Hace poco escribí un post que titulé Crisis. En él intente hablar sobre como a veces las palabras funcionan como mecanismos para poner en marcha una operación de poder. Que como el lenguaje puede ser cualquier cosa menos ingenuo, hay que estar atento a los discursos circulantes, y en el habla cotidiana a aquello que se dice casi sin pensarlo, para poder desenmascarar “ideas” que como salvapantallas tapan pautas ideológicas en alta definición.

Cuando escribí ese texto lo hice reflexionando acerca de la necesidad de rescatar, o al menos recordar, el origen etimológico de la palabra crisis, que se acerca más al criterio indispensable para tomar o no una decisión que a la petrificación de los sentidos y los impulsos ante aquello que se vuelve inmanejable. Pero que se hace difícil, claro, porque ese concepto queda aplastado por otro; su contraparte globalizada, que encuentra su ejemplo flagrante en la actualidad. Porque me pregunto si el mercado contribuye también a acaparar y diseminar expresiones y modos de decir que luego el sentido común va recogiendo de a migajas como Hansel y Gretel en el cuento de los Grimm. Un fiel consumidor –porque sumergirse en la vida de consumo requiere de aceptar ese destino ineluctable que consiste en dejar en el ropero la noción de sujeto para vestirse con otra: la del individuo como objeto– ha aprendido que la duda, –que va carcomiendo las certezas y siembra la semilla de la incertidumbre de la que brota la inseguridad– es lo primero que reflota ante el desplome financiero. El acto reflejo esperado es el retraimiento de los bolsillos. Un modo de actuar sensato que se ha expandido a otras escenas en la que el dinero no figura ni siquiera como un doble de riesgo. El origen de muchas de las crisis matrimoniales contemporáneas, que estallan con detonadores como el tardío “no sos vos, soy yo” y todas sus variantes, pueden vincularse con el descarte de deseos que ya no satisfacen por el reemplazo y la búsqueda de otros nuevos. Es la base sobre la que reposa el concepto del capitalismo: una vez que se obtiene lo que se persigue se decidirá que lo que se obtuvo ya no sirve. El eterno esquema de la zanahoria-meta que se va corriendo de lugar nunca resultó más idiota y a su vez tan útil; en una época en la que si estamos seguros de algo eso es que no estamos seguros de nada.

La crisis como discurso nunca amparó a las verdaderas mayorías. Los golpes de estado, las más sangrientas dictaduras siempre se ejecutaron bajo el pretexto de subsanar las “crisis de la moral y la cultura”. Estas crisis bien específicas que paralizaban y hacían vomitar a la clase dominante puritana y a la institución religiosa en realidad se originaban sobre el hecho de que comenzaran a surgir e importar los derechos a la igualdad de oportunidades para el indio, para el cabecita negra, para el obrero, para la mujer, para el villero, para el puto y para cualquiera cuya vida careciera de las posibilidades de pensar en proyectos, en un futuro que los liberara de la inmediatez inhumana a la que habían sido arrojados y sometidos. La justicia social siempre hace tambalear las estructuras sociales elevadas y resquebrajadas y es en ese intento de asirse a lo que quede para salvarse quien pueda que se recurre a una retórica hipócrita y venenosa. Es el lugar común de la idea conceptual de la palabra “crisis”: anteponer a ésta un estado de normalidad, orden y control de las cosas.

Hoy quien mejor entona la nueva versión de esa vieja acusación en formato mántrico dentro de las filas de la oposición al Gobierno es Elisa Carrió. Cuando se refiere al oficialismo con el mote de “banda de ladrones” sentimos que nuestra ética queda arrinconada, la temperatura trepa y la tolerancia se desmaya porque, la verdad, ¿quién admitiría estar del lado de una banda de ladrones? El truco de magia ya no desencaja mandíbulas. Infundir sentimientos de decencia –que uno es gente como uno, gente biam ¿vio? – forma parte de las estrategias que la derecha desenrolla cada vez que los argumentos, los fundamentos, las propuestas y el debate adelgazan. Es no reconocer o hacer de cuenta que no se reconoce que el único objetivo que tienen muchas de las chicanas y denuncias espectacularizadas que se lanzan por ahí es el de ocultar una realidad que conocemos: que muchas veces la política será impiadosa con la moral. Es también volar alto, tan alto que los límites de la corrección se diluyen y dan espacio a lo injustificable, lo indefendible y al desborde. La misma Carrió en un brote de yo-contra-el-mundo aseguró que la decisión de la Cámara de Casación de excarcelar a los asesinos Aztis y Acosta fue una resolución “legal”.

