y visitar a un analista. Los extremos quizás no sean tan buenos como creía. Probablemente los extremos no existan ya que los cruzamos automáticamente en un abrir y cerrar de ojos. Entre un punto y otro parece existir una inacabable distancia; lejos no pueden verse ni tocarse. Y sin embargo estoy a punto de cruzar de un solo paso, el límite que separa algo que me interesa y que me atrae, de algo que me falta y me obsesiona. Es que no encuentro a nadie con dos dedos de frente que me pueda explicar que mierda es el amor. OK, seguramente me dirán que el amor se siente, no se explica. Creo que esa es una forma cursi de escapar silenciosamente de la situación y de ocultar la vergüenza y la humillación que nos produce cuando la realidad nos escupe en la cara un pedazo crudo de ella misma, de sus entrañas que saben a la triste verdad y por eso cuesta digerirla. Ya nadie parece saber o siquiera reparar en el significado de esa emoción llamada amor.

Desconocer ciertos temas, ignorar una situación, un hecho o lo que sea, es como dormir un sueño profundo como el de la princesa del cuento. Necesitamos que algo o alguien nos despierte. El beso es irrelevante. El acto de querer despertarnos con un sutil zarandeo en el hombro, deja marcado explícitamente un interés ajeno por arrancarnos las telarañas de lo cotidiano, adheridas como costras en la piel. Es querer romper con un eje que nos mantiene encadenados a algo invisible pero presente y al que obedecemos mecánicamente sin saber muy bien la razón. Así me sentía, más o menos, en la secundaria. En trance. Durmiendo despierto. Un zombi alegre al acecho de aquella oportunidad que se volvería única e irrepetible cuando logrará encajar y mimetizarme con el resto. Con el transcurso del tiempo, el anhelo por pertenecer había mutado a un deber, una misión kamikaze. Me dedicaba completamente a eso, y como suele pasar con las búsquedas irrefrenables cuando uno inconscientemente le impregna manchas indelebles importadas, desteñidas del sueño americano y del todo-es-posible, terminan desembocando en dos consecuencias bien definidas. No se llega al objetivo deseado pero se insiste, con la mirada miope enfocada en un lugar, en darse la cabeza contra la pared. O se consigue aquello que se busca, que para ese entonces, tras método de ensayo y error de por medio, es percibido casi como un premio, una recompensa. El problema, –bah, no sé si es un problema– es que en nuestra cultura, un premio suele estar ligado a algo material. Algo que nos presta una satisfacción más artificial e inmediata. Y lo material dura poco. Se usa, en el medio nos cansamos, se gasta y se descarta. A lo nuevo se ha dicho.

A mi me despertaron de un sacudón. Un golpe seco. Una colisión frontal entre dos momentos de mi vida. El cambio de aire, de escuela a instituto terciario se produjo casi de forma violenta, –me aseguré de no llevarme ninguna materia para no tener que pisar nunca más el colegio– pero sirvió para liberarme de un tufillo que me abría el pecho y me vaciaba por completo. Lo otro tenía que ver con el simple hecho de crecer y “madurar”, que me permitió más adelante comprender y mostrar con orgullo esas cicatrices de la adolescencia. Y entender también que las intenciones de la escuela eran buenas. El acto de poder reflexionar, pensar sobre lo que nos pasa y porque nos pasa funciona como un salvavidas; si no lo tenemos, si nadie nos lo brinda, no sabemos hacia que dirección nadar porque tememos hundirnos de un segundo a otro y ser deglutidos por el futuro.

A esta altura, ya no sé a que viene todo esto. Debe ser una pequeña pelea semántica que tuve la semana pasada con alguien que en una fiesta de cumpleaños me ofrecía, y vaya oferta si las hay, tranzar un rato. En mi país la palabra destiló por mucho tiempo una fuerte carga negativa, sobre todo en los noventas, cuando quienes tranzaban eran personas generalmente conectadas a la política, ávidas por probar un poco más del poder que ya tenían, aun cuando eso implicaba cagarse en las vidas de muchos otros. Si se afina la vista, es inevitable darse cuenta que la tranza no queda sólo reducida al ambiente político. “Bueno, te cambio la palabra, apretemos un rato” retrucó. Y ahí me cayó la ficha. La tenía más clara que yo. Él no me pudo explicar que es el amor, porque lo desconoce, y porque lo que aprendemos en realidad es a apretar; a apretar y a soltar. Perdón si la metáfora resulta burda, pero el amor hoy en día se parece al helio que se usa para rellenar los globos que se venden en parques y plazas. Parecemos globos, esperando que alguien nos apriete fuerte. Todos buscamos aferrarnos a algo, pero ante el miedo a la posibilidad de que podamos asfixiarnos y explotar, volamos eyectados por la certeza de que existirán nuevas y mejores oportunidades.