Parece que no hay lugar para nosotros. Están los machos alfa con su virilidad desactualizada, casi al borde de la extinción y, en el otro extremo los sensibleros románticos y su “prosa” a lo Ricardo Arjona. ¿Y los que no nos identificamos con ninguno de ellos? ¿Adonde caemos? ¿Qué nuevo rótulo se inventará? Reconozco que hay que hacerse cargo, las etiquetas no aparecen solas: los metrosexuales son un signo de nuestra época, por ejemplo. Me puse a pensar un poco sobre todo esto¿que esperan hombres y mujeres de ellos mismos? ¿Que espera una mujer de un hombre? ¿Y el de ella?a partir de un artículo periodístico escrito por Marta Dillon para la revista Rolling Stone donde acá presento un fragmento. Si bien cambiaron muchas cosas, todavía a las mujeres se les hace difícil muchas otras (sobre todo en el “terreno” laboral donde aun muchos piensan que una mujer no debe ni puede “embarrarse”.) No soy un chico feminista, tampoco machista. Rescaté este artículo porque sintonizó inmediatamente con mis ideales: para mí, hombres y mujeres somos iguales.

Hay sitios en los que los mandatos de genero se reconocen en un abrir y cerrar de ojos; y no son los talleres mecánicos (esas cuevas actualizadas del hombre de Neanderthal). Jugueterías, de eso se trata. Una se asoma y ¡listo!: las góndolas rosa chicle o rosa Barbie son las destinadas a las nenas; las demás, multicolores- aunque con profusión de plateados y verde militar-, son para los nenes. Así de fácil es saber lo que se espera de una niña y de un varón. Ellas, princesas; ellos, aguerridos combatientes, conductores de camiones, granjeros o exploradores del espacio. La oferta para nenas es así de magra, aunque padres y madres se rebelen y ahora se auspicie el fútbol mixto o se trate de borrar del vocabulario eso de las chicas machonas que corren de más en los recreos. Así se modela el género, que no es el sexo sino una cantidad de atributos que se cuelgan de esa distinción orgánica que señala a una hembra o a un macho humano. La televisión, por caso, también hace lo suyo. Desde la publicidad, desde los programas de entretenimientos más populares, se modela un lugar para ellas y otro para ellos. Las primeras dan de comer a sus hijos, se enamoran de un jabón en polvo, sudan para bajar de peso o se tapan la boca con tal de no quebrar la dieta. Los varones conducen programas, hacen preguntas incisivas y no tanto, reflexionan, miran a las mujeres. El panorama, puesto aquí en blanco sobre negro, viene cambiando, es cierto. Y aún así a nadie sorprende que las primeras fantasías de una nena cuando se le pregunta qué quiere ser cuando sea grande sean modelo, bailarina, maestra, mamá. Porque esa es la oferta mayoritaria para ellas. Pero cuidado: las fichas de este tablero prolijamente estructurado se desbarataron el 28 de octubre de este año. La patada fue contundente y ha sido dada por dos mujeres que, oh casualidad, esa noche vestían llamativamente iguales, llamativamente femeninas para el lugar que ocupaban. Ni traje sastre ni colores oscuros: grandes flores rosadas sobre vestidos blancos para Cristina Fernández de Kirchner y Elisa Carrió, respectivamente, la futura presidenta o presidenta electa y la autoproclamada jefa de la oposición. Mujeres ambas, responsables, cada una a su manera, de que entre la batería de sueños de las nenas de las próximas generaciones habite uno nuevo, un sueño que se refleja en el pulido espejo de la realidad contante y sonante: el de ser algún día presidentas.

Puede parecer poco para quienes esperan cambios a corto plazo, pero ¿pero cómo calificar de poco la capacidad de moldear las ambiciones de las generaciones que vendrán? Ese capital simbólico que aporta una mujer en la presidencia dejará marcado el año 2007 en la historia argentina; lo que vendrá, en todo caso, se mimetizará en el balance de gestión, cuando ya la novedad de la presidenta con “a” al final se haya domesticado. Pero aún entonces, la marca inaugural sobrevivirá.[…]

Las páginas del día después están por escribirse, pero de algo no hay que dudar y es del poder simbólico que tiene una mujer ahí. Millones de niñas pueden rubricarlo; y millones de niños también. Tendremos que acostumbrarnos a que el mundo tiene que hacer espacio para las que desde hace siglos promueven una revolución que desbarata tanto las camas, las casas como las plazas: las mujeres. Y ellas –ella también deberán entender que una del género –como dijo en su primer discurso ya electa llegó al poder y que la responsabilidad es doble. Por presidenta, si, pero también por mujer.

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