Se cruzaron en una noche con música pop de fondo y tragos portentosos pero de digestión ligera; tan ligera que una tras otra las copas patinaban sobre la barra con adornos fluorescentes como si se tratase de una cinta fija puesta a funcionar al palo y el barman parecía una cajera de supermercado despachando los pedidos con efectos desinhibidores sin perder un miligramo de ritmo sincopado.

Decir se conocieron es demasiado. En todo caso es un eufemismo para el “se tuvieron ganas desde el primer segundo que las pupilas de él se llevaron puestas las de ella y viceversa”. Porque son lindos; pero re. Tanto que a uno le provoca darse vuelta y mirar para todos lados en busca de alguna cámara, algún micrófono, algo que nos confirme nuestro cuelgue en medio de la grabación de una publicidad de bebidas energizantes, o de cerveza, o de perfume importado, o de desodorante… La lista complétenla ustedes como quieran pero tengan en cuenta que el publicista tiene que ser uno muy distraído para no haber reparado en aquel  otro canon, el de la “belleza exótica”, que dicho sea de paso, de nuevo o distinto no tiene nada.

Esa debe de ser una de las virtudes de aquellos que además de lindos se jactan de serlo. La estética les hace el aguante y lo saben, por eso no dejan espacio para la duda y van por ello. En épocas en que la bandera que reza “la visión al poder” flamea alta en el cielo y de primeras impresiones glotonas que acaparan y definen toda circunstancia futura ellos están de parabienes. No se los puede culpar por eso, después de todo ¿quién no entró alguna vez, con la llave que implica haber bebido un poco de más para borronear un límite que no muerde pero cuyo ladrido nos aturde estando sobrios, a ese universo de las citas a la fugazeta condimentadas con corazones despistados? Levanten la mano.

El ejercicio del consabido cortejo se dejó hacer solo; en piloto automático con airbag incorporado por las dudas, para garantizar que cualquier posible herida sea superficial. No demandó más que el enrosque compulsivo de un rulo café y una sonrisa regulada de a clics por parte de ella y de los aires avasallantes por parte de él, que parecía perder el equilibrio y doblarse hacia adelante constantemente. Sentado al lado suyo, se debatía entre una mezcla de abrazo bufanda y el estampado de sus pectorales dorados sobre su rostro. Un corral de puro músculo puro, cero anabólicos. ¿Mencioné que él era altísimo?

La conversación la imaginaremos, aunque antes de poder hilar alguna idea que nos salve de concluir que todo esto es un gran cliché, que ya lo vimos y vivimos miles de veces, ya estará todo dicho y en menos de veinte minutos habrán llegado al departamento de ella.

En el trayecto que va del living a la cama, y mientras se desvestían uno al otro, él sin querer queriendo le pisó la punta de la cola al gato siamés, que salió disparado hacia el rincón más cercano, donde permaneció petrificado y erizado por unos segundos, para retomar su sensual andar una vez que la habitación cumpliera con su función de paso y quedara liberada de esos dos cuerpos que se las arreglaban para exudar pasión sin perder la compostura cool que los imantó desde un principio.

Disfrutaron de una madrugada de sexo salvaje… al estilo Animal Planet. Ocupados tratando de desenredarse de sus propios deseos de autosatisfacción se olvidaron de hacerle lugar al juego previo, ese que siempre abre la puerta para que el erotismo pueda asomarse y descontracturar hasta el alma. Finalizada la transacción que dejaría hasta al voyeur más experto completamente tieso –por lo bajo cero de la temperatura– él dio un par de vueltas: al baño, a refrescarse la cara y peinarse, y a la cocina donde dejó escrito, sobre un post-it amarillo pegado a un apunte de psicología, su número de celular. Se vistió y marchó a su cucha cual pichicho domesticado.

A los dos días fue él quien llamó y ella quién dejó que el ringtone con un pedacito de un tema de Sabina completara su ciclo de loops.


Conviene detenerse a pensar un poco sobre esta palabra y sus posibles significados ya que cuando empezamos a escucharla una, dos, tres veces en la radio o en la en tele o la leemos en algún diario se torna proclive a incluirla en el vocabulario cotidiano como esos chicles que uno se lleva a la boca con el único motivo de tener algo en ella. Un taxista, por ejemplo, nos puede dar cátedra de la crisis en todas sus formas y colores puesto que viene construyendo su realidad a partir de la lectura que hacen de ella los medios de comunicación con alcance masivo.

En mis peores momentos, en mis crisis de corte existencialista –que las tengo como cualquier otra persona; ese supuesto aire de superado que exhibo a veces no es más que una pose que activo para creérmela un poco más– es cuando me convenzo de que no sólo el taxista sino todos vivimos en realidades fabricadas. No pienso que sea algo terrible, al contrario, es producto de vivir en una sociedad tan moderna y compleja y que funciona colateralmente como un escudo personal para protegerse de ese modernismo y esa complejidad. Son, en definitiva, formas de ser y estar en el mundo. El problema se desata cuando esa visión personalísima no logra fundirse con el resto de las realidades que allá afuera, lejos de nuestra burbuja sostenida entre cuatro paredes, conforman una totalidad, un conjunto. A esa hay gente que la esquiva, no la soporta. Un ataque de pánico es, a mi entender, un síntoma que da cuenta de una vida sobresaturada de sí misma, replegada y ensimismada, que recibe un golpe asestado por lo real. Es un aviso. Me imagino al ataque aconsejando mientras menea el dedito índice en clave paternalista: “mirá que hay más que esto”.

Las crisis tal y como las conocemos y padecemos son las que nos arrancan el eje con el que nos mantenemos en equilibrio. Nos empujan a la intemperie para arrastrarnos a una zona de la consciencia donde no hay ropajes con los que taparse o poder disimular emociones. Desnudos, frente a un futuro que se nos escapa de las manos, reaccionamos como podemos aferrándonos a lo que queda: el presente.
En un contexto internacional de mercados que se derrumban cual avalanchas, el término “crisis” se desprendió del discurso mediático para acoplarse al habla cotidiana.

Por un lado desde el Gobierno y parte de la sociedad –al menos aquella parte que aún conserva rastros de civismo– se hizo pública la preocupación ante una eventual seguidilla de despidos y recortes en los turnos de trabajo de miles de mujeres y hombres en empresas y fábricas de diversos sectores. El proyecto de ley presentado recientemente busca mantener el crecimiento laboral y adelantarse a circunstancias que por el hecho de ser futuras no dejan de ser ciertas. Es el famoso coletazo del monstruo del capitalismo salvaje, que liberado de sus ataduras se rebela contra sus creadores y que en su destructivo avance se recibe de rebote sus pisadas, gruñidos y arañazos. Pero cualquier persona mínimamente familiarizada con el pensamiento lógico y ético encontraría absurda la decisión de los empresarios y empleadores. Que sé yo, en una tormenta marítima resulta imposible que el capitán pueda jactarse de ser el único capaz de dar el giro de timón para encauzar el barco y así llegar a buen puerto. Sin el trabajo conjunto de la tripulación el destino de la nave es hacer glu glu.

Por el otro lado tenemos a una oposición que se encarga de jugar con la crisis, la da vuelta a su favor y la convierte en caballito de batalla de sus propuestas como alternativa electoral. Nada nuevo bajo el sol. En un marco democrático ese ejercicio siempre resulta sensato. Pero me parece que hay una diferencia entre respuestas concretas, es decir proyectos que puedan trascender la sensación que tenemos muchos, cuando se tocan ciertos temas, de que se está haciendo algo que pueda ser captado por un sector de la sociedad –como el tópico seguridad, que sabemos que es un reclamo que compete y satisface sólo a un segmento de ella y que deja al resto, los menos favorecidos, del lado de afuera de los barrios privados, rejas, puertas blindadas y cámaras de seguridad– y críticas que se vuelven meros latiguillos. Esto ultimo y nada más, al parecer, es lo que tiene para ofrecer la oposición.

