Acepté rápido, sin pensarlo demasiado y, así, fue que me convencieron. Creo que lo primero y único que se me cruzó por la cabeza fue que podía significar una aventura. Y lo es: las vacaciones en familia son siempre una aventura. Aunque supongo que depende de uno el buscar y encontrar entre todo aquello que conocemos o creemos conocer, –eso que nos huele familiar y que otras veces lo percibimos como si se tratase de un espejo que nos devuelve imágenes, gestos, ideas, pensamientos y costumbres que sabemos inconscientemente no nos pertenecen; y sin embargo ahí están; a la espera de que los incorpore y me parezca un poco a ellos o decida quebrar el cristal para descubrir que hay atrás del espejo– algo que nos presente una visión distinta a la que teníamos antes. De eso, creo, son de lo que están hechas las pequeñas aventuras cotidianas. Quizás no importe el destino, es el trayecto lo que puede lograr que una simple situación o un simple hecho transformen la forma de ver y sentir ciertas cosas.
Así que acá estoy, en la playa de un agradable pueblo discutiendo con mi madre. Rehusándome a que las marcas del sol aniden en mi piel cubierta de protector solar. Una estatua viviente. Ella no entiende. Yo entiendo que no entienda: ¿uno a que va a la playa? Parece que a tomar sol y a meterse al mar. Todavía no me puse a pensar que hay detrás de una playa. Atrás de ese color brillante y resplandeciente que, como un escudo de bronce, cubre las pieles de los cuerpos dispuestos a estar de pie o acostados por horas y horas bajo el sol; como si esperaran una señal proveniente desde el cielo, de la diosa del bronceado eterno. O como si entablaran conversaciones telepáticas con alguien o algo no presente. O nada de eso; disfrutar de un poco de aire puro, tomar mates, conocer gente y charlar sobre banalidades, mirar y que nos miren. Un par de tetas por aquí, un culo por allá y un bulto por ahí. Ese escudo sobreprotege, sí; pero a la vez, como el agua del mar, baña de esperanza. Yo lo reconozco: soy un plomo. “Es uno de tus caprichos superficiales que tenés para rebelarte contra algo” me dicen. Debe ser cierto. ¿Y que? En definitiva, se reduce a una cuestión estética personal. Así como yo prefiero aferrarme a mi blanco-casting-de película- de Tim Burton otros se sentirán atraídos por un bronceado musculoso, perfecto. Lo que vino después fue un golpe que no esperaba.
“Sos un viejo de setenta años en el cuerpo de un chico de veintidós”. Disparó mi madre. No le contesté. Las palabras quedaron atrapadas adentro mío y, pensando, descubrí que detrás de esa frase hecha, existen realidades que chocan opuestamente. La juventud está devaluada y sobrevalorada simultáneamente. La imagen que mejor nos define es la de una botella de gaseosa: somos retornables y descartables en tantos aspectos. Vamos, venimos, amamos, odiamos, pensamos, disfrutamos todo a velocidad luz; como si nada de eso lo volviéramos a hacer jamás. Al mismo tiempo, ese instinto en nosotros, ese rasgo indeleble de la juventud se convierte en un tesoro secreto anhelado por muchos/as. En “La muerte le sienta bien”, –esa comedia negra bastante genial que supo retratar, a base de estereotipos, una década del 90 hiperplástica– el elixir de la juventud, la posibilidad de ser joven y así permanecer por siempre, venía condensada en un pequeño frasco. Más de 15 años después y en una época que se caracteriza por abrir y consumir envases de todo tipo ese deseo permanece intacto, no envejeció. Ya no sorprenden las estadísticas que hablan de cirugías estéticas aplicadas en mujeres y hombres; o programas de televisión que, sobre esa temática, alimentan tanto el morbo como la curiosidad, porque la presión por competir en una carrera hacía una meta imposible, inexistente, dejó de ser una cuestión de género y edad. Los jóvenes también nos exigimos ser más jóvenes de lo que somos. De ahí se ramifican algunos de los síntomas de estas últimas décadas: síndromes como el de Dorian Gray o Peter Pan ya no son marca registrada de Michael Jackson; y la extensión de la adolescencia hasta los treinta y pico de años, si bien anclada en cuestiones más individuales está conectada con algo que subyace fuera nuestro, en el ambiente. Nuestra cultura exprime hasta la ultima gota, después envasa y promociona todo lo nuevo, moderno, original, lo virgen; y esconde en el ropero, como un placer culposo, “lo viejo”. Por que el combo perfecto seguro se vendería así: agilidad física acompañada de una piel tersa y abundante cabello sin canas más la experiencia obtenida por la vida vivida. Pocos querrían habitar en la mente atribulada de algún adolescente con inseguridades, miedos y preguntas. Es como si existiera un umbral, una barrera que determina, según nuestras actitudes, personalidades y puntos de vista cuando una persona joven es joven y no un amargo, embole, raro o viejo de setenta. Sólo hay que cruzarlo para caer en las categorías antes mencionadas.
Desde un ángulo un poco más edificante puedo decir que a veces es divertido y necesario tanto el envase como salirse del mismo. El hecho de palpar el panorama permite generar, desde una perspectiva más amplia, una multiplicidad de estrategias para enfrentar situaciones, hechos o personas. Mis intentos por tratar de encajar en alguna parte y nunca lograrlo podría ser mi eslogan y el envase terminaría representando un símbolo de inconformidad y de lucha contra todo lo naturalizado, lo sobreentendido, lo ya supuesto; en fin, el lugar común. Sentirse que uno está envasado en definitiva es lo que permite dar el primer paso para iniciar un cambio.