Hollywood ama el cine catástrofe. La idea de un desastre a gran escala desatándose sobre, casi siempre Nueva York, puede resultarle estimulante a la industria del cine en masa que lo produce y liberadora al público que la consume. El 11/9 significó ese desastre que nadie esperaba y que sumió a los norteamericanos a un estado de tristeza y paranoia; un cóctel explosivo que marcó una línea que dividiría para siempre el pasado y el presente. Desde entonces, la imagen postal que proyectaba Nueva York comenzó a deshacerse como un espejismo para dar lugar a un núcleo poderoso y frágil, compacto y diverso; que parece concentrar en su interior múltiples campos de batalla. Algunas peleas son diarias, otras pequeñas, otras estuvieron siempre presente pero ahora se intensificaron: “la ciudad habitada por los estratos más bajos, es para ellos el escenario donde se libra la lucha por la supervivencia y por una vida decente, que puede ganarse o perderse” dice Zygmunt Bauman, sociólogo alemán, al contrastar las preocupaciones de las distintas clases sociales en la ciudad, en cualquier ciudad y como esto influye, inevitablemente, en la relación entre estos dos mundos cada vez más desconectados entre si . “la gente del estrato superior esta despreocupada por los asuntos de su ciudad, porque sus preocupaciones flotan en otra parte”.
Las preocupaciones de Hollywood también flotan en otra parte. Detrás de los films ubicados en el subgénero catástrofe, se podría leer que, cuando un grito ensordecedor y portador de sueños y esperanzas se vuelve colectivo, se multiplica hasta encontrarse y reflejarse en los lugares o voces menos pensados; este obtiene la fuerza necesaria para ir en contra del sentido común y producir un cambio. Un cambio que puede desbaratar los cimientos sobre los que se erigieron nuestra cultura y sociedad moderna. Suena demasiado idealista, pero yo creo que de esto están hechas las verdaderas revoluciones. Las que comienzan desde un micropunto y que a veces, se transforman en bolas de nieve. En 2006, el director coreano Joon-ho Bong logró lo que, al menos en este último tiempo en el cine mainstream, parecía imposible: que una película de ciencia ficción tuviese alma. “The Host” era protagonizada por un monstruo que actuaba como disparador para una historia mucho más compleja que hablaba sobre la condición humana y sus malabares en los tiempos que corren.
Fui al cine con unos amigos a ver “Cloverfield”, acá retitulada como “Monstruo”. Fui porque soy fanático de la ciencia ficción y porque la película, a través de una brillante campaña de promoción en la que se incluía un trailer donde la cabeza de la estatua de la Libertad volaba y aterrizaba en pleno Manhattan, había logrado captar mi atención. El eje central de la película en un primer momento me pasó por al lado y no lo vi porque me distraje con otra cosa. En plena era YouTube, Fotolog, MySpace, etc. donde la vida privada del otro habla más de nosotros, el que mira, que del que se expone, es común que necesitemos la televisión o el celular para ver al monstruo; aun cuando este puede estar al lado nuestro. Lo que me distrajo del “mensaje” fue el hecho de que los realizadores no hayan reparado en la idea de identificación con el espectador. En mi, por lo menos no funcionó. Si, seguramente los retratados en el film son personas comunes que, de un momento a otro, a partir de los hechos ocurridos, logran replantearse cosas sobre su vida; como si eso bastara para que los adoptemos como nuestros alter egos. Los primeros 15 minutos me resultaron una especie de tortura china. No había nadie por quien sentir algún grado de empatía.
Esto me confirmó que muchas veces a la televisión o, en este caso el cine, hay que verlo como testigo omnisciente de lo que falta afuera y no lo que sobra. Si “Friends” funcionó como lo hizo se debía, en parte, a la relación y el sentido de amistad utópica que representaba. Lograba que uno, quisiera estar ahí, con ellos. (Yo, en especial, con Phoebe) O con Frodo y Sam, de “El Señor de los Anillos”, cuyos lazos sobrepasaban el cliché homoerótico para plantear una relación de amistad inquebrantable, sin conveniencias. Hoy lo que sobra afuera son los ataques de pánico, la agorafobia, el narcisismo, la falta de autoestima, en fin, mecanismos que consciente o inconscientemente nos aíslan del otro. Puedo decir, para ser más justo, que inclusive el solo hecho de haber nacido en esta época, nos hace evaluar casi todo en las balanzas de riesgos, costos y beneficios. Parece estar en nuestro ADN. Quizás, también haya que pararse en frente y verlo desde el otro lado. En ese caso, el acierto de “Cloverfield” sea su perfecto boceto de la sociedad líquida en la que nos encontramos y que, una vez lejos los ideales, queda la sensación de que Hollywood disfruta de hacer explotar Nueva York, simplemente por el hecho de hacerla explotar.