Frente a un panorama que algunos se empecinan en empañar cabe preguntarse si existe la posibilidad de entrever algún constado edificante de la idea que nos hacemos cuando la crisis nos viene a sacudir la mente y el ánimo; que nos permita modificar posiciones, actitudes y de paso ampliar un poco el campo subjetivo. Es ahí cuando la filosofía se calza los botines para salir a empatarla porque el objetivo de estas líneas no es ir a contramano de los hechos, o intentar refutar lo innegable. Estas líneas sí se proponen tratar de desempolvar el origen etimológico de la palabra –cuya potencia se va sedimentando por una operación de poder del lenguaje que consiste en su repetición– que alude a un instante en el que una decisión, un rumbo debe ser tomado y que para eso es necesario aceptar que siempre van a existir situaciones que estarán fuera de nuestro control. Reconocerlo duele y hasta resulte utópico porque requiere de un renegociado en el contrato de la misma naturaleza humana.

Cierro con un fragmento de Dolor país, de Silvia Bleichmar, Psicoanalista e intelectual quien lo explica mejor que nadie: “Es la esperanza de remediar los males presentes, la ilusión de una vida plena cuyo borde movible se corre constantemente lo que posibilita que el camino a recorrer encuentre un modo de justificar su recorrido.”


Son dos palabras a las que se les teme con vehemencia. Separadas: si existe el miedo al tránsito o circulación de lo que sea (personas, autos, motos, perros, personas especialmente) es porque a esto a veces implica asociarlo con un “acumulamiento” previo de los ejemplos antes mencionados y que produce más espanto; y también a lo lento y todo lo que represente un atentado a la digestión light, de todo lo que pueda conseguirse y devorarse, sea o no alimento, de la manera más rápida posible y que no implique nada más que mascar estilo vaca. Juntas también parecen tremendas porque han logrado convertirse en el enemigo dialéctico contra el que batalla una línea de yogures muy conocida. Digo, si no nos hubieran presentado en pantalla a esas mujeres radiantes que a veces aparecen medio despeinadas para estar a tono con una insatisfacción que no cierra y que dicen sentirse hinchadas y pesadas, nunca se nos hubiera ocurrido sentirnos hinchados y pesados. ¿Trucos del marketing?

A las contorsiones discursivas de la oposición del Gobierno, con Elisa Carrió a la cabeza, –aunque hay que aclarar que lo de ella dejó de ser argumentativo hace mucho tiempo– se suman otras profecías, pronunciadas en inglés y subtituladas en nuestro idioma. Sus envases, revestidos de glamour importado, hacen babear a una derecha compradora compulsiva. Así, en plena crisis capitalista los pronósticos del FMI, que hablan de una supuesta desaceleración de la actividad sobre países emergentes, adquieren textura de cine catástrofe; aunque a mi entender esas proyecciones se asemejan a los mecanismos que funcionan dentro de la publicidad del yogur, desencadenando más incertidumbre y ansiedad al tirar el interrogante sobre si el ritmo intestinal diario es el adecuado o conviene flexibilizarlo.

El sociólogo Zygmunt Bauman formuló un análisis muy interesante en el cual desarticula el discurso de la libertad del movimiento capital con el que tanto machacan los que en definitiva buscan usar ese precepto como máscara, ya que lo que se pretende es en realidad un mayor control por sobre la transparencia líquida que dicen defender.

En su libro, En busca de la política, Bauman plantea que el malestar existencial que desgarra a los sujetos posmodernos proviene de la imposibilidad de construir puentes que nos acerquen mutuamente; que al vivir cada uno enjaulado en nuestros propios problemas, deseos y miedos, la conciencia política para activar lo que en sociología se conoce como agencia, –que no es más que el empuje interno que surge ante la preocupación por intereses que traspasan lo meramente individual– permanece entumecida.

