“Hola, ¿edad? ¿zona?” Esas tres palabras así, encadenadas, sugieren un mundo que muchas veces me intrigó lo suficiente como para intentar formar parte de el; pero son intentos que se evaporan ni bien aparecen en la pantalla esas tres primeras palabras, una debajo de la otra. En ese planeta del ciberespacio no hay lugar para formalidades, para el ¿como estás?; todos ahí se convierten en un pequeño discurso de palabras vacuas y previsibles que a veces, con un poco de azar y sobre todo suerte, dejan entrever algo más entre eso que fue escrito. Una personalidad, una identidad. Claro que esto es lo de menos. No se busca a alguien con quien conectarse a otro nivel, ni más alto ni más bajo. Otro. Uno que permita que esas palabras se conviertan en una voz. Una voz que estaríamos dispuestos a escuchar porque algo, en alguna parte de nosotros, nos dice que esa voz es distinta. Y esa diferencia es la que buscamos. Con la que nos identificamos. Nada de esto es relevante en los salones de Chat casuales. Ahí, el premio por la perseverancia de pasar de un cuadro de dialogo -con un nombre o un nick que mayoritariamente sugieren las tentaciones más inimaginables o los deseos más calientes- a otro hasta dar en la tecla, es nada mas ni nada menos que un poco de sexo a la carta.
Muchos encuentran estimulantes esta forma de cortejo que, si está perfectamente ejecutada, brinda sus frutos. A mi particularmente me cuesta un poco. Para participar parece necesario construir un personaje. Uno que duplique o, si es posible, triplique en todo sentido a tu yo. Hay que pelar y apelar a una pseudo-exposición y a la doble moral. Si no lo haces sos un embole. Casi como el reality de los grandes hermanitos. Y es que las cámaras, esas chiquitas y redonditas que por lo general se colocan sobre el monitor o cpu, eventualmente forman parte de la cita a ciegas y se convierten en testigos de uno de los signos más bizarros de nuestra época: sexo virtual. Cuando ya no hay foto o descripción física que valga y la distancia es una barrera que distrae; los cuerpos se convierten en canciones en formato mp3; una vía digital, virtual donde las sensaciones, los cosquilleos sólo penetran por uno de nuestros sentidos. Dejando el tacto, el roce a la intemperie.
Tengo que reconocer que no tengo nada en contra del sexo casual per se. Es interesante por un tiempo. Una etapa, creo. Hay una combinación de misterio y miedo que lo hace tanto atractivo como peligroso. Después deja de ser un desafío. En realidad, ahora que lo pienso el sexo casual no representa un desafío. Por algo también se lo conoce como sexo fácil. Con un poco de calentura, un Mouse y cero sensibilidad parece alcanzar. El desafío esta en jugársela por alguien y poder construir algo. Una historia. Parece que en esta época a todos nos cuesta concretar cosas y por eso tenemos muchas historias. Gran parte de ellas son conseguidas tan fácilmente que a veces, pasado el tiempo, casi ni nos acordamos de esas calenturas que tuvimos. Y quizás esa imposibilidad de apilar más de un sentimiento por una sola persona es la que inexorablemente nos lleva, la que nos succiona como un huracán de pasiones, al frente de un monitor. Con la respiración lenta, casi nula, acompañada de un par de parpadeos nomás. Tal vez con la inocencia o la esperanza de que eso nos habilite a experimentar con esa emoción que muchos llaman amor. Con el anhelo de vivir una historia y que la voz quiebre y cruce la pantalla para hacernos sentir que esto tiene sentido.
Parece que no hay lugar para nosotros. Están los machos alfa con su virilidad desactualizada, casi al borde de la extinción y, en el otro extremo los sensibleros románticos y su “prosa” a lo Ricardo Arjona. ¿Y los que no nos identificamos con ninguno de ellos? ¿Adonde caemos? ¿Qué nuevo rótulo se inventará? Reconozco que hay que hacerse cargo, las etiquetas no aparecen solas: los metrosexuales son un signo de nuestra época, por ejemplo. Me puse a pensar un poco sobre todo esto
En mi lista (imaginaria) de “cosas que probablemente nunca haría” flotaba “tener un blog”. No me malinterpreten: tengo 22 años. La revolución tecnológica, cultural, política que significó Internet siempre me fascinó y me preocupó. Soy Introvertido de naturaleza y, naturalmente Internet representa para mí un escape y, simultáneamente, una perdición. Mi mambo no era el soporte, el camino a tomar. Tenía que ver con el contenido, con llegar a algún lugar. Vamos, no soy muy interesante que digamos. ¿De que voy a escribir? ¿De que puedo hablar? ¿Adonde quiero ir? (¿demasiado existencialista o cero autoestima?) Sin embargo, acá estoy. Y creo que el hecho de que “esté acá” tiene que ver, justamente con mis mambos. Mis miedos. Ahí me hizo clic y saqué algunas conclusiones que derivaron en preguntas. Esas personas que escriben por escribir, no porque sea su trabajo y las que si. Esas que lo hacen esporádicamente, sin ningún tipo de reconocimiento del mundo exterior y las que si… ¿escriben desde la falta? ¿Desde sus miedos? ¿La escritura surge de una batalla interna? Creo que si. Suele decirse que escribir, es una forma de exorcizar demonios. De desahogarse de algo que nos impide salir a la superficie, al exterior. Quizás porque a veces estamos demasiado inmersos en nuestro interior. Estas ideas que descubrí mientras pensaba que y como escribir se fueron solidificando hasta construir un puente que me permitió conectar con otras cosas, antes sin argumentos, que volaban por ahí, en mi cabeza. Me había decidido por un lugar a dónde ir. Estas ideas? son como pequeñas verdades que me fueron reveladas casi como por arte de magia (nada por aquí, nada por allá y, de repente… PUM! verdad revelada) y que componen una especie de universo personal. Existen miles de maneras (algunos aprenden a bailar tango, otros hablan en inglés, algunos se broncean al sol, y muchos otros aspiran a hacer todo esto y más) pero creo que esta particularmente, la escritura, es la forma más simple, compleja e impactante de conocer, de ver y mirar aunque sea un poco del universo del otro.