Sin embargo, la postura estrictamente moral del autor le impide observar que es posible que el impulso a la acción brote del vacío que queda cuando no hay otras voces. Cuando no hay otros en los que verse reflejado, el dolor y la falta pueden actuar como motivantes para rearmar una realidad. Nosotros este año fuimos testigos de la búsqueda de algo que no obteníamos: caminos alternativos para desahogarnos y expresarnos. En medio de la nebulosa mediática del conflicto ruralista, las carpas en el Congreso y en otros puntos del país fueron refugios donde muchas personas compartieron la bronca, el alivio, la información, la desinformación y, por sobre todo, las ganas de hacer cosas.

Bauman agrega que el “ágora contemporáneo” es necesario como espacio para pensar y debatir sobre un modelo de Estado con mayor autoridad para contrarrestar la hegemonía de poder de la agenda que impone el mercado. Esa agenda pronto se vuelve las cuerdas de alambre que sostienen y dan vida a una marioneta cuando el manto de incertidumbre –retejido por palabras recogidas del compendio del libre mercado, esto es: desregulación, fluidez, oferta y demanda, competitividad, etc.– se torna demasiado apretado y comienza a inmovilizar a aquellos cuyas posibilidades de moverse hacia adelante, de avanzar, de progresar fueron restringidas desde un principio; mal repartidas. Esto lo creo. No se requieren muchas evidencias para comprobarlo. La década de los noventa entera fue el axioma redondo de la desprotección del Estado para con los más débiles mientras del lado de adentro de la vidriera el “deme dos” no dejaba de sonar a canto de sirenas afónicas. La suciedad del gobierno menemista y la necesidad de consumo irrefrenable que definieron esos años consiguieron que el poder –y el debate social por su recomposición– se escurriera aún más del núcleo de la política hasta alcanzar aires extraterritoriales. Fueron épocas de pequeñas y grandes distracciones que mantuvieron alejadas a la gente de otra gente y de las preguntas y respuestas que podrían haber surgido de ese encuentro. Son justamente esos reencuentros los que nos recuerdan las causas por las que siempre vale la pena aunar esfuerzos.

Una vez más el repaso mental por nuestra historia le gana la pulseada a aquella expresión horrible que reza “lo pasado pisado”. El simbolismo que recubre a las reestatizaciones recientes en el país, tanto de éste como del último Gobierno, habla sobre un rumbo tomado que es indispensable para lograr hacerle frente al cuento del libre juego de las finanzas. Un juego que terminó mal y que dejó a millones con el manual de instrucciones en la mano tratando de descifrar cuál fue la trampa.

¿De dónde venimos? Esa pregunta un tanto ridícula era el titulo de un libro que llegó a mis manos cuando yo tenía diez años aproximadamente. Era frecuente su rotación por los circuitos escolares en la década neoliberal, cuando comenzaba a ponerse en practica una versión preliminar de lo que hoy se conoce como educación sexual. La presentación del libro en las aulas, que era acompañado de un video que lo único que hacía era poner en movimiento las imágenes de la edición impresa, permitía a los maestros inaugurar un universo misterioso y excitante, repleto de caras ruborizadas, balbuceos y carcajadas que se contenían ante el preservativo que se deslizaba sobre una banana o un tubo de madera.

Repasándolo mentalmente hoy, el libro, que reconozco útil en mínimos aspectos, era bastante terrible porque olvidaba mencionar datos que considero cruciales. Lo aquel libro no decía era que el sexo podía ser placentero y que podía moverse por otros terrenos además del de la concepción. Todo parecía reducirse a una tarea, una obligación que los adultos tenían que llevar a cabo, como sacar la basura a la vereda un poco antes de las nueve de la noche. Es más, la palabra repetida a lo largo y ancho de las páginas era “apareamiento”. Si no hay ahí una intención de confundir, al encuadrar el sexo dentro de la noción del entra y sale tan característica del instinto animal o del movimiento que hace el cepillo en nuestra boca al lavarnos los dientes, entonces no sé. Pero la intención se aclaraba cuando la comprobaba en una segunda reflexión: el libro se reservaba al igual que un restaurante fashion “el derecho de admisión” porque tampoco aclaraba que una familia también podía estar constituida por una pareja gay, por ejemplo, y que ellas y ellos tenían el mismo derecho al “apareamiento”, a tener orgasmos y ser, si lo desearan, madres y padres. ¿Suena exagerada la comparación con los manuales de constreñimiento moral fabricados por la medicina y las iglesias de los siglos dieciocho y diecinueve, pero adaptado a los tiempos que corrían de sexo económico e insensible?

El placer es un sentimiento que occidente se viene disputando desde que el mundo es mundo. La censura fue uno de los mecanismos inventados por la derecha para obturarlo. La institución religiosa, que por esos siglos tenía bajo su control el verdadero poder político, se encargo de acapararse el placer para luego hacer y deshacer con él a su antojo. Lo licuó, lo dejó filtrar y preparó un elixir venenoso que volvió a nuestros antecesores seres sexualmente desviados, tirándole sobre sus espaldas una insoportable carga de culpa que maniataba al deseo por explorar su propio cuerpo y el del otro para que, cuando lograran desatarlo, se encontraran desprovistos de cualquier otro modo de percepción que no fuese el del sufrimiento y la angustia: toda forma de autoconocimiento era perseguida y sancionada con la pena capital. Los médicos medievales y renacentistas hicieron su parte al declarar oficialmente que la mujer era frígida por naturaleza y que la masturbación era el atajo ideal si se andaba en la búsqueda de una muerte rápida y segura. La sobrevaloración del amor romántico proviene en parte de ese pacto sexual, forjado casi por la fuerza, por individuos predestinados a la actuación de arquetipos irrompibles.

La censura de la dictadura cercenó más que un par de tetas y culos, si lo sabremos. Logró meterse de cabeza y bien hondo en la vida argentina para ir minando subrepticiamente cualquier rastro que pudiera quedar de las libertades individuales y colectivas. Fue alimentándose del miedo y la sangre mientras se la pasaba vomitando cualquier posibilidad de cambio, de transformaciones; marcó una huella, o más bien instauró un vacío consensuado en muchas mentalidades que aún hoy repiten que hablar de política es engorroso; y dejó colgada como símbolo una ley de radiodifusión firmada por el mismo Videla. Fue, por sobre todas las cosas, el bosque sombrío repleto de espinas entrelazadas por el que se abrieron paso madres, abuelas y jóvenes armados de valor, coraje y esperanza.

¿Podemos discutir y debatir sobre censura en la actualidad? Por supuesto que sí. El intercambio de ideas y opiniones debe ser la punta de la lanza con la que tenemos que dar esta batalla cultural. Siempre creí que el no hablar sobre ciertos temas conlleva a naturalizarlos, a indicarles el camino corto a los discursos circulantes ansiosos por llegar primero, y así dominar el sentido común.

El mes pasado el abogado Guillermo Grisolía basó su denuncia insólita sobre una iconografía que sólo representa a un sector mínimo de la sociedad, el catolicismo. Exigió a las autoridades del museo Castagnino de Rosario que retiraran una obra de arte; la imagen acompaña este texto. De continuar su exhibición el asunto llegaría a la justicia. Se comunicó, a la semana siguiente, que el cuadro no sería descolgado porque hacerlo significaría atentar contra la libertad de expresión.

Las reacciones frente al reclamo de Grisolía no se hicieron esperar: el rechazo fue unánime; bastaba con seguir los comentarios en blogs, portales de noticias en Internet o hacer una encuesta en casa o en el barrio, daba lo mismo.

A lo mejor peque de ingenuo pero creo que la gente con esto quiso algo más que dejar constancia, en la esfera pública, de que ser “open minded” es lo políticamente correcto. Se consideró inconcebible que alguien venga a contarnos como tenemos que vivir, que fue en definitiva la letra casi ilegible del pensamiento de Grisolía. Me alegró la resolución porque si bien parece algo que tiene que ser, muchas veces no lo es: otros artistas como León Ferrari no han corrido con la misma suerte que Mauro Guzmán y han tenido que ceder, ante el avance de persignaciones flotantes que huelen a incienso y a doble norma de comportamiento, y levantar sus obras.

Son pequeños destellos que demuestran que el compromiso por causas que trascienden nuestros intereses individuales aún no se ha extinguido. Y creo que el placer, al menos para muchos de los que creemos que la verdadera libertad individual es aquella que se consigue trabajando colectivamente, tiene mucho que ver con